Acabo de leer a Agredano, como cada sábado, café en mano. Pobre (infeliz) de quien intente escribir sobre fútbol (y la vida) como él y Enrique Ballester.

Aunque antes de ellos ya descubrí el placer de ir a un kiosko y comprar un periódico deportivo sin finalidad puramente informativa (quién juega, a qué hora, dónde) en las páginas de un As que hace mucho dejó de existir. Las previas y crónicas de Juanma Trueba (y de Iñako y de Alejandro Delmás, entre otros) eran un nuevo y estimulante género literario per se a los ojos de un veinteañero murciano.

Superada la veintena, y casi la treintena, uno nota cómo se va quedando atrás en ciertos ámbitos por la inevitable pujanza de los jóvenes (poetas, ríos, mar). Y, de repente hay nuevos vocablos de los que en principio se abjura (troll, hater, crush) por muy filólogo inglés que uno sea.

Las redes sociales (en concreto, Twitter), esa yesca, ese bosque bien reseco junto a terreno por recalificar, van encumbrando y derrumbando ídolos a un ritmo tan vertiginoso que corremos el riesgo de perder cualquier ápice de perspectiva.

Y aquí es cuando lamento no saber más de psicología. Porque lo que yo identifico como alucinaciones colectivas (no solo en deporte, también en economía, política, educación, aunque TODO está en el deporte) debe, sin duda, haber sido previamente analizado, catalogado y diagnosticado por los profesionales del ramo. Salvo que yo mismo forme parte de una ilusión y salir de mi caverna (platónica, no mediática) no sea más que cambiar de galería subterránea. Los sesgos, las falacias, ya saben.

Valga todo este preámbulo para contextualizar mi asombro ante la estopa indiscriminada que se le suministra a quien, de haber entrenado en el siglo XX, se consideraría mito intocable del fútbol mundial en los banquillos (además de en el césped, sobre eso espero que quepa poco debate a estas alturas) rivalizando con casi nadie, como atestigua su impresionante hoja de servicios.

Zidane ha hecho lo imposible. No hiperbolizo. Mantenerse cinco años en el banquillo del Madrid de Florentino es inédito. Y lo ha hecho jugando bien, mal y regular, pero (casi) siempre ganando, único leit motiv que a estas alturas se le conoce al club, su presidente y su insaciable afición, que parece irse nutriendo cada vez más (odio eterno al fútbol moderno) de irredentos adictos a la victoria y a la farándula (quién sabe si para disolver sus frustraciones diarias, quién fuera psicólogo, sociólogo o filósofo).

No negaré que el origen de mi simpatía por el blanco incluye ver a Chendo, Sanchís o Hierro levantando trofeos, pero había en ello algo de fascinación, de admiración por cómo unos chavales cualesquiera retomaban el testigo del mítico Madrid de las seis Copas de Europa. Le veía un relato épico, lírico, algo menos mundano que lo actual en la relación del aficionado con el club, seguramente la inocencia infantil y las disonancias cognitivas en su apogeo.

Percibí las primeras conmociones en la “fuerza” en la crueldad con que se prejubiló a Butragueño y a mi primer ídolo y causa de mi condición de admirador de esa noción tan difusa, poco concreta e innegociable que es la “elegancia” jugando, Míchel. Esto es el Madrid, chico. Que se lo digan a Iker y Raúl.

Volviendo a Zidane, ya experimenté lo de ser su “viuda”, término horroroso ante el que, una vez más, tendré que rendir armas, especialmente en un contexto en el que el luto y la mantilla no pasan jamás de moda.

Desde que, como hizo de jugador, lo dejó en lo alto del K2 (Kiev, 2018) hasta su regreso hubo un amago de proyecto ilusionante con Lopetegui. Este fue abortado por la impaciencia, la política y el único resultado contra el único rival del que nadie sale indemne.

