No lo veía nada claro, lo admito, y así se lo conté por la mañana a un amigo y compañero de trabajo, atlético para más señas. “Te diré lo que va a pasar —me dijo—. Os vais a clasificar y en cuartos os va a tocar el Oporto. Una vez en semifinales cualquier cosa es posible y estando el Madrid de por medio no se puede descartar que se meta en la final y la gane”. No tuve respuesta que ofrecerle. De pronto me pareció todo sencillo y probable. El pase, la visita a Oporto y el resto de la aventura. Tampoco ahora me resulta imposible. Quizá complicado, pero no imposible. El Madrid, de momento, ha cumplido con su parte. Ahora es turno de la suerte, del destino y del torneo.

En la victoria frente al Atalanta (3-1) cuesta distinguir el alivio de la alegría. Sobrevolaba el partido algo funesto, la amenaza de un peligro terrible y escasamente racional. Por ser un rival sin nombre y sin nombres, había algo fantasmagórico en este adversario. Su fama de equipo jugón era un anuncio de sufrimientos sinfín. Como no los hubo en la ida, pensamos que jugar con diez les había trastocado el plan y el espíritu. Ahora sabemos que lo que más les trastocó fue el Real Madrid. No importa que el viejo oso blanco no pase por su mejor momento. Este es su torneo, y ese sentimiento de propiedad está tan interiorizado en unos como en otros. Y no hay nada mágico en esto, hay trece Copas de Europa.

Dicho esto, nos llevó algún tiempo despejar dudas. El Atalanta salió como se suponía, decidido, pisando área. El Madrid parecía aturdido o distraído, o simplemente superado. No llegó la sangre al río. Al poco se equilibraron las fuerzas y la posesión. Al rato, Modric y Kroos se hicieron con los mandos. Dejó de hacer tanto frío. Un error del portero fue aprovechado por Modric, un violinista que también toca el trombón. Se plantó frente al portero y asistió a Benzema, que remató a placer. Su celebración del gol fue una explosión de sentimientos, ningún gesto impostado, ninguna coreografía infantil, sólo una sonrisa enorme y una tensión liberada, también un resoplido. Los jugadores son los primeros en saber quién ganará el partido y algunos ya lo tenían claro. No es tanto el Atalanta. O quizá es mucho el Madrid.

El segundo gol fue exclusiva responsabilidad de Vinicius, que no se cansó de percutir contra la defensa italiana (el optimismo es su virtud más constante). Al enésimo intento fue derribado por un central harto de correr hacia atrás. Penalti y adiós. Ramos consiguió el segundo y en este caso omitiremos detalles sobre su festejo con Lucas. Para la historia que nadie lee quedará que el Atalanta se disparó tres veces al pie a lo largo de la eliminatoria (roja, regalo, penalti).

Muriel hizo el gol del honor y Asensio confirmó que era buena noche para resucitar muertos.

Si el fútbol es un estado de ánimo, el Madrid habita ahora mismo en las nubes. Desde allí espera al sorteo y a que tengan razón los enemigos que ya imaginan cómo será el camino a la final, Oporto, suerte y viento a favor, preferiblemente un huracán.

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