Entre las formas de inmortalidad conocidas (a saber: el Paraíso con todas sus variantes, la memoria colectiva y Jordi Hurtado) tal vez la más interesante sea aquella que te tatúa a fuego en el recuerdo de tus congéneres. Si además se aliña con la incorporación de tu nombre al lenguaje coloquial, has triunfado del todo (aunque ya poco te importe). Un ejemplo: el adjetivo “berlanguiano” se ha convertido en una manera cuasi inconsciente de prolongar la estancia entre nosotros del excelso director valenciano y, aunque normalmente se refiera a algo chusco y/o surrealista, en esta ocasión yo querría aplicarlo de manera literal: en el partido que ha enfrentado a la Real Sociedad y al Cádiz (o por ser más exactos, en toda la trayectoria de los amarillos en Primera) viene notándose un cierto regusto berlanguiano, más concretamente de su película Plácido.

Si no conocen Plácido dejen inmediatamente de leer esta crónica y corran a buscarla. Me lo agradecerán.

Los que ya la han visto conocen el argumento: en Nochebuena, y como parte de una estratagema publicitaria, las familias ricas sientan a un pobre a su mesa. Por un rato, conocen los oropeles del bienestar, los manteles almidonados, las chachas con cofia. Luego son expulsados con cajas destempladas.

Es posible (incluso probable, es más, casi seguro) que esta visión mía esté contaminada por mi forofismo maltrecho, pero no he podido dejar de pensar en esta película al rememorar el tratamiento que los amarillos están recibiendo durante toda la temporada: te dejamos que te sientes en nuestra mesa, cómete el pollo y chitón. Un mendigo que molesta más que acompaña.

Comienzo a escribir esta crónica en el descanso del partido porque, en realidad, lo de menos ya es cómo acabe el choque.

Lo de más es la línea vergonzosa que los árbitros están siguiendo contra el Cádiz desde que comenzó la Liga, sin ninguna razón aparente (no creo que la rajada de Cervera fuera para tanto). Penaltis a favor que se pitan y luego se pierden en el limbo del VAR, penaltis en contra que no se pitan y luego se revisan, amarillas que se convierten en rojas y, por encima de todo, diferentes raseros según el color de la camiseta del infractor. Son ya demasiados los rivales que han contado con ayudas arbitrales contra nosotros, como si las necesitaran.

Y es que esa es otra: seguramente no las necesitan en absoluto, con o sin decisiones arbitrales erráticas los resultados habrían sido similares (o no).

Porque la plantilla que inició el curso ya era floja para la categoría.

Porque las lesiones la debilitaron aún más: problemas en el medio, problemas en el centro del campo. Cualquiera lo veía. ¿La solución?: fichar dos delanteros.

Los árbitros nos están maltratando, es cierto.

Pero el equipo ha bajado su rendimiento de manera alarmante y eso no es culpa de los hombres de negro (o de morado o de rosa, según lo fashion de cada cual), sino de la falta de profundidad de nuestra plantilla. Hemos sentido tanta nostalgia del Pacha Espino que ríase usted de la añoranza del pobre Marco por su madre (puretas only).

Los árbitros nos están maltratando, es cierto.

Pero toca buscar algún refuerzo decente en el mercado de jugadores libres, restañar las heridas, apretar los dientes.

Porque queda mucha Liga y hay equipos por debajo. Muchos todavía.

Porque no debemos olvidar que mientras tuvimos al equipo titular con piernas frescas supimos competir. Hay que recuperar la fe en el sistema, la solidaridad defensiva, el orden. Y recordar el lema: la lucha no se negocia.

Los árbitros nos están maltratando, es cierto.

Pero yo ya no volveré a hablar de ellos en lo que queda de liga. Hablaremos de fútbol, de tácticas, de goles y de uys.

El partido ha quedado cuatro a uno.

Disculpen el desahogo.

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