Pues sí, mis estimados, aquí me hallo de nuevo entre ustedes después de algún tiempo, que seguro no he de equivocarme si digo que me han debido de extrañar muy mucho, pues es bien sabido que me hago de querer, pero es que ha sido un año extraño. Por poner un ejemplo, en este verano de confinamiento he de confesar que, como ustedes entenderán, no me he perdido una sola cacerolada con mis convecinos y es que verme en una mani, como la llaman ahora en apoyo de mi Presidenta Ayuso, me rejuvenece y me llena de gozo, aunque tuviese que darle un extra a Clotilde, ya que era ella la que tocaba la cacerola por mí.

Pero por no irme por las ramas, y por empezar por alguna parte, no quería dejar de contarles que en ese aciago verano, puesto que el clima no entiende de desdichas, sufrimos una dolorosa pérdida, y no puedo dejar de ocultarlo, ni la congoja que me aflige ajena a la enjundia de mi jerosolimitano ajetreo. Se nos fue un amigo muy querido y cercano de la familia, ¡Dios lo acoja en su seno! que vivía en Baleares, así que decidí prestarme presto a acudir en representación de la familia Victoria-Sostoa de los Aguijares, porque las personas de bien somos así.

 Y aunque a pesar de la pandemia hay mucha farándula y muchos guateques por todas partes de la isla, cosas que mis tres nietos deploran, haciendo un esfuerzo ímprobo y propio de gentes cristianas, se mostraron encantados de acompañarme, y es que en esta ocasión también ha tenido a bien el acompañarnos Álvaro, el hermano menor de Pía, que tiene 20 añitos y es un niño delicado y sensible donde los haya. Y no voy a ocultar tampoco que se lo merecían, por las excelentes notas obtenidas, dedicando todo su confinamiento al estudio y al parecer, al ajedrez, al que debían de jugar con todos sus profesores, ganándoles siempre, aunque es cierto que ellos contaban con la pequeña ayuda de un amigo que los entrenaba al parecer en los jaques, por lo que siempre terminaban jaqueando a todos los profesores, como parece ser que lo llaman ahora los jóvenes.

Y ya que estábamos íbamos a aprovechar y a quedarnos en la casa familiar que tenemos en Palma de Mallorca durante unos días para desquitarnos de tan dolorosos momentos. Mientras yo llenaba prolijamente la maleta con el devocionario, los rosarios y con la ropa que nuestra Matilde me había preparado, es decir, mis camisones de rayas para dormir, mis guayaberas blancas, mis sandalias, mis calcetines blancos y mi sombrero de Palma, Dimas no paraba de dar vueltas delante de la puerta de su dormitorio, dejando que Clotilde y su prima Pía le llenaran amablemente su maleta a él, y es que parecía que lo único que extrañamente le preocupaba de nuestra marcha era el aroma que se iba a quedar en casa, cosa a la que no le veo yo tanta importancia, ya que nuestra Clotilde, solícita como es ella, siempre tiene puesto Air Wick en todas las estancias. Pero parece ser que Dimas lo quería cambiar, ya que le he escuchado decir que iba poner en nuestra ausencia todas las habitaciones de nuestro piso de Salamanca con Air Bianbi, que no sé yo que aroma es ese, pero que a fin de cuentas, me da igual porque lo importante es que huela bien y que a Clotilde, que es todo un carácter, como ustedes bien saben, no le parezca mal, pero finalmente parece ser que van a poner un aroma cada día porque los escuché decir finalmente que iban a ir a medias.

Pía me ha pedido 400 € porque ha contratado un chófer con servicio especial funerario al aeropuerto, y aunque es un poco caro, me ha parecido bien al ver el elegante porte del conductor, su corbata y su vehículo de color negro, como debe ser y las circunstancias mandan, pero a pesar de que yo le hablaba al chófer no respondía, hasta que me di cuenta de que el señor era extranjero, así que al bajar lo sorprendí con un Dank und auf Wiedersehen tras haber leído su inequívoco nombre, escrito en la plaquita: Uber.

