En mi almuerzo quincenal con un amigo cuyo nombre no viene el caso, no insistan, nos dedicamos a repasar el estado de la nación de nuestras respectivas vidas. Generalmente, el último asunto de la agenda suele ser deportivo y en este caso, como no podía ser de otra manera, debatimos sobre el partido entre el Atalanta y el Real Madrid. Coincidimos en la dificultad y sobre otras cuestiones estuvimos en casi absoluto desacuerdo. Mi arenga más apasionada giró en torno a Mendy. Sostuve con vehemencia de fiscal del distrito que no es un futbolista para el Real Madrid, cité varias veces su pase de gol a un contrario en Pucela, me explayé sobre los pollos sin cabeza y rechacé que la aportación defensiva sea suficiente para jugar en un equipo de tamaña altura. Sostuve, ante la oposición de mi paciente amigo, que jugadores así debían salir de la cantera, lo que me llevó a lamentar de inmediato el traspaso de Reguilón.

Es posible, no lo niego, que me excediera en la crítica. Es fácil que me embriagara con mi propio discurso, tal y como les sucede a todos los que frecuentan púlpitos y escaños.

Cuando Mendy marcó el gol de la victoria, quizá el gol de la clasificación, el whatsapp me advirtió de la entrada de un mensaje de mi paciente amigo: “Ahora q?”. Así lo escribió, tal y como lo reproduzco, con ahorro de caracteres y con leve chulería millenial. Mi contestación fue inconcreta y patética, “qué decir”, pero al rato dejé de sentirme culpable para considerarme responsable directo del triunfo. De algún modo un tanto esotérico, mis increpaciones se transformaron en energía positiva y ayudaron a la precisión del remate. No descubro nada. No hay como hacer un traje a un futbolista para que te dedique el próximo gol. Hay boomerangs que se paran con los dientes.

Mendy fue la estrella en Bérgamo y en mi humillación. Primero provocó la expulsión que descabezó al Atalanta. Es cierto que la roja fue excesiva, pero no se puede liberar de responsabilidad al defensa: se empleó con estrépito y confundió a Mendy con Pelé. A continuación, Don Ferland hizo el milagro de los panes y los pieses. Gol con la derecha y posible descubrimiento que lo explicaría todo: tal vez no sea zurdo.

Poco más hay que añadir. El Madrid sufrirá en la vuelta, pero menos que el resto de compatriotas. Algo está claro: esta sigue siendo su competición. Y quien todavía lo dude no tiene más que preguntar al pie derecho de Mendy.

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