También hubo una psicotrópica transición hasta el regreso del héroe liderada por quien fuera su fiel y humilde escudero en el Madrid galáctico. Jamás esperaba yo que Solari, su verbo florido, aspecto impecable, méritos escasos y perfil de hombre razonable, humilde y cumplidor, fuera a sembrar tanta discordia y viudedad en tan poco tiempo como cierto portugués al que le hubiera sentado genial el casco negro y el eco metálico.

Solari (o Edipo o Skywalker, tanto da) degradó a mis dos jugadores favoritos del mítico 4 de 5, Isco y Marcelo y, visto lo visto después, no se sabe si fue primero el huevo o la gallina. Me cuesta creer que no tuvo lugar un círculo vicioso iniciado por la voluntad del profesor interino de imponer su autoridad con dos alumnos brillantes pero poco aplicados. Igual que me cuesta aceptar que dos jugadores que cuentan con la gratitud infinita de Zidane se borrasen de un día para otro, en la cúspide de sus carreras, por una simple cuestión de actitud respecto al nuevo entrenador.

En esas, el club prosiguió su, sobre el papel, irreprochable giro hacia un modelo de fichajes jóvenes que permitiese competir con los nuevos ricos del barrio a la retirada del oscarizado elenco liderado por Ramos, Modric y (snif) Ronaldo. Irreprochable siempre que se acierte, claro. Creer que el aumento de protagonismo de Benzema y un proyecto de Robinho como Vinicius iban a llenar el cráter dejado por el Narciso portugués era, como poco, naif. Como transición hacia el fichaje de Mbappé y bajo los mandos, otra vez, de Aquiles (perdón, Zidane), podía resultar optimista en exceso, desde luego.

Pues, una vez más, lo consiguió. No está claro si a pesar de  o gracias a la pandemia, se ganó una Liga con mimbres muy escasos, un tipo de triunfo que no constaba en su haber y que no se le presupone a un mero gestor de egos, como sus muchos detractores, en su mayoría perceptores de pensiones de viudedad de Setúbal, le han achacado siempre.

Se olvidan, claro, de los baños tácticos a Bayern, Juve, Barça o de la estadística contra el mago rojiblanco de la pizarra y la motivación (amén de multimillonario gurú del fútbol del pueblo). Para ganar hay que saber aceptar las derrotas, y en eso, Zidane queda claro que hace mucho que supo gestionar su cuero cabelludo más dignamente que el Paulo Coelho colchonero, dicho sea desde la absoluta alopecia.

En esas nos encontramos, pues, viudos de Mourinho y Solari y yo, futuro viudo de Zidane. Que los dos primeros grupos deben ser muy coincidentes ruego me lo confirme un sociólogo, por favor. Que padecen Síndrome de Estocolmo (secuestrados por derrotas con mano dura), lo supongo yo.

Que me quieran colar que Zidane no apuesta por los jóvenes, mejor se lo pregunten a Varane, Asensio, Valverde, Isco, Morata, Carvajal, Casemiro o Lucas (que, sabiendo restar, hace seis años eran jóvenes, algunos mucho).

Por eso me cuesta tanto aceptar que la marcha de Odegaard (seis meses buenos en San Sebastián), cuya icónica inicial nórdica ausente en mi teclado remite a su aportación al club que le lleva pagando cinco años, pueda poner en cuestión la gestión del mito al que, por otra parte, se le podrían cuestionar asuntos más razonables (aceptar ventas y no fichajes por mucho contexto negativo que concurra es un hara-kiri que el madridismo no creo que vaya a ponderar nunca; haber dejado de intervenir tácticamente con acierto cambiando sistemas a mitad de partido, como sí hacía en su primera etapa).

Otra crítica recurrente y lisérgica es la falta (¿?) de oportunidades a Vinicius (tres años de “es que encara, se atreve”), Jovic (60 millones costó Figo, entre lesiones y salidas de tono varias ha estado disponible 10 partidos, con suerte), Reguilón (impetuoso y madridista, tal vez suplente válido), Llorente (40 millones por un suplente mediocre de Casemiro, inesperado gran llegador a posteriori que nunca sentaría a Modric, Kroos ni Valverde, en cualquier caso) o Ceballos (gran proyecto que no arranca, uno más).

