Cuenta la leyenda que el periodista Martín Tello, referente del baloncesto escrito en los 70 y los 80 en el Diario As, dejó en cierta ocasión una crónica en blanco y así apareció la página publicada al día siguiente, con un gran océano de papel sin letras. Las razones por las que Tello tomó tamaña decisión me resultan desconocidas. O el partido le pareció malo hasta la ofensa o tan insulso que no consideró oportuno escribir al respecto. Como toda leyenda, el hecho —a todas luces prodigioso— se cose con retales de realidad y fantasía: quienes fuimos compañeros de Tello sabemos que era un personaje capaz de algo así y, como los periódicos de entonces sentían el máximo respeto por sus periodistas (qué tiempos), la historia no resulta del todo descabellada, aunque quizá nunca sucediera.

Valga el cuento como introducción de algunas reflexiones sobre el España-Kosovo, tampoco muchas, porque el partido sólo era relevante en caso de atragantamiento mortal (Kosovazo) y como no se produjo poco hay que reseñar. Entiendo que cuando los calendarios estaban más despejados hasta los más ínfimos partidos internacionales de clasificación tenían algún aliciente. O por la goleada o por el debut de algún muchacho prometedor. De un tiempo a estar parte es tal la abundancia de partidos y tan desmesurada la oferta que jugar contra Kosovo es una menudencia a la que no merece prestar mayor atención, dicho sin ánimo de faltar a nadie y menos aún a los kosovares, a los que aprovecho para mandar un saludo.

Además, desde que Luis Enrique es seleccionador el equipo vive en estado de permanente sorpresa al punto de que ninguna sorpresa nos hace levantar las cejas. Tal vez lo único que nos despierte interés sean los actos de sensatez, como la alineación contra Kosovo, que reunió a los futbolistas que hoy en día son esenciales (Llorente, Pedri, Olmo) para evitar en lo posible sustos como el que nos dio Georgia.

A partir de aquí sucedió lo previsible: España dominó sin oposición y en cuanto consiguió abrir la lata (Olmo), el segundo gol cayó por pura inercia (Ferrán), tan inclinados estábamos hacia la portería rival. Quienes imaginamos una goleada fabulosa, imaginamos mal. No es eso lo previsible en una selección como la española. Como cualquier equipo por cuajar, España igual coge el hilo que lo pierde. Además, en términos generales, ya no se golea como antes. Entre los equipos que pueden machacar al contrario se genera demasiadas veces un sentimiento de solidaridad gremial, como si golear fuera infligir un daño gratuito. También ocurre, no lo pierdo de vista, que el fútbol está más igualado que nunca, no hay más que ver los resultados de la clasificación para el Mundial. Ya no hay membrillos, ni por supuesto alfeñiques.

El caso es que Kosovo nos hizo un gol (excelente) tras enajenación mental de Unai Simón y por breves instantes se cernió sobre nosotros la posibilidad de la tragedia, justo hasta que Gerard Moreno marcó un gol que le define a él y quizá nos defina también a nosotros. Si la categoría de la Selección fuera comparable a la categoría de un jugador, España sería Gerard Moreno, buen delantero sin excesivo gol, un jugador con fundamentos aunque sin brillo de estrella, cerca de los mejores pero sin carnet de socio.

En ese punto nos encontramos a no ser que Pedri se apodere del equipo (es pronto) o salvo que el regreso de Ansu Fati cambie mucho el panorama (improbable), o salvo que prenda una chispa inesperada (Luis Enrique) y nos convirtamos en un equipo superior a la suma de los talentos individuales. Hasta entonces, nos encontramos más cerca de la crónica en blanco que del titular entre exclamaciones.

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