En el avión iba muy poca gente pero a mis nietos está visto que volar les afecta bastante porque a Pía, que se había sentado en la última fila de asientos, no se la veía. Imagino que por relajarse, estaría haciendo alguna de esas extrañas posturas de yoga que tanto le agradan, y no me extraña que necesitara relajarse porque el señor que iba sentado a su lado, estaba muy rojo y respiraba con dificultad mirando hacia arriba y emitiendo pequeños gemidos, como si fuera a morirse. Cosas del pánico a volar propias de personas con poco temple y faltas de mundología.

Dimas estaba muy callado y con los ojos muy abiertos mirando al infinito, pensando en sus cosas o probablemente rezando el Ángelus, y Álvaro, de natural amable, hizo migas con un solícito azafato que se lo llevó a la parte trasera a enseñarle todos los entresijos del avión e incluso, unas breves pinceladas de primeros auxilios, ya que le explicó los rudimentos de un masaje cardíaco y de la reanimación mediante el boca a boca.

Y no me cansaré nunca de ponderar las virtudes de mi Dimas, porque al bajar del avión y acercarnos al control policial, que debido a la pandemia era mucho más amplio que el habitual, se puso de pronto nervioso comparando mi pesada maleta y la suya, así que me la arrancó casi a tirones, diciéndome que él la llevaría, pidiéndome que yo le llevara su bolso, que a pesar del enorme bulto que hacía, me dijo, apenas sí pesaba, por lo que pasé alegremente por el control saludando a la Benemérita y felicitándolos por su encomiable esfuerzo y dando loas a la Vírgen del Pilar, patrona del Instituto Armado.

A mí de todos modos, estos días me van a venir muy bien para despejarme porque estos momentos son de tiernas rememoranzas con mi María Simoneta, Dios la tenga en la Gloria. ¡Ah, como recuerdo aquellas largas caminatas por el Paseo Marítimo arriba y abajo para ver si nos  cruzábamos con sus Majestades los Reyes, Don juan Carlos y Doña Sofía, que era lo que más ilusión nos hacía! Había días que empezábamos a las siete de la mañana y a veces nos daban las doce de la noche o más, tal era nuestra devoción por Sus Majestades.

En fin, Eleuterio, que en paz descanse, no era mal hombre. Era el hijo menor de un gerifalte del Banco Hispanoamericano, de una familia de bien de las de toda la vida, pero desde hacía algún tiempo, y tras divorciarse a los 43 de esa santa que le había dado seis hijos, vivía en Ibiza, adonde sus nietos iban a visitarlo con más asiduidad que a su abuela, a él y a una señorita indonesia con quien convivía. Fue en esa isla de perdición y desenfreno donde se había dado a la mala vida fumando mucho y bebiendo mucho, muchísimo, lo que lo llevó a la postre a unirse al Altísimo.

Al llegar al tanatorio, un solícito joven, desbordado a no dudar por el trabajo, tras un tímido cruce de miradas del que me percaté con mi innata astucia, le pidió ayuda a Álvaro, que es un amor de niño, entró con él y estuvo un rato ayudando, y tuvo que costarle muchísimo trabajo lo que fuese que estuviese haciendo, ya que salió sudando del esfuerzo y sin camisa, pero la caridad cristiana, es lo que tiene. Y debió de ser por esto del exceso de alcohol que la incineración que estaba prevista para las cuatro y media de la tarde, se fue alargando sin que aquello se apagase. Mis tres nietos decidieron entonces sacar un incienso que había llevado Dimas y que olía muy fuerte y que yo asocié enseguida al que usaban en la casa de El Escorial a la hora del Ángelus y del Rosario y al cabo del rato, los trabajadores y visitantes, quedaron todos compungidos y mirando al suelo, toda la tarde y mientras yo rezaba devotamente, veía cómo se iban acercando de las salas adyacentes a darnos el pésame, marchándose luego todos cariacontecidos y abrumados, con la mirada perdida. Incluso dos de ellos, imbuidos a no dudar del Espíritu Santo, le hablaban a un crucifijo. Al final, nos tuvimos que marchar sin saber cómo acababa porque, a las diez, Eleuterio aún continuaba ardiendo.

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