Es una constante en la vida que los errores ajenos constituyan una posibilidad muy valiosa de aprendizaje, y que, al mismo tiempo, nos empeñemos en obviarlos desdeñosamente sin aprovechar la lección que entrañan. Tras el susto que el Unicaja le dio al Barcelona en el último encuentro de los cuartos de final —fue susto y no muerte por la encomiable elasticidad de la camiseta de Abromaitis en la jugada que forzaba la prórroga: un roto en la prenda hubiese obligado a consultar el Instant Replay; realmente difícil el oficio de utillero, no se sabe bien cómo acertar—, resultaba esperable que el Real Madrid saliese