Corría el minuto 94 en Old Trafford. Tras un intenso y vibrante partido, el United ganaba 3-2 al Everton, que buscaba una última jugada con el tiempo ya casi cumplido. Parecía que el árbitro pitaría en cuanto el equipo visitante perdiese el balón. En ese momento, apenas cruzada la línea divisoria, Tuanzebe, el defensa del United, cometió falta. Digne puso el balón en el área y su centro fue rematado por Calvert-Lewin, que marcó para el Everton y empató el partido (3-3).

Tuanzebe no sólo sufrió la ira de su entrenador (al menos la bronca no fue en público). También padeció la furia de esos despreciables personajes que se esconden tras un absurdo nombre en una cuenta de Twitter o Instagram. No era la primera vez que recibía un insulto racista tras un error, tampoco el primer jugador en verse afectado por algo así. En el mismo fin de semana también fue atacada una jugadora del equipo femenino del United. Días atrás lo había sido Marcus Rashford, castigado por cualquier error, poco importa que sea una de las estrellas del equipo o que haya promovido una excelente campaña para ayudar a los niños más desfavorecidos. Ocurre ya en casi todos los clubes.

En el mismo estadio, días antes, el United había goleado al Southampton por 9-0, en un partido que se inició con la rapidísima expulsión del suizo de origen camerunés Alex Jankewitz. El jugador, debutante en el equipo y de apenas 19 años, también recibió insultos racistas por parte de su propia afición. El Southampton trasladó los hechos a la policía del condado de Hampshire.

Es fácil señalar a la salida de la Unión Europea como causa principal, pero por mucho que odie tanto el proceso en sí como la palabra Brexit, hay mucho más. Es cierto que tras el referéndum mucho racista pensó que ya no debía reprimir sus miserables instintos y se sentía legitimado para hacerlos públicos en los peores tonos posibles. Pero hay algo más detrás de todo esto y es algo que la sociedad británica debe resolver.

Los árbitros también son víctimas. El mencionado partido contra el Southampton fue pitado por Mike Dean, un colegiado con afán de protagonismo. Ya con 5-0 en el marcador, señaló penalti del polaco Bednarek sobre Martial. Cuando Dean consultó el monitor del VAR no apreció lo que todos vimos: Martial se deja caer y el jugador del Southampton no le toca. Pese a todo, mantuvo el penalti y dejó al equipo visitante con nueve jugadores. Días después, Dean cometió otro error en el Fulham-West Ham y expulsó a un jugador sin que existiera un motivo suficiente.

Las dos tarjetas rojas fueron posteriormente corregidas por la FA tras la apelación de los clubes y Mike Dean no arbitrará este fin de semana. Pero no por haber sido sancionado por sus errores, sino por petición propia: tanto él como su familia han recibido amenazas varias, incluso de muerte.

La Federación inglesa ha pedido a las redes sociales que establezcan un control más estricto sobre sus usuarios. El mecanismo de vigilancia es de la máxima efectividad cuando se comparte una jugada sin derechos; en menos de una hora cualquier red social elimina la entrada y advierte o suspende al usuario. Si ese algoritmo de detección funciona excepcionalmente bien, ¿por qué no diseñar uno igual para los abusos racistas, misóginos u homófobos? Más aún cuando algunos de estos abusos provienen de menores de edad cuya identidad no se verifica correctamente.

Deberían ser las propias plataformas las que no quisieran ver su nombre asociado a determinados comportamientos y usuarios. Quizá la necesidad de acumular usuarios para atraer mejores contratos publicitarios sea la razón para esa falta de control, pero llegará un momento en que un patrocinador se moleste si su marca aparece en el pantallazo de un comentario racista.

Hay quien dice que los jugadores deberían amenazar con dejar las redes sociales si no se vigilan estos comportamientos, pero como recordaba Darren Lewis, un periodista del Mirror, la situación no se corrige bajándote del autobús y buscando otro medio de transporte, sino exigiendo respeto.

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