Circulaba el chascarrillo por todos los grupos de WhatsApp de los aficionados al baloncesto: “Por una vez serán los madrileños los que viajen a Francia, no como últimamente”. El humor supone a veces el último mecanismo de defensa disponible cuando se pretende disimular la tensión a duras penas contenida. En este caso, las risas nerviosas de la afición blanca delataban mucho más de lo que realmente querían. El accidentado Madrid de la temporada 2020-21 se jugaba casi todas sus opciones de permanecer con vida en la Euroliga en Villeurbanne. El calendario posterior —Efes, Olympiacos, Barça, Fenerbahçe— no dejaba margen al error. Y cualquiera que hubiese visto jugar al Asvel —victorioso ante el Barcelona en los dos encuentros de la fase regular, por ejemplo— sabía que su decimotercera posición en la tabla clasificatoria constituía una garantía más engañosa que aquellas mostradas, también por franceses, en el tratado de Fontainebleu.

El conjunto de Tony Parker no decepcionó con su planteamiento: ferocidad en los contactos, rebote ofensivo, intimidación, transiciones rápidas y tiro de tres. El porcentaje de acierto desde el perímetro en el primer cuarto —cinco de siete— difuminó el correcto arranque madridista, dirigido un Laprovittola aplicado. Las dudas merengues se incrementaron cuando Tavares se sentó a descansar: la entrada de Tyus —ese fichaje que de momento ha empeorado las prestaciones de N’Dour— suele resultar desalentadora en cada encuentro, y anoche no varió la tendencia. Con su pívot suplente el Madrid encadenó largos minutos sin anotar; si el Asvel no se despegó entonces en el electrónico se debió en gran medida a la intensidad defensiva de jugadores como Garuba, auténtico flotador que sostuvo la maltrecha balsa madridista. Las caras de los de Laso al enfilar el túnel de vestuarios en el descanso eran un poema, seguramente más de Baudelaire que de Apollinaire.

Tras la reanudación, el técnico vitoriano trató de encontrar huecos en la zona francesa e indicó a sus pupilos que probasen el bloqueo y continuación central. No funcionó: los 218 centímetros de Moustapha Fall cerraban cualquier pasillo cómodo hacia el aro. Sin uñas ya que morderse, Laso recurrió a Carroll, sempiterno comodín. El escolta de Wyoming, ajeno al carácter límite de la situación, aportó confianza con sus puntos y puso contra las cuerdas por primera vez a los galos. Sin embargo, cuando el Madrid comenzaba a desentumecerse y a recuperar sensaciones, llegó el mazazo: cuarta falta de Tavares antes de finalizar el tercer período. El caboverdiano se hundió en el banco, sabedor de que el duelo entre los interiores blancos y Fall se hallaba muy desequilibrado en favor del parisino. Por otro lado el anotador Norris Cole, hasta entonces con un papel discreto, destapaba el tarro de las esencias con canastas tan dañinas como estéticas. No obstante Garuba, empeñado en erigirse como héroe defensivo, se anticipaba una y otra vez en la pelea con Fall, sin miedo a chocar contra moles como Yabusele o a jugarse triples liberados. La próxima ocasión que saque de quicio con alguna pérdida fruto de su inexperiencia convendrá recordar que, cuando peor estaba la situación, Usman salvó a sus compañeros con una inesperada respiración asistida.

El Madrid había sobrevivido al aguacero, mas la igualdad en el marcador ya no desapareció ni con la reincorporación de Edy en los minutos calientes. Las pérdidas se alternaban en ambas canastas, y ni siquiera un triple esperanzador de Abalde, que dejaba una renta de seis puntos a poco más de un minuto, conseguía sellar el partido. El habitual carrusel de tiros libres dejó a los franceses una última posesión con tres de desventaja en el tanteo. Laso aleccionó a sus hombres para que no permitiesen un tiro liberado, y a fe que le hicieron caso: a falta de uno fueron dos. Pese a todo, el aro escupió ambos balones y el Madrid se hizo con la sufrida victoria. Botín valiosísimo que no servirá de nada si no se acompaña de, al menos, otro triunfo más. A la vista del calendario antes citado y el estado de forma del equipo, se antoja una tarea hercúlea. Si bien es cierto que el Madrid de la última década jamás ha rehuido ningún reto. Quien crea que se trata de una mera frase hecha puede constatar fácilmente el espíritu inculcado. Basta con observar a Garuba.   

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