En los años 80 alcanzó gran relevancia el eslogan de una campaña bastante añeja de prevención de los incendios forestales. Serrat cantaba “todos contra el fuego” aferrado a su carisma, flotador que a duras penas conseguía salvarlo del esperpento y la vergüenza ajena que provocaban dichos anuncios a cualquier alma con un ápice de buen gusto. No obstante, el risible lema podría ser reutilizado para describir esta Copa del Rey tan insulsa. Y no porque la ausencia de público en las gradas niegue el tradicional carácter flamígero de los encuentros, sino más bien por la existencia de un reto común que sirve de aglutinante para siete equipos: evitar el triunfo del favorito, a priori un par de peldaños por encima de todos. Honor que corresponde, por primera vez en muchas temporadas, al Fútbol Club Barcelona. Huelga señalar que la nueva consigna, “todos contra el Barça”, necesitaría de un nuevo artista para la promoción, ya que con total seguridad Serrat declinaría la oferta.

El primer enfrentamiento de cuartos se produjo entre los conjuntos de aspiraciones más modestas, para los que el libro de estilo de los periodistas perezosos recomienda el manido tópico de “estar aquí ya supone un premio”. Sin embargo, tanto el Burgos como el Tenerife abjuraron de su condición de comparsas y ofrecieron cuarenta minutos de fantástico baloncesto. La primera parte exhibió calidad ofensiva, con un Sasu Salin castigando sin piedad al Hereda. Por su parte, los burgaleses se encomendaron a los sospechosos habituales Benite, McFadden y Jasiel Rivero, comandados por el veterano Cook, si bien el acierto de Fitipaldo y Shermadini inclinó decisivamente la balanza hacia el lado canario. Tras el pitido final, Vidorreta mantuvo el rictus serio al saludar a los rivales y al abandonar la pista, acaso presagiando un incómodo y morboso duelo contra su archienemigo Laso en semifinales, a quien ha llegado a acusar de tropelías como llevar más utilleros de la cuenta u, horresco referens, imitar a Manolo Lama.

Claro que, para que esto tuviera lugar, un Madrid renqueante durante las últimas semanas debía imponerse a todo un Valencia, una tarea casi digna del decimotercer trabajo de Hércules. Para más inri, los árbitros no solo se mostraban ajenos a la tentación de favorecer el atractivo salseo del hipotético Lenovo Tenerife–Real Madrid, sino que incluso parecían empeñados en evitarlo, con un doble rasero caótico en la sanción de las faltas que dejó sentado a Tavares durante los dos primeros cuartos y mandaba a los jugadores taronjas a la línea de personal reiteradamente. Pese a que las interrupciones sacaron de quicio al banquillo blanco en algunos instantes —dos técnicas lo acreditaron—, el Madrid ofreció de inicio una versión excepcional, concentrada y dinámica, con Felipe Reyes desgastando rivales de forma inesperada y encomiable y con Deck saltando por el parqué con zancadas prodigiosas, por momentos asemejándose a una suerte de LeBron James FIBA —si creen que exagero no tienen más que buscar la última penetración del segundo período: con aviones así cualquiera se hubiese atrevido a privatizar Iberia—. Con Dubljevic desaparecido, Ponsarnau reaccionó en el tercer cuarto gracias a una combinación de Van Rossom, Kalinic y gotitas de un gesticulante Prepelic, pero el paupérrimo porcentaje perimetral dejó en agua de borrajas el parcial. Un Tavares con hambre tras el destierro inmerecido, las defensas de Rudy y los puntos de Thompkins finiquitaron la victoria para los merengues. A estas horas no se descarta que Telecinco pregunte por los derechos de la semifinal del sábado. Antes, hoy mismo, debutará el favorito, diana de todas las miradas. Probablemente con pretensiones de aportar su propio jarro de agua fría frente a tanto bombero sobrevenido.    

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