Si nombro a Eduardo Alterio muchos pensarán que hablo de cine. De la saga de actores. De Héctor Alterio (1929), en primer lugar. De Ernesto (1970) y Malena (1974) a continuación. Aunque la aproximación no es exacta, es posible que la primera impresión sea cierta, porque lo que viene podría pasar por el guion de una esas películas que los americanos dedican a los boxeadores y aquí todavía no dedicamos a los futbolistas.

La primera escena se ubica en el barrio de la Chacarita, norte de Buenos Aires, un siglo atrás. Los italianos en Argentina ya superan el millón, un 30 por ciento de la población total del país. Entre ellos se encuentran los Alterio, originarios de Carpinone, antes un pueblo y ahora un pueblito. Uno de esos niños italianos, Eduardo, juega de portero en la tercera de Argentinos Juniors. A los quince años cambia de club sin cambiar de barrio: se enrola en Chacarita Juniors. El club fue fundado el 1 de mayo de 1906 por varios jóvenes reunidos en el Centro Socialista de la Sección 17. Ya aviso de que el viraje a la izquierda será permanente.

A Eduardo le apodan Pibona sin que esté claro el motivo. Podría ser una crueldad porque no es guapo, aunque tampoco da susto. Varonil por lo recio, pero no guapo. Para no movernos del mundo actoral podemos afirmar que se parece más a Fernandel que a Marcello Mastroiani. Algunos también le apodan Lon Chaney, estrella de cine mundo para las películas de terror. En una entrevista para El Gráfico, Alterio ofrece una explicación intrigante: “Tenías que haberme visto en mis 18 años tangueros… No tenía la cara así… Después me agarré una infección en una peluquería y quedé más arrugado que fuelle de verdulera… Ya ves, tengo 27 abriles y parece que…”.  

Otra posibilidad, más remota y peor hilada, es que el mote le viniera de La sirena de Chacarita, un travesti con el que tienen alguna relación familiar los Alterio, quizá la primera incursión actoral de la saga. No importa tanto. Los apodos forman parte del ADN de los argentinos y no se los toman mal, qué remedio. Tampoco lo hacen los del Chacarita, apodados los funebreros porque tuvieron un campo junto al cementerio. El asunto les sirvió para elegir el tercer color de la camiseta. Rojo por el socialismo, blanco por la pureza de los jóvenes que practican el nuevo deporte y negro para guardar luto por los muertos.

Eduardo Alterio lo fue todo en el Chaca, no sólo guardavallas. A él le corresponde el fichaje del mítico Renato Cesarini con un billar de por medio. Corría el año 1924. Mientras Pibona hacía carambolas en la mesa que había en la secretaría técnica del club (en realidad, una lechería), apareció por allí Cesarini, entonces jugador de Alvear y con quien había compartido muchas horas en los billares del barrio: «Vengo a pedirte a Gaslini (un delantero), me lo llevo para Alvear». Alterio le retó a una partida de billar: si ganas te lo llevas tú y si pierdes te vienes con nosotros. Venció Pibona: cuarenta carambolas sobre cien. «Debe ser la única vez que perdí en mi vida —contó luego Cesarini—. Así fue como pasé a Chacarita. Yo podía haberme negado, decir que era una broma, pero fui porque Pibona era mi amigo y estaba la palabra de por medio».

Cesarini y Gaslini fueron los primeros internacionales del Chaca. Renato hizo luego fortuna como jugador de la Juventus (ganó cinco ligas), dio nombre a la llamada Zona Cesarini por su habilidad para marcar goles en los últimos minutos y triunfó como entrenador. Otra historia para otro día.

Al Pibona Alterio le gustaba jugar de portero porque era ágil, aunque retaco, pero echaba en falta la emoción del goleador. Así que de vez en cuando tiraba los penaltis. Se estrenó el 26 de enero de 1930 contra Estudiantil Porteño (2-2). En otra ocasión se las vio con el portero de Vélez Sarsfield —Clelio Caucia— que repelió su disparo. El balón quedó entre ambos y a Alterio le entraron las dudas. Qué hacer: correr hacia su portería o hacia la pelota. Finalmente se decantó por una opción intermedia: pateó el balón con todas sus fuerzas, pero no en dirección a la portería rival, sino para sacarlo del estadio.

El penalti que le incluye en los libros de historia lo marcó el 9 de agosto de 1931 contra Tigre, en partido de la máxima rivalidad. Los de Tigre ganaban 3-0, pero protestaron la decisión del árbitro y su portero —Lorenzo Savarro— se encampanó tanto que se apoyó en un poste y dejó que le chutaran. Pibona consiguió de ese modo el primer gol de penalti de un portero en el fútbol profesional argentino. Nada menos. Por cierto, la disputa acabó 3-3.

Si un penalti le hizo inmortal, otro le dejó sordo. Sucedió contra Velez, años antes, en 1926. En esta ocasión le tocó atajarlo y lo atajó. Pero a medias. El balón quedó suelto y en el choque con el delantero —Eduardo Spraggon— recibió una patada en la cabeza que le destrozó los tímpanos. El destino, que puede ser muy cabrón, le dejó tan sordo como lo fueron los padres de Lon Chaney.

Con Pibona convertido en ídolo de Chacarita, en 1929 nació su sobrino Héctor Alterio, el primer actor de la saga con permiso de La sirena. Muchos años después, Héctor hizo una evocación de aquellos tiempos:

«Alterio el arquero de Chacarita, mi tío, era —según me comentaron los más grandes—un tipo que vivió la metamorfosis del amateurismo al profesionalismo. Usó el buzo de Chaca desde el 25 al 34 en tiempos en que se pagaba con especias. Pibona, así lo llamaban, era un hombre que le daba su amor incondicional a los colores, dueño de una fidelidad que en la actualidad no se distingue. Aunque lo tentaban de otros clubes sólo en el final de su carrera jugó 15 partidos para Atlanta. ¡Cómo no ser hincha de Chaca! Los lazos familiares, el barrio, un pariente cercano que dejó su nombre bien alto… Tanto que cuando yo caminaba por la calle con él pude vivir su fama, lo reconocido que era por la gente. Eso me marcó a fuego de pequeño, todos éramos socios del Funebrero y por más que ahora esté a tantos kilómetros de distancia, uno mantiene el romance interminable. Tal vez no conozca los nombres  de los futbolistas de la actualidad, pero conservo todo todo tipo de camisetas, la grabación del título ganado en 1969 y me llaman seguido de las radios en plena transmisión para poder escucharlos. Ernesto, mi hijo, tiene su carnet desde antes de nacer y le sacamos una foto a los dos años con la camiseta puesta…».

La sordera no detuvo al Pibona. El 3 de agosto de 1930 jugó su primer y único partido como portero de la selección argentina. Cuatro días después de perder la final del Mundial contra Uruguay, la albiceleste jugó en la cancha de River contra Yugoslavia, la primera selección europea que disputó un encuentro internacional en suelo argento. Argentina ganó 3-1 con un equipo experimental en el que había cinco debutantes y cuatro jugadores que se despedían de la selección. A los 23 días murió Lon Chaney.

En 1932, Eduardo Alterio fue elegido por El Gráfico para una foto que merece un lugar entre las mejores que se han tomado con el fútbol de protagonista. Su estirada es digna de un supermán y la belleza del retrato es mayúscula, quizá, permitan la maldad, porque un brazo le tapa cara.

Foto de El Gráfico en 1932 con Pibona Alterio volando bajo.

La culminación de su popularidad llegó en 1933, cuando se registró en el Boletín Oficial de la República Argentina un tango con su nombre, ¡Pibona!, escrito por Ernesto Russo:

» (…) Defendiendo los colores del equipo funebrero
se destaca tu figura por ser de alto valor
porque en tus actuaciones siempre te jugás entero
para que tu team des con tu esfuerzo vencedor (…)»

El 9 de junio de 1935, ya con el escudo de Atlanta, enemigo natural de Chacarita, Alterio se dio su último homenaje en un partido contra River. El lanzador que le amenazaba era Bernabé Ferreyra, La Fiera, un delantero tan extraordinario que en 1932 el diario Crítica ofreció una medalla de oro al primer portero que no fuera batido por él. Ferreyra había marcado 44 goles en sus 33 primeros partidos con River. Luis María Rongo y él siguen siendo los únicos millonarios con más goles que partidos disputados (184 partidos, 187 goles). La fama de Bernabé fue tanta que hasta Carlos Gardel quiso conocerlo:

—Así que usted es La Fiera.

—No, la fiera es usted cuando canta.

Gardel murió quince días después: su avión chocó contra otro cuando iba a despegar del aeropuerto de Medellín. Su voz sigue viva («cada vez canta mejor», dicen), pero su cuerpo está enterrado en el cementerio de la Chacarita.

Cuando Bernabé Ferreyra se enfrentó al Pibona sólo le habían parado tres penaltis en seis años. El propio Alterio estuvo cerca de sacarle uno en 1932, pero se le dobló la mano. Cuentan que La Fiera pateaba como una mula. Esta vez, sin embargo, se mantuvo firme, le adivinó el lado y le detuvo el tiro.

Aquí hago un inciso. Hay quienes afirman que fue en ese penalti cuando se quedó sordo Alterio, así lo ha declarado alguna vez su sobrino Héctor, pero aquí hemos decidido dar por bueno lo escrito en 1972 en El Gráfico por el maestro Julio César Pasquato, Juvenal. No obstante, nos gustan las películas con niebla.

Prosigamos. La verdad es que Eduardo Alterio no se perdía una. El 10 de noviembre de 1935 fue protagonista a su pesar de uno de los partidos con más goles de la historia del fútbol argentino. Se vieron doce goles en el campo del Lanús (8-4) y ocho le cayeron al Pibona.

En 1937 fichó por el Club Atlético Colegiales, de Segunda División, nacido con el nombre de Libertarios Unidos y fundado por anarquistas. Dicen que sus colores (rojo, azul y amarillo) están inspirados en los de la bandera republicana española. Y ahora una coincidencia o vayan ustedes a saber: en el barrio de Colegiales se rodó la película El hijo de la novia (2001), con Héctor Alterio de la protagonista…

Después de cinco partidos con Colegiales, llegó la retirada y el olvido. En este giro de guion es el futbolista quien se adentra en el cine. Lo contó su sobrino: «Recuerdo esos brazos fuertes, seguros y sólidos, que más tarde contrastarían con los del tipo flácido que levantaba la cuchara para tomar la sopa y generaba una pena inmensa. Tanto es así que terminó viviendo de changas, siendo acomodador en el cine Armonía de la calle Rivadavia».

Pasaron 41 años hasta que un portero argentino marcó otro penalti en Primera. Ocurrió en 1972 y el tirador fue Alberto Parsechian, de Independiente de Trelew. En esa misma época jugaba en el campeonato otro guardameta con asiento reservado en la memoria sentimental de muchos aficionados españoles, Carlos Fenoy. Cuentan que El Loco falló un penal con Vélez (larguerazo) y aquello le intimidó durante un tiempo. Luego se resarció en el Celta de Vigo, donde marcó cinco penaltis en la 76-77 que le valieron para ser el máximo goleador del equipo.

En 1974, durante la celebración del Festival de San Sebastián, Héctor Alterio supo que no podía volver a Argentina. El grupo paramilitar conocido como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) le había condenado a muerte. Por entonces ya habían comenzado a asesinar activistas de izquierda. El desgarro del exilio incluyó la pena de poner distancia con Chacarita.

Eduardo Pibona Alterio murió el 22 de febrero de 1980. Le dio tiempo a ver al Chaca salir campeón del Torneo Metropolitano de 1969 y a Argentina proclamarse campeona del mundo en el 78. Su sobrino ya era un actor reconocido que empezaba a acumular premios. Héctor Alterio volvió a pisar Argentina en 1984, pero, según declaración propia, ya no era de ningún sitio.

En 2003, Ernesto Federico Alterio (llamado así en homenaje al Che y a García Lorca), hijo de Héctor y sobrino nieto de Pibona, protagonizó la película Días de fútbol. Su personaje es el líder de un equipo de barrio al que inexplicablemente, no le dejan tirar el penalti decisivo. Por no abusar, se supone.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here