Nadie es perfecto. Y menos que nadie quien tiene poder e influencia. Nadie escapa de la borrachera que es mandar y que te obedezcan. Nadie con reconocimiento está inmunizado contra la vanidad. Supongo que el éxito te convierte en un cabrón, en un ser gigante que tropieza con todo. La diferencia es cómo ejerce cada cual el poder. Cómo lo asimila y cómo se relaciona con él. He conocido a tipos que reforzaban su autoridad a través del miedo. He visto a otros tan crueles que he dado gracias de que trabajáramos con bolígrafos en lugar de escopetas. Sólo unos pocos eran capaces de volver en sí de vez en cuando. De mirarse al espejo y verse desnudos. De ser buenos por haber sido malos. José Ramón de la Morena es uno de ellos.

No voy a santificar a De la Morena porque ha dicho que se retira. Pero como sé que también le lloverán piedras me siento en la obligación de ser agradecido y contar mi experiencia. Alguien que lo conoce bien me dijo hace años que era un hombre con muchos defectos, pero que no te fallaba si le pedías ayuda. A mí no me hizo falta pedírsela. Cuando me despidieron del AS, periódico en el que trabajé durante 22 años, fue de los primeros en llamarme para darme ánimos y, en cierto modo, para protegerme. No tenía por qué hacerlo, pero lo hizo. Se dio por aludido y me aseguró que podía contar con él. Poco después me hizo partícipe de las conversaciones con Onda Cero, estrenando una confianza conmigo que no había manifestado hasta entonces. Me estaba arropando, ahora lo veo claro. Me llamaba con cierta frecuencia para contarme sus planes y hacerlos nuestros. Estaba ilusionado como un niño, y en este caso la metáfora es perfecta porque si todos somos un niño disfrazado, José Ramón lo es más que nadie. De ahí que le sea tan fácil equivocarse y rectificar, reír y enfadarse, odiar y perdonar. De ahí que vuelva tanto al pueblo y a los Escolapios. Declararse un paleto es su forma de manifestar que no se ha perdido, que sabe volver a casa. Y a casa ha vuelto.

Siempre he tenido claro que vivir le gusta más que mandar, el día que la noche. Por eso no me sorprende el adiós, aunque no supiera el momento. A diferencia de tantos colegas, él tiene otra vida, de la que disfrutaba en sus legendarias vacaciones. Y en esa vida incluye como algo personal el torneo de los niños, un legado que le distinguirá de todos aquellos líderes de opinión que se desvanecieron en las brumas.

La elección de sus colaboradores más cercanos ha sido otra muestra de inteligencia emocional. Quien se sabe volcánico necesita de alguien como Bustillo, capaz de apaciguar al Etna. Rodearse de buena gente como Busti, Edu Pidal, Ana Rodríguez, David Alonso, Aitor Gómez, Frasquet o el añorado Feito (cito a los que más trato o traté) es la perfecta demostración de que nunca, ni siquiera en su versión de ogro, perdió de vista el lado correcto.

Asumo que habrá disparidad de opiniones porque hay disparidad de experiencias. Y porque cuarenta años dan para equivocarse mucho. Pero yo lo tengo claro: soy de su equipo.

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