Bilardo es un generador de anécdotas. Algunas invitan a la incredulidad, pero hay quien sostiene que todas son ciertas. En España sólo entrenó durante poco más de una temporada, pero su huella es profunda. El “pisalo, pisalo” forma parte del léxico del fútbol. Aquel cántico surgió en A Coruña, cerca de Santiago, donde estuvo a punto de salir a hombros. Esta es la historia…

Corría el año 1993. La SER necesitaba un gran comentarista para el Trofeo Ciudad de Santiago, que se inauguraba ese verano y que duró hasta 2000. En su primera edición, el torneo fue disputado por cuatro equipos rutilantes: el Deportivo de Arsenio Iglesias, el River de Passarella, el Tenerife de Valdano y el Sao Paulo de Telé Santana. La primera opción de la SER fue Cruyff, pero no se concretó ni por la predisposición del Flaco ni por el caché que pedía. El plan B fue Bilardo, que ya había dejado de entrenar al Sevilla. El Narigón aceptó la propuesta sin cobrar.

La final la disputaron Sao Paulo y River (2-2 y 4-3 para los brasileños en la tanda de penaltis). Tras el partido, hubo una cena a la que estaban invitados los periodistas y, por supuesto, Bilardo. Sin embargo, el técnico dijo que no tenía apetito y se marchó junto a sus compañeros de la SER al hotel.

Era un jueves de junio y había jóvenes de botellón en las calles de Santiago, concretamente en la plaza Roja (no confundir con la de Moscú). Bilardo no pasó inadvertido. En cuanto fue reconocido, los chavales empezaron a corear el famoso «pisalo, pisalo», captado por las cámaras de Canal Plus cuatro meses antes. Bilardo no se achantó.

El argentino pidió dos cajas de cervezas vacías en unos de los bares de la plaza y montó una precaria plataforma. Allí subido habló a los estudiantes. Los periodistas que lo acompañaban no daban crédito. Alguno temía que aquello acabara mal. Sin embargo, Bilardo los cautivó a todos. Les contó que él se había licenciado en ginecología en Buenos Aires y que su hija era una estudiante como ellos. Les habló del fútbol y del Mundial. La charla se prolongó durante una hora. Con los chavales embobados. Tan fascinados quedaron que lo quisieron llevar a hombros hasta el hotel.

No fue la primera vez que Bilardo dejó cautivado a un auditorio. Ese mismo año, en Alcalá de Guadaira, el todavía entrenador del Sevilla fue a dar una charla al Centro de Servicios Sociales. Comenzó a las diez de la noche y a la una de la madrugada le tuvieron que pedir que finalizara la conferencia, a la que asistió el público tan entusiasmo como aquellos chavales de Santiago.

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