Kylian Mbappé es tan escurridizo como Leonardo Di Caprio. Y no lo digo porque el futbolista abandone a sus parejas al cumplir ellas los 26, como se asegura del actor. Lo es por partidos como el del Camp Nou, en el que reinterpretó la magnífica actuación de Di Caprio en la película de Steven Spielberg. En Atrápame si puedes (Catch me if you can, 2002) hay una escena icónica que transcurre en el aeropuerto de Miami. Allí pretende Tom Hanks (Carl Hanratty) tender la emboscada definitiva a un Di Caprio que interpreta a Frank W. Abagnale, un joven delincuente que adoptaba diversas identidades y que hizo fortuna falsificando cheques. Para escapar de la trampa, el jovenzuelo se esconderá tras unas gafas, vestirá un traje de piloto y, cobijado tras un séquito de bellas azafatas de la Pan American, pasará por delante del despliegue policial montado por el FBI sin levantar la más mínima sospecha. De fondo suena el Fly with me de Frank Sinatra que es lo que escuchaba Mbappé mientras correteaba libre por la pradera del Camp Nou. A Piqué le tocó ser Tom Hanks.

Kylian Mbappé entrando ayer al Camp Nou.

Y es que Kylian se presentó en el coliseo azulgrana con todo su repertorio, ese que va mucho más allá de ser un galgo al espacio, y con un séquito de compañeros que temporada tras temporada han ido maquillando las deficiencias estructurales de un equipo plagado de estrellas. El PSG se ha curtido a base de dolorosas derrotas en la máxima competición europea. A través de ellas ha ido detectando sus puntos débiles, ya fuera en la portería, en el eje de la zaga o en el centro del campo, y se ha reforzado en consecuencia. De este modo ha ampliado la competitividad interna y eso se ha visto reflejado en un mayor fondo de armario y por tanto en la calidad de sus piezas. A partir de ese patrón táctico que prioriza el físico en la retaguardia, la resistencia en el centro del campo y la creatividad y libertad de movimientos en la parte más adelantada del equipo, el PSG se ha convertido en un ogro. Un ogro coronado por dos bestias, dos trileros, dos escapistas. Neymar y Mbappé. Ausente el primero, Mbappé y el resto de su séquito se bastaron para devorar a un Barça atormentado.

La exhibición de Mbappé no debería pillar por sorpresa a nadie por más que los focos del Camp Nou le hayan dado una dimensión planetaria. Su eclosión se produjo en aquella Champions estratosférica (2017) en la que guió al Mónaco hasta semifinales para caer a los pies de la Vecchia Signora. Un año después a quien guió fue a su país, que se bordó la segunda estrella en el pecho. Desde entonces se ha convertido en el máximo goleador del PSG (tres años consecutivos) y se ha acostumbrado a vivir a la sombra de Neymar. Quizá por ello eran muchos los que habían reducido a Mbappé a un jugador de contraataques. Argumentaban así que el galo sufría en espacios reducidos, ante defensas pobladas y con un buen sistema de ayudas. No dio opción el Barça para verle ante ese escenario, pero con su primer gol en el Camp Nou ya dejó claro Kylian que en las distancias cortas también es certero. El baile ante un impotente Lenglet es de los que dejan secuelas. Luego sí, apareció a la carrera para culminar el contragolpe del 1-2 con la zurda y remató de primeras con la diestra para dar buena fe de su precisión quirúrgica en el 1-4. Mbappé, a sus 22 años, tiene tantos recursos como personalidades usurpa Di Caprio en Atrápame si puedes, capaz de ser médico, abogado o piloto de aviones con la misma facilidad con la que Kylian se desembaraza de los defensores.

La imagen da para convertirse en logo. Twitter.

La confianza a la hora de pertrechar sus jugadas también le emparenta con Frank W. Abagnale. Como si Kylian también fuera un paso por delante de sus perseguidores. Lo reveló Pochettino en la rueda de prensa post-partido al hacer pública una conversación que había tenido con el atacante en el día previo: «Me preguntó que cuántas veces había ganado yo en el Camp Nou y le dije que una. Acto seguido me contestó que mañana serían dos». Quien se sabe todos los trucos tampoco teme a las estadísticas.

Cumplida la promesa, Kylian sigue escalando peldaños en el escalafón del fútbol mundial, a la espera del siguiente rival. Cada vez más cerca de la cumbre son pocos los que pueden contar que marcaron un hat-trick en el Camp Nou. Ni siquiera su admirado Cristiano Ronaldo puede presumir de un récord que sí tienen Shevchenko, Forlán o Puskas, delanteros de época que ponen en perspectiva la actuación del galo. Y a pesar de ello nada de lo conseguido hasta ahora es suficiente para Mbappé. Su obsesión sigue siendo esa Copa de Europa, motor también de las ambiciones qatarís en París, con la que abrillantar aún más su palmarés. Alzar la primera Champions de la historia del PSG parece un desenlace inevitable en la trayectoria de Mbappé, quien no va a parar hasta conseguirla. Mientras tanto el resto de grandes equipos europeos parecen resignados a su suerte como esos dos agentes del FBI que obnubilados por la presencia de las azafatas dejan escapar a Di Caprio:

—¿Has visto a esa rubia?

—Quien fuera piloto…

—Exacto.

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