Empiezo a correr en la cinta y voy bajando en la selección de canales de la pantalla para huir de los informativos. Me voy hundiendo en la programación y mi inmersión termina cuando doy con un partido del Real Madrid. Ahí en el fondo, cosas de la nueva normalidad, puedo volver a respirar.

Es un partido del Real Madrid contra el Inter de Milán. La calidad no es muy buena, como si algún técnico se hubiera encontrado el partido grabado en una cinta VHS en casa y se la hubiera llevado al trabajo después de comprobar que al final no enlazaba con la película del viernes del Canal +. Seguro que ya hay programas capaces de restaurar la imagen para darle la calidad que ofrece una ventana abierta, pero a mí me gusta así, rasposa, como si con la cinta pudieras pulir la mesa de madera que lleva todo el invierno en la terraza.

De 2021 a un 1985 en su esplendor. Agradezco que mi memoria sea tan mala porque puedo engancharme al partido sin ningún problema y emocionarme con él, como si los goles pudieran aparecer en cualquier momento y no en esos instantes en los que ya están fijados con la determinación de una cruz de madera clavada en el desierto. Me sienta bien volver a este fútbol primitivo, en el buen sentido de la palabra, en el que no te habría sorprendido ver a un jugador apurar una cerveza antes de salir del banquillo para jugar como el que se entrega a la tarea de sustituir una lavadora.

Disfruto con el juego y con una alineación que mi memoria habría sido incapaz de recrear. Mi cabeza guarda los elementos de forma inconexa, como esos objetos que los padres de Paul Newman en La gata sobre el tejado de zinc se trajeron de su viaje por Europa y que acumulan, sin criterio, en el sótano de la casa en la que se desarrolla la historia. Claro que recuerdo a Butragueño. Y a Santillana. Y a Agustín, Chendo, Camacho, Maceda, Sanchís, Gordillo, Gallego, Míchel y Hugo Sánchez. Pero habría jurado que Butragueño nunca coincidió con Santillana ni Chendo con Hugo Sánchez. Así está la cabeza.

Nunca me llevo los auriculares al gimnasio porque trato de que el tiempo que paso ahí me sirva para desintoxicarme de cualquier elemento tecnológico, lo que incluye, sobre todo, al móvil. Pero esta tarde me los meto en el bolsillo por si acaso. Y cuando me animo a escuchar a los comentaristas, descubro que están narrando el partido desde el 2021. Saben lo que va a pasar en los minutos que quedan, saben qué va a suceder en esa Copa de la UEFA, saben que, en fin, esta va a ser la última de la serie de históricas remontadas. Pero esas incursiones se hacen de forma elegante. Son datos que, lejos de arruinar el partido, le dan valor porque hacen consciente al espectador de que lo que está viendo ya no se va a repetir. Es como presenciar el montaje del director narrado por él.

Los goles, como exigía el guion, caen en su mayoría en el segundo tiempo, lo que fuerza una prórroga en la que, ya el en 93 (el interés por este minuto ya viene de lejos), Santillana marca el cuarto, que nos mete en la final, consiguiendo también el quinto en el 108, con el que ya solo le queda limpiarse las manos de grasa y volver al banquillo tras un cambio de lavadora sin demasiadas complicaciones.

Pero el momento emotivo llega poco antes del 110, cuando Juanito, que va a sustituir a Gordillo, sale a calentar. Joder, Juanito. Pocos jugadores han sido capaces de transmitir la energía del estadio al equipo como él. Más que un transformador, era un empalme. En algunos partidos lo que compartía, además de revolucionar al equipo, podría haber iluminado el paseo de La Castellana mes y medio. Noventa minutos, ya lo sabemos, eran pocos para él.

Así que lo veo en la banda y siento el impulso de gritarle, como si estuviera en el campo, que, dentro de seis años haga noche en Madrid después de ver al equipo jugar contra el Torino en vez de volver a Mérida. Seguro que se lo planteará y esta vez puede que algún motivo que entonces pasó por alto lo convenza para salir al día siguiente.

Da igual lo que pueda decir. Conversar con el pasado de lo que se sabe del futuro es recorrer Troya como Casandra tratando de avisar de la amenaza del regalo de los aqueos. Es inútil, aunque la tentación siempre está ahí. De hecho, el mensaje con lo que ahora sé también se lo dirigiría al yo que, con dieciséis años, estaba viendo el partido en el estadio. Me gustaría decirle qué cuatro o cinco decisiones no debe tomar en el futuro para que la vida le resulte más divertida e intensa y se evite un par de esas lecciones que te enseñan mucho a cambio de ennegrecerte una porción del alma.

¿Y quién te va a escuchar cuando tu equipo ha logrado otra de esas remontadas y ya solo espera una final que vais a ganar? Quedan doce años para que el Madrid consiga su séptima Copa de Europa, pero partidos como este son las necesarias etapas del camino que hay que recorrer para darle todo su valor al momento en el que se vuelva a levantar la orejona. De Santillana a Mijatovic. Pero ahora que el árbitro pita el final del partido, hay que celebrarlo. Tienes dieciséis años y el equipo pasa a la final.

Hoy es mi hijo el que tiene 16 años y el Bernabéu está cerrado. La oportunidad de que se produjera la misma conexión con el equipo en un partido no se ha dado. Y quizás ya no se presente. Una consecuencia más de este extraño tiempo al que me obligo a volver subiendo por los canales como por una escalera hasta que me asomo al primero. Paro la máquina y me quito los auriculares.

Los auriculares. Es posible que mi yo del futuro haya abandonado los grandes mensajes y se limite a comunicarse conmigo a base de intuiciones. La que me empujó a coger los auriculares hoy para escuchar el partido.   

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