Si no lo vieron porque estaban en el campo, o de paseo dominguero, o enredados con alguna serie, o de regreso de alguna comunidad prohibida, o porque se les alargó la siesta, o porque tenían visita, no importa la razón, enhorabuena. Ustedes han empleado mejor el tiempo que todos aquellos que pasamos del rubor al alivio en 94 minutos insustanciales en los que aprendimos a decir Kvaratskhelia. La Selección venció a Georgia (89 del mundo) gracias a un derechazo de Dani Olmo cuando todo parecía perdido, porque empatar era perder, y cuando ya nos imaginábamos en esa repesca de la que todavía no nos hemos librado porque vamos con lo justo.

Cada vez parece más claro que el 6-0 a Alemania del pasado noviembre fue un espejismo. No hay agua en este oasis, ni palmeras. España es un equipo en construcción que está más cerca de estar desnudo que vestido. Y el entrenador, de momento, ayuda poco. Su obsesión por la extravagancia y la originalidad, por demostrar a la prensa que no sabe nada, le lleva a apostar por alineaciones experimentales que nos debilitan todavía más. Si un chico como Bryan Gil debe ser titular en un partido tan importante significa que tenemos un problema. O varios. El chaval no está cuajado. E igual de incomprensible resultó la titularidad de Pedro Porro en detrimento de Marcos Llorente, el único jugador español que nos acerca al fútbol moderno. Tampoco funcionó el mediocampo formado por Fabián, Busquets y Pedri, sin que tuviera culpa el canario, como se vio rato después. A lo que voy: Luis Enrique no ha hecho todavía ninguna contribución al juego del equipo, ni a su personalidad. Su innovación se reduce a las convocatorias creativas y a las alineaciones curiosas. Pero seguimos sin saber quiénes somos. Decir que España quiere el balón es una vaguedad tan grande como afirmar que el equipo siempre busca el triunfo. Quién no aspira a eso. Lo que falta es ritmo, plan, una dinámica que aproveche lo bueno que hay. Y para ello es fundamental que jueguen los futbolistas que, a día de hoy, son superiores, como Dani Olmo o Llorente, suplentes contra Georgia.

Conste en acta que el futbolista de nombre Kvaratskhelia nos hizo un gol, pero estuvo a punto de hacernos un hijo. Tal vez fuera conveniente trasladar a Georgia a las tropas de ojeadores que toman caipiriñas en Brasil en busca del nuevo Pelé. El muchacho tiene 20 años, juega en el Rubin Kazan, y es el perfil de futbolista que Monchi compra por 10 y vende por 50. La misma Selección que contra Grecia conmovió a Luis Enrique por su empeño defensivo fue esta vez un coladero.

No hay más que condescendencia alrededor del equipo, empezando por el propio seleccionador. No somos tan buenos. Sería más positivo declararnos en formación y en peligro para que nadie se lleve a engaño. Tal vez asistiríamos así a la clasificación con el ánimo adecuado.

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