Yo he visto cosas que vosotros no creeríais.

Atacar naves en llamas más allá de Orión.

He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

He visto cómo le pitaban penalti a favor del Cádiz en el Camp Nou… ¡y en el minuto 88!

En fin, dejando aparte el hecho de que no tengo ni pajolera idea de qué serán los Rayos C ni dónde estará la puerta esa con nombre de cerveza alemana, creo que el replicante de Blade Runner habría estado de acuerdo conmigo en colocar la pena máxima señalada por Martínez Munuera al nivel de rareza galáctica de todo lo que enumera. Y es que, por si no lo sabían, el Cádiz era el único equipo de todas las grandes ligas europeas que no había disfrutado de un lanzamiento desde los once metros. Hoy Álex aprovechó el que tuvo para colocar la igualada que, a la postre, sería el resultado final. 

Pero empecemos por el principio.

Saltaban al campo los blaugranas con lo que los clásicos llamarían su once de gala. Tras el sofocón europeo ante los parisinos, Koeman era consciente de que la Liga es la golosina más apetitosa que queda en el escaparate y no quería confianzas: Messi, Griezmann, Dembelé, Pedri… Toda munición era poca para hundir la nave rival.

Cervera por su parte, había estado avisando: debemos crecer desde la seguridad defensiva. Lo que ocurre es que esto mismo lo había declarado en las semanas anteriores y los resultados venían siendo catastróficos: quince goles en cuatro partidos no son ninguna broma. Con estos antecedentes, es comprensible que muchos se plantearan el partido como una ominosa cuenta atrás: ¿en qué minuto horadarían los locales la portería de Ledesma?

Sin embargo, desde el principio pudimos observar algunas señales. Fali, por fin, volvía a gritar “pumba” como defensa central, Ledesma desviaba los balones hacia fuera en lugar de dejarlos muertos en el área, las líneas del equipo parecían juntitas y coordinadas. El Barcelona apretaba pero los niveles de alerta no pasaban del naranja. Algún tiro lejano, algún balón interior que siempre era interceptado por una bota gaditana…

Hasta el minuto 30.

En ese momento Iza y Salvi se hicieron un lío mayúsculo al sacar un balón recuperado y el portuense terminó zancadilleando a Pedri. El gilipenalti lo transformaba Messi y proyectaba una sombra muy oscura sobre el resto del encuentro. Esta historia ya la conocíamos y no terminaba bien para los amarillos.

La diferencia fue que, en esta ocasión, el Cádiz no se volvió loco y siguió defendiendo con orden. Tuvo, eso sí, una oportunidad pintiparada que Sobrino, solo en el área pequeña, remató fuera con alguna víscera, posiblemente imbuido del espíritu de Cardeñosa.

Tras el descanso el partido discurría por la misma senda, pero al Barcelona se le empezaba a notar incómodo: sus llegadas eran tan constantes como embarulladas y lo apretado del marcador comenzó a sembrar dudas en la maltrecha moral de sus jugadores.

En el último tercio del partido saltaron al campo José Mari, Álex y Jonsson, ilustres ausentes a quienes el cadismo añoraba tanto como un solterón las croquetas de su abuela. Me gustaría decir que sonó en mi mente el toque de corneta del séptimo de caballería, pero la verdad es más prosaica: me conformaba con que fueran cogiendo la forma para futuros compromisos.

Y, sin embargo, ocurrió. En un acercamiento sin aparente peligro, Sobrino se adelantó en la disputa del balón a Lenglet, quien nos devolvió el favor pateando el pie del ex valencianista dentro del área. Álex tomó el balón y de nada sirvió el bailecito de Ter Stegen. El último paso de su danza fue para recoger la pelota del fondo de las mallas.

El partido acabó y los jugadores se abrazaron, sabedores de la magnitud de su hazaña. Yo grité en casa asustando a mi gata. Mis amigos se alegraron conmigo.

Todos esos momentos perdurarán, como las risas en la memoria. Es hora de creer.

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