En efecto, Zidane da minutos a quien se los merece o se los ha merecido, y de bien nacido es hacerlo por más que los Isco o Marcelo actuales sean irrisorios clones de los originales de hace tres años.

Aunque solo sea porque les ve entrenar y nosotros no (incomprensible política de moda de los clubes), y por su historial, al que cabe añadir su impecable gestión de imagen del club resolviendo todo en privado, no queramos enseñar a nuestro padre a hacer hijos. No programemos obsolescencia sobre quien tanta felicidad ha reportado. Seamos justos, ni siquiera especialmente madridistas. En otros clubes, por mucho menos, se erigen estatuas. Volcar ídolos es propio de sociedades decadentes.

Y las plañideras, que se contengan un poco, no sea que el de siempre acabe sonriendo en mayo y se saturen las consultas psicológicas.

PD: Escrito antes del desastre contra el Levante. Con esa perspectiva añadida, la vigencia de la ausencia de plantilla y la dejadez o falta de acierto en las intervenciones durante los partidos ganan brillo. Pero en la presente trataba de hacer una panorámica más amplia, obviamente.

3 Comentarios

  1. Pues, como bien sabe Perikorro, yo estoy lejos de estar totalmente de acuerdo. Algunas cosas si y otras no. La gestión de la plantilla es horrible y los baños tácticos se reciben más que se dan.

    No voy a entrar en todo porque acabo de escribir mi opinión en un artículo y ya cuando salga publicado (si sale) seguimos comentando

    Tampoco haría falta la postdata referente al Levante. Un partido no debería significar nada; el problema es que son ya tantos, llenos de decisiones incomprensibles…

  2. Veamos: Si la tesis es “Zidane es el entrenador más adecuado para el Real Madrid”, debería matizarse si se entiende tal tesis como principio irrestricto, sin condición alguna y caiga quien caiga.
    Y si es así, no puedo estar de acuerdo. Es cierto que en otros clubes Zidane tendría una estatua, pero no son el Madrid, de la misma forma que triunfar en la Real o el Eintracht no es lo mismo que triunfar en el Real. Porque de serlo, el Real sería como otros muchos clubes.

    Sí podría estar de acuerdo si esta tesis tuviese al menos una condición. Y no sería una condición caprichosa, sino extraída de la experiencia: Zidane es el mejor entrenador para el Madrid si dispone de una plantilla amplia,potente y en la plenitud de la carrera de los jugadores clave. O sea, de Keylor( o Courtois ) a Cristiano pasando por la franja central. Entonces sí. Y no quiero decir, ni mucho menos, que el mérito sea de los jugadores: Tiene tanto mérito o más que Del Bosque o Ancelotti.

    Pero no es un entrenador que mejore o ayude a explotar a los jóvenes. A implosionar, en algún caso, sí. Quizá son jóvenes mal elegidos, se puede conceder. Porque los jóvenes que encontró Zidane en su primera etapa ya eran muy buenos jugadores . Los únicos que todavía no estaban hechos, Valverde y Asensio, se fueron a hacer la mili al Depor y al Español. Y no podemos decir que , a su vuelta, Valverde contara mucho, ni que se hayan mejorado sus habilidades : Valverde se está convirtiendo en un destructor. Eso sí, de largo recorrido, box to box. Y Asensio estaba en una espiral peligrosísima cuando se lesionó.

    Para que vuelva a ser ese entrenador que merece una estatua, necesita otra plantilla como esa. Mientras llega, en otros sitios le dejarían un par de años de transición. En el Madrid no, y no digo que eso sea ni bueno ni malo, puede incluso que sea un error; Pero si el Madrid concediera esos periodos de regeneración, habría seguido Lopetegui y Zidane no habría podido ni tenido que volver. Por suerte para zizou, a Lopetegui no se le concedió tal.

    Después del matiz, más o menos largo (perdón),el desacuerdo total:¿Qué ha hecho el pobre Vader para que lo comparen con Mourinho?

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