Corría el minuto 87 del encuentro cuando el enésimo balón al área del Granada, colgado ya prácticamente sin fe tras una infinidad de ocasiones estrelladas en Aarón y los postes, fue rescatado por Griezmann. El francés estiró la pierna sin poder orientar bien el remate, acaso tan solo para evitar el saque de puerta y la consiguiente pérdida de tiempo nazarí. Sin embargo, el esférico efectuó una carambola inverosímil propia del billar profesional, y entre la madera y el cuerpo del guardameta terminó dentro del arco. De intentar repetir la maniobra adrede, con suerte podría imitarse una de cada cien veces. Sea como fuere, el partido finalizó en ese instante, con el Granada diluyéndose como un azucarillo y el Barça sacando músculo de campeón.

Hasta entonces ni Messi ni todos sus escoltas habían logrado rasgar con éxito la telaraña andaluza. Diego Martínez suplió a los lesionados Milla y Gonalons con un doble pivote férreo, poco amigo de frivolidades. Eteki y Montoro pretendieron constituir un cerrojo que en la práctica no resultó tan inexpugnable como se esperaba, pero fue capaz de acomodarse al ritmo pausado del Barcelona de la primera mitad e incomodar a los culés. La velocidad lenta de la circulación de ambos equipos se interrumpió con una jugada aislada, en la que la presión rojiblanca desnudó las carencias de Umtiti y propició, Kennedy mediante, una sorprendente ventaja en el marcador. Tesoro cuyo valor aumentaría al inicio del segundo tiempo, cuando una carrera de Soldado colocaba la eliminatoria como ni los más optimistas habían soñado. El Barça rozó la lona, y quién sabe si no la hubiera besado si el árbitro hubiera juzgado con mayor severidad el manotazo de Sergi Roberto a Germán; los que no pudieron hacerlo fueron los espectadores, pues la realización no tuvo a bien mostrar la acción desde ángulos más claros.

Tras el tanto accidentado de Antoine el ánimo del Granada se vino abajo, y la frágil estructura de ayudas y solidaridad se desmoronó como un castillo de naipes. En dos minutos Dembélé lanzó otra pelota al palo y Jordi Alba empató en la siguiente jugada, como llamado por un destino inevitable. La red de tenis de Woody Allen en Match Point había dictado sentencia, y solo quedaba conocer el nombre de los protagonistas que ejercerían el papel de verdugo. Ni siquiera el empate momentáneo de Fede Vico en un penalti de VAR calentó el corazón de los hinchas granadinos. El Barcelona cerró el expediente con suficiencia, con la confianza que sin duda debe de proporcionar el esquivar el patíbulo en el último escalón.

Cuentan que plazas como Gijón o La Coruña fueron históricamente afines al Real Madrid hasta que sus equipos acumularon algún agravio como rivales directos por un título, y el odio se institucionalizó. Es posible que tras el varapalo de anoche, a escasos segundos de abrazar la gloria, la afición granadinista se la tenga jurada al Barcelona para siempre. Aunque una de las principales diferencias entre los clubes de mentalidad pequeña y los que demuestran grandeza se halla en la capacidad de sobreponerse al rencor y convertir la crueldad en espoleo. Ojalá la próxima visita del Nápoles constituya la oportunidad de situar a este histórico Granada en el lugar que verdaderamente le corresponde.    

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