Dice Alberto Olmos que hay que tener cuidado con los articulistas que se lanzan a la novela, porque en numerosas ocasiones el salto supone un mero capricho de señorito. No le quitaré razón en abstracto, pero, como él mismo reconoce, esta generalización no procede en el caso de Manuel Jabois. Antes al contrario, la relación del autor gallego con el periodismo supone uno de los puntos fuertes de la historia de Miss Marte: no solo porque la trama gire en torno a un documental acerca de la desaparición de una niña en la Costa Da Morte hace veinticinco años, sino por la multitud de referencias del oficio que tan bien enriquecen el conjunto.

El último libro de Jabois consolida las maneras que ya apuntaba en Malaherba, el relato conmovedor y agridulce del pequeño Tambu que constituyó su debut en el género. Mantiene ese complicado equilibrio necesario para dejar un poso de sentimentalidad sin abrumar —la melancolía en exceso acaba manchando—, al que ha sido capaz de añadir intriga sin perder la ligereza ni caer en el alarde rocambolesco. Además, a colación del documental que se afana en construir el personaje de Berta Soneira, una joven pope del gremio, aparecen reflexiones salpicadas sobre los defectos del periodismo actual, como la crítica a ese amarillismo que “daba pie a todas las versiones para que el espectador decidiese cuál era la suya como si estuviese en un concurso”. También se incide desde distintos ángulos en la importancia fundamental de la verdad, casi como si Arcadi Espada estuviese leyendo el texto armado de un subrayador fosforito. No obstante, no teman una clase de deontología: Jabois tiene la habilidad de dejar estos hilos de forma elegantemente sutil, para que no rompan el ritmo a quien no esté interesado en tirar de ellos.

Su mili de tantos años en la prensa local aporta un retrato realista del ambiente de los pueblos costeros, de los veranos de esa juventud pretendidamente perenne de los veintitantos y hasta de arquetipos como Girón, ese alcalde desternillante cuya vara de mando se refuerza en los sepelios. Descripciones en absoluto exentas de humor, aunque sin permitirse caer del todo en la seducción del esperpento; por otro lado, la atmósfera familiar y hasta castiza evita la tentación facilona de la etiqueta del realismo mágico, referencia tan manoseada que hoy en día perjudica casi más que ensalza, de puro solemne y tópica. Ni siquiera el misterio que envuelve a Mai Lavinia, la madre adolescente cuya cría se volatiliza el día de la boda, se diluye en nada distinto a una cadena de sospechas y sobrentendidos, en última instancia algo mucho más terrible que la pirotecnia que acompaña a lo sobrenatural. Al menos, durante dos décadas y media.

El lento y cuidadoso desgrane de los sucesos permite la aparición fugaz de otros personajes del universo del autor: desde alusiones soterradas a lo acontecido en Malaherba a menciones felicísimas como la del director —de nuevo la prensa— José Antonio Ventín, icono ya  imperecedero de las crónicas estivales. Lo que nos permite soñar con futuros crossovers que conviertan la literatura de Jabois en una suerte de fusión humilde entre el Aleph y la Marvel, con cada lector eligiendo hacia qué lado de la alegoría decantarse en función de su entusiasmo y su edad. Boutades aparte, y aunque Manuel no sea precisamente un desconocido, conviene no perder de vista las próximas obras de alguien que ha encontrado con éxito un tono, una cadencia y una mirada. Mientras tanto, no dejen de leer Miss Marte. Merece verdaderamente la pena.

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