Cuando el Real Madrid juega bien todo parece posible, hasta que la primavera pida paso en mitad de febrero. Y lo parece porque el equipo juega muy bien cuando se pone a la tarea, o cuando lo dejan, que esta sigue siendo la cuestión a resolver: ¿depende el equipo de sí mismo o de sus rivales? El dilema pone a prueba el optimismo de unos y el pesimismo de la mayoría. Es verdad que el Valencia fue una sombra, pero también es cierto que estos florecimientos (sigamos con la primavera) los ha tenido el Madrid contra adversarios de tanto rango como el Atlético de Madrid o el Sevilla, de manera que seguimos pisando terreno movedizo. Lo único seguro, y ya se puede esculpir sobre piedra, es que la inspiración del equipo depende de Modric, Kroos y Benzema (más Ramos cuando vuelva), a los que se puede unir algún otro compañero pero siempre en el papel de corista (Lucas, en este caso). Si no coinciden ellos en tiempo y hora no hay casi nada; si lo hacen, hay casi todo. 

Tal vez el siguiente asunto a debatir sea la duración de la efervescencia. Vaya por delante que ningún estado de sobreexcitación se puede sostener en el tiempo, como bien sabe el lector masculino. Si entramos en términos sentimentales (hoy es el día), los científicos del ramo establecen que el enamoramiento (volar bajo) no dura más de seis meses. En el fútbol eso equivaldría a 45 minutos (mitad de la medida unitaria, valga el arabesco), tras los cuales el partido exige un amor más reposado. Así, poco más o menos, se comportó el Madrid contra el Valencia: excelente al principio, eficaz después.

Sobre la depresión colectiva del Valencia habría mucho que decir, pero ya está casi todo dicho. El desánimo institucional ha calado en los huesos del equipo y el futuro se le presenta negro, aunque en Valdebebas luciera tan naranja como hace 46 años, cuando se estrenó de taronja en el Bernabéu (3-2). Ni Gayá, ángel exterminador en la primera vuelta, se hizo notar. Ni Carlos Soler, debilidad de la casa (de la mía). Ni pasión ni orgullo. 

Que el sol calentara Madrid por primera vez después de Filomena, sólo tuvo efecto entre los madridistas, que experimentaron la misma alegría dominguera que tantos ciudadanos al asalto de parques y terrazas. Está comprobado que la primavera (incluso un anticipo) eleva el entusiasmo del personal, exceptuados los alérgicos y los fotofóbicos. 

Benzema fue quien abrió la cuenta con uno de esos goles que le definen: más de listo que de asesino. El próximo fin de semana se convertirá en el extranjero con más partidos en la historia del Madrid, por delante de Roberto Carlos (370). Quién lo hubiera dicho cuando le vimos aparecer, ese chico triste y solitario. El segundo también fue un retrato de su autor, Toni Kroos, digno heredero de la estirpe vikinga que inauguró Gunter Netzer. Su tiro raso con el interior del pie derecho está en condiciones de ser patentado. 

Mendy pudo hacer el tercero, pero incurrió en un fuera de juego singular: en lugar de entrar, se salía. En cierto modo, la acción también le define. Poco más se puede aportar salvo otear el horizonte: Valladolid, Atalanta, Real Sociedad y Atlético. Ahí están todas las respuestas. O casi.

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