Se abre el telón y aparece, en apagados colores que nos llevan en volandas a los de la BBC en los años 70, un Londres sucio, vetusto y deprimente, como nunca nadie lo había mostrado. Una ciudad industrial y contaminada, llena de viejas naves ruinosas y fábricas abandonadas.

Y a esa ciudad fría y maltratada por la lluvia y la nieve, absolutamente innoble, y en la que nadie desearía vivir, se adaptan a la perfección todos los personajes que pululan por sus calles, gente sin color ni vida, gente sin esperanza que, los menos, viven en espectaculares casoplones y, los más, en pisos viejos de paredes desconchadas o con el papel pintado hecho jirones por la humedad, en apartamentos cuya mera visión hace que se te caiga el alma a los pies, porque en Luther no hay ambigüedades en cuanto a clases sociales. O eres alguien o no, mientras la tristeza, a todos, se sirve a cubos.

Y en esas casas, de diseño u horrendas, vive gente en muchos casos anodina que sufre crímenes espantosos o que siente que únicamente pueden dejar el anonimato mediante la ejecución de esos crímenes horrendos y que sienten además que Londres es la ciudad idónea para cometerlos, pero sin ambages porque no hay asesinatos ligeros. Todos son atroces.

Y es en este universo donde se mueve a sus anchas, que son muchas con su metro noventa, el inefable Luther, interpretado magistralmente por Idris Elba (The Wire, Avengers, Thor o La torre oscura), al que acompaña un elenco que lo admira y lo detesta a partes iguales. Lo admira por su claridad mental y su intuición, y lo detesta por cómo lleva su vida al límite, rodeados todos por una banda sonora simple pero sugerente que se inicia en los títulos con Paradise Circus de Massive Atack y que continúa luego deambulando por lo más indi de los 90.

Luther es un inspector de policía divorciado y muy violento, lleno de ambigüedades y contradicciones, y siempre al borde de la ley o definitivamente en el lado equivocado, pero esa aparente falta de ética viene condicionada por un código de honor que únicamente él mantiene y él usa, con esa exasperante tendencia a ir complicándose la vida mientras camina rodeado de los peores compañeros posibles, de entre los que destacamos a la psicópata parricida Alice.

Y de todos los embrollos pretende salir con la frase: «Voy a arreglarlo». Y es cierto que lo consigue, pero a base de desarreglar alguna otra cosa, siempre destruyendo por un lado lo que intenta construir por otro, mientras va conteniendo su brutal violencia y ferocidad esquivando el reguero de cadáveres que van quedando a su paso, intentando mantener un imposible equilibrio.

Luther es una serie descarnada, sin concesiones a la humanidad, la ternura, la esperanza o el humor. Es un paseo por las bajas pasiones, un ejercicio de austeridad afectiva, un desolado camino a ninguna parte o, en todo caso, a alguna nave abandonada del extrarradio, cerca del río, donde aparecerá el cadáver descuartizado de alguien, alguno de esos seres anodinos que pueblan Londres.

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