El Real Madrid de los achaques se encuentra a tres puntos del todopoderoso Atlético de Madrid, dicho sea sin acritud y sin un ápice de ironía. Es verdad: el líder tiene todavía un partido menos. La distancia podría pasar del mínimo suspiro de un partido al gigantesco abismo que abren seis puntos. No importa, aunque importe mucho. Lo relevante es que todo lo anterior era mentira: ni el Atlético es un coloso, ni el Madrid es una ruina, es probable que tampoco lo sea el Barça. La exageración provoca más colisiones que el alcohol. No hay tanta diferencia entre los grandes de aquí, aunque sí la haya con los grandes del más allá.

Por cierto, si alguien se pregunta cómo ganó el Madrid —porque no vio el partido o porque lo vio y no lo entiende— habrá que decirle que venció como el Atlético tantas veces, con un gol de jugada a balón parado y con un portero excelente. El resto fueron virtudes humildes: sacrifico, constancia, esfuerzo y Casemiro. Algún día deberíamos hablar con detenimiento del brasileño con púas, presencia fundamental en los éxitos de los últimos años y en la corrección táctica que los propició. Casemiro no sólo ha sido el ejemplar encargado de la ropa sucia, sino también, como en Pucela, el brillante responsable de la ropa limpia. Antes de marcar de cabeza, había rematado dos veces con aviesas intenciones, en ambas ocasiones solo, y no porque la defensa del Valladolid le perdiera de vista, sino porque hay muchos jugadores que cierran los ojos cuando embiste. No se puede reprochar a nadie que quiera salvar su vida.

Desde muy pronto quedó claro que el gol sólo podía llegar por intermediación de Casemiro, tan obtuso era el ataque y a la vez tan conocido: Mariano, Vinicius y Asensio son peores jugadores que hace dos años y es posible que los dos primeros ya no fueran gran cosa entonces. La exageración mata más que la nicotina. Y una casualidad: en el minuto 65, la delantera titular al completo fue sustituida por Hugo Duro, Isco y Arribas.

En defensa, también hubo temblores, incluso de carácter sísmico. Courtois evitó varios goles y en una de sus mejores intervenciones rescató a Mendy de la más terrible ignominia. El francés convirtió un patadón desde la línea de fondo en asistencia para Orellana en el punto de penalti. No teman, todavía habrá quien elogie el despliegue físico del lateral francés, como si por esa banda sólo hubieran jugado Villarroya y Lasa.

Convertido el gol, Zidane colocó a Casemiro de tercer central (o de primero) y el Real Madrid no volvió a pasar un apuro. El equipo se fortificó, se defendió con el balón y dejó correr el tiempo. No hace falta mucho más para luchar por el campeonato.

Este Real Madrid tan necesitado de una revolución (léase renovación) ganó el título el pasado año y está en la pelea por el actual. Muy pocos equipos del mundo siguen siendo temibles con tantas flechas clavadas en la espalda. Y los demás lo saben. Por eso dudan.

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