Querido P.:

Hace ya un tiempo te conté que en las vísperas del derbi madrileño me gusta tranquilizar los nervios hojeando poemarios de Miguel Hernández. Todo empezó un poco de broma, por aquello de ironizar acerca del sobado concepto de “equipo del pueblo” con el que algunos gustan de verse más guapos en el espejo, como si la representación popular uno pudiera arrogársela por sí mismo, atajando el largo, fatigoso e inevitable proceso de decantación que requiere el depósito de la simpatía en las conciencias ajenas. Sin embargo, hoy quise huir de tópicos y pasé de largo del volumen de Viento del pueblo. Escogí otro de mis predilectos, El rayo que no cesa, título con el que pasé las horas previas y que a la postre resultaría profético por múltiples causas.

La primera de ellas, la polémica arbitral, auténtico rayo que por desgracia jamás se interrumpe en esta clase de encuentros. Siempre existen dos bandos agotadores ante cada acción mínimamente dudosa: el de quienes ponen el grito en el cielo y escriben con tinta indeleble en la lista de agravios y el de quienes amontonan excusas para justificar lo injustificable. Incluso, en numerosas ocasiones, un mismo hincha representa ambos papeles con el paso de los minutos. Hernández Hernández, acaso preso del potencial poético que por duplicado atesora su apellido, quiso homenajear aquello de barro es mi profesión y mi destino, que mancha con su lengua cuanto lame, eligiendo no señalar como penalti una mano despegada de Felipe que evitaba el más que probable empate de Casemiro, solo en boca de gol. Error grosero que alimentará las procelosas teorías de la conspiración, las cuales casualmente hicieron mutis por el foro cuando el protagonista fue Ramos en Ipurúa.

Para entonces el Madrid ya iba perdiendo merced a una pareja de crueles enemigos, la conformada por el siempre dañino Luis Suárez y por Marcos Llorente, bravo toro de la dehesa madridista que respira corazones por la herida desde un gigante corazón vecino. El equipo blanco suele sufrir históricamente las acometidas de sus ex —y quién no, me replicarás— hasta el punto de que el trebolar del Bernabéu se halla cubierto de amorosas y cálidas cornadas con el dolor de mil enamorados. Frente a la presión y al orden rojiblanco, el equipo de Zidane se encontraba impotente para lograr ocasiones, con Kroos y Modric menos cómodos que de costumbre y con unos extremos incapaces de desbordar a sus pares. La responsabilidad de finalizar los ataques corría a cargo de Mendy, cuyos centros también parecían evocar las poesías del genio de Orihuela: “Me tiraste un limón, y tan amargo”.  

En la segunda mitad, Courtois mantuvo con vida a sus compañeros mientras que yo, umbrío por la pena, paseaba en círculos ante el televisor esperando la puntilla, siempre pospuesta en última instancia hasta el próximo contragolpe. No obstante, Diego Pablo Simeone, bendito rayo que tampoco cesa, volvió a acudir al rescate y mandó contemporizar a los suyos, como en tantas y tantas citas. De repente, la esperada elegía a Zinedine Zidane aún ofrecía una mínima oportunidad de redención, y el técnico francés trató de inclinar el campo a su favor con Vinicius y Valverde, resignado a afrontar el resto del partido en la banda, sin calor de nadie y sin consuelo, medio encogido de hombros y caminando de su corazón a sus asuntos.

Pese a todo, los nubarrones no se disiparon. Benzema pareció estrellar la última posibilidad en Oblak, e incluso los más optimistas comenzaron a ameritar el logro que suponía haber estirado el chicle de la lucha por el campeonato hasta marzo con una plantilla tan pobre, mientras con la otra mano se afanaban en fletar los botes salvavidas. Todo se asumía ya como perdido cuando, tratando de subsanar su decepcionante actuación, Karim zigzagueó en la semiluna como solo él es capaz en el ochenta y siete —“tu corazón, una naranja helada con un dentro sin luz de dulce miera”—, y dejó a Casemiro en ventaja ante el gigante esloveno. La exquisita resolución del brasileño, de habitual desgarbado en la conducción y estrepitoso al entrar en el área, aplazó el funeral del Madrid. De nuevo el destino concedía a los blancos, también en esta ocasión, una nueva vida extra contra todo pronóstico.  

Se preguntaba Miguel Hernández en 1936 si alguna vez cesaría el rayo que le habitaba el corazón de exasperadas fieras. Para responderse a continuación que este rayo ni cesa ni se agota / de mí mismo tomó su procedencia / y ejercita en mí mismo sus furores. Esta obstinada piedra de mí brota / y sobre mí dirige la insistencia / de sus lluviosos rayos destructores.

Hay liga.

Saludos afectuosos.

P.

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