Se llamaba Mauricio y no era fácil calcularle la edad. No sabría decir si era diez o veinte años mayor que nosotros. Solía dejarse ver en los campos de la zona con una camiseta del Barcelona sin marca ni número y con un balón pelado de hexágonos bajo el brazo. Era mulato, corpulento, silencioso y sufría algún tipo de retraso mental.

Nosotros éramos unos chávales que jugábamos al fútbol como follan los actores porno, a veces sin ganas y casi siempre con ellas. No teníamos medida. Fue en una de esas tardes de hartazgo no reconocido cuando apareció Mauricio y acabamos jugando con él.

Juraría que Mauricio ya se había acoplado a un partido anterior y a nosotros nos tocó reemplazar al equipo en retirada. Antes de proseguir debo apuntar que jugábamos muy bien, quizá yo el que menos, lo bastante para plantar cara a cualquier rival de los alrededores y ganarlos a casi todos.

Mentiría si hiciera aquí una descripción del partido porque lo único que recuerdo es que perdimos contra Mauricio. Puedo alegar que estábamos saciados de fútbol, muertos de cansancio o que no lo tomamos muy serio; hasta es posible que todo esto sea verdad. Pero la realidad inapelable es que perdimos contra Mauricio. Nosotros, los cebollitas del barrio.

Supongo que la vida nos dio una lección y el fútbol otra, pero no me pondré profundo. Más allá de las enseñanzas morales, quedó demostrado que no se debe follar sin ganas y que en los partidos de fútbol no siempre se impone el mejor: en ocasiones vence quien tiene más ganas de jugar. Y nadie, jamás, tuvo más ganas que Mauricio.

La analogía con el Celta-Real Madrid es libérrima, pero el poder psicoanalítico de los partidos aburridos no debe ser menospreciado. Sin forzar la comparación, podríamos afirmar que el Madrid tuvo más deseos de jugar y el Celta más deseos de ganar, pero también podríamos hablar de un duelo de personalidades futbolísticas o del pernicioso efecto del viento sobre los cuerpos celestes.

Lo cierto es que el juego siempre tuvo tendencia al caos, de ahí el protagonismo de Vinicius. Había una fuerza maligna que ejercía de imán sobre un partido que en apariencia lo tenía todo en su sitio, incluido el sol de Galifornia. Desde el inicio, el Real Madrid fue quien ofreció más resistencia a esa deriva caótica, mientras que el Celta cayó muy pronto víctima de la enajenación futbolística.

En mitad de semejante patatal ideológico, las sutilezas de Benzema fueron como esas flores que nacen en una mínima grieta del asfalto. Ojalá sea cierto que la naturaleza se abre camino y el arte también. Esta vez lo fue. Su primer gol partió de una exquisitez de Kroos en el recorte y en la asistencia. Con el segundo hizo una simplificación del enredo cosmogónico, también con ayuda germánica: robo y gol. Su último adorno fue un pase de gol a Asensio con el tiempo cumplido.

Todo lo demás fue absurdo, tanto como anunciar las Islas Maldivas en frente de las Islas Cíes. Tanto como dejar a Santi Mina rematar a placer, tanto como sancionar a Modric porque alguien chocó contra él. Tanto como te gane Mauricio.

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