Todo fue extraño. El protagonismo de Marcelo, el gol con la derecha de Mendy y la debilidad del Getafe, sin tiros a puerta en todo el partido. También fue extraño que Vinicius templara el pase que valió el primer gol; en otra época (ayer mismo) habría encarado con fatales consecuencias. Igual de raro fue que Bordalás se permitiera un once sin Kubo y Aleñá, su equipo no anda sobrado de talento. Por no mencionar la celebración de Zidane en el primer gol, diríamos que desmelenado si tal cosa fuera posible.

Cuesta decir si de un partido tan atípico se pueden extraer conclusiones con influencia en el futuro. Me inclino a pensar que sí, que aquí importa todo, que el fútbol está lleno de mariposas capaces de provocar terremotos al mínimo aleteo. A fin de cuentas, la victoria es una píldora euforizante y ganar bajo la lluvia potencia su efecto, lo sabrán si han disfrutado alguna vez del placer que supone jugar (o amar) en mitad de un aguacero, hay algo purificante en el agotamiento a remojo.

Mencioné unos cuantos fenómenos paranormales, pero tal vez haya que borrar a Marcelo de la relación. Que juegue bien al fútbol no es algo que debiera sorprendernos porque es un futbolista excelente. Protegido por una línea de tres centrales, no se le asignó otra tarea que hacer lo que sabe. Y cumplió a rajatabla. Se movió por donde le vino en gana prendiendo cerrillas por si prendía algún fuego. Esa capacidad la tiene con 32 años y la tendrá con 42. Se nota que el entrenador le quiere, porque en cierto sentido le montó la fiesta la su medida.

El Madrid se adueñó del partido sin mucho esfuerzo, quizá más dinámico que en otras ocasiones, con la sensatez que aporta un carrilero como Marvin, sin arabescos, pero con la tenacidad de quien sabe dónde está el petróleo, sólo es cuestión de perforar y perforar. El Getafe no opuso resistencia, algo debe estar pasando ahí dentro.

Los goles fueron la consecuencia natural del dominio y del empeño. Es cierto que Benzema no está en su mejor momento, pero en cualquier circunstancia sigue sujetando la bandera. Qué cosas tiene el fútbol. Cuando llegó le tomamos por un genio medio desmayado, algo pusilánime (quizá lo fuera); ahora es el retrato robot del futbolista del Real Madrid, con las dosis justas de talento, pundonor y vergüenza torera. Su gol de cabeza fue más un acto de fe que una jugada convencional.

En el que marcó Mendy también hubo más fe que finura. La gracia es que la jugada conectó al viejo lateral izquierdo con el nuevo, que remató con la derecha, con lo anárquicas que son las diestras de los zurdos.

No hay mucho más que decir, salvo certificar la invisibilidad de Isco y los achaques de los años: Marcelo se marchó derrengado y si le duelen los 32 habrá que advertirle de lo cerrada que es la curva a los 40.

Dice Bordalás que su equipo salió al campo con miedo de meter la pierna después de los incidentes del Pizjuán. Es un argumento interesante, pero no justifica la abulia, imperdonable con el Madrid delante y con el diluvio alrededor.

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