“Dicen que nunca se rinde…”, así comienza una de las estrofas del famoso (y, digámoslo ya, algo cansino) himno del centenario sevillista pero que esta vez solo fue completamente aplicable al Fútbol Club Barcelona. Ya había demostrado el equipo el sábado pasado que se podía. Porque pese a las dificultades del rival, a las lesiones de jugadores clave y a la situación que atraviesa el club, por primera vez en muchas temporadas salió el carácter y la entrega hasta el último minuto. Tras tantas noches vergonzantes, el culé de a pie ya no pedía nada más.

Así que con el mismo once que el sábado pasado consiguió el mínimo resultado necesario, los de Q-Man salieron sin precipitaciones pero sin especular. Sin prisa pero sin pausa. Con una circulación rápida de balón desde el minuto uno. Y el Sevilla sintió la presión, se asustó de las cosas que puede hacer la cintura de Pedri y empezó a dudar de la eliminatoria.

Más aún cuando rápidamente avisó Dembelé que estaba en modo “el-crack-por-el-que-se-pagaron-más-de-100-millones”. Tras dos intentos fallidos ajustó la mirilla y cuando el espectador de casa ya empezaba a acusarlo de chutaburrista, se sacó un tiro a la escuadra para acallarnos. El fluido ataque barcelonista, que no echaba en falta a dos de sus tres fichajes más caros de la historia, parecía dispuesto a remontar la eliminatoria en los primeros 45 minutos. Pero sigue el equipo con la misma necesidad de generar cerca de diez ocasiones para hacer un gol, especialmente si D10S no tiene su día de cara a portería.

Eso le permitió al Sevilla llegar vivo al descanso y pareció convencerse de que lo peor ya había pasado. Los de Lopetegui ajustaron mejor las líneas y el desgaste físico disminuyó sensiblemente la producción ofensiva azulgrana: apenas una ocasión clara de Jordi Alba al larguero mientras el resto chocaban con la pared Koundé-Diego Carlos. A esas alturas Dembelé ya había vuelto a ponerse las pilas al revés.

La salida del Hombre Gris parecía la sentencia definitiva del partido. El gafe que acompaña al francés se confirmaba cuando apenas ponía el pie en el campo: el árbitro señalaba el penalti que parecía decidir la eliminatoria. No opinaba lo mismo, por suerte, Ter Stegen que volvió a ponerse el traje de Der Heilige, sacó una moneda de 25 pesetas y dio una vida extra a su equipo. El djukiciano disparo de Lucas Ocampos confirmaba nuevamente la mala idea que es forzar a jugadores que no están recuperados completamente.

El asedio final azulgrana era más un quiero y no puedo. Mucho empuje, pocas ideas,  aunque poco había que reprochar al equipo que, como en Granada, lo intentó hasta el final y más allá. Hasta que El Hombre Gris, que parece cogerle gusto a dejar sus únicos brillos en la Copa, se quitó el miedo y puso en la cabeza de Piqué el gol que llevaba a la final a su equipo.

Porque nadie dudaba de que no se llegaría más allá de la prórroga. El Barça aprovechaba el aturdimiento sevillista, aún en shock por el empate en el descuento y la (justa) expulsión de Diego Carlos, y el medido centro de Jordi Alba era rematado por el Larsson danés. La vacilante respuesta de Vaclik recordó a los sevillistas que si habían llegado a ese minuto con vida, tras 22 remates azulgrana, era en gran medida a la actuación en la ida del ausente Bono.

No le quedó al Sevilla ni una ocasión épica final para justificar su pataleo arbitral en forma de la Lengletada habitual: ese rechace del pecho que no cortó la jugada, que no interrumpió el juego, del que no se vio beneficiado, no sería penalti en ninguno de los 194 países del mundo reconocidos por la ONU. Otra cosa sería si ese organismo internacional reconociese alguna vez a “la caverna” como entidad política.  

Y así se metió el rey de la competición en su novena final en once años para un total de 42. Messi, Piqué y Busquets están más cerca de igualar a Gaínza como los futbolistas con más Copas del Rey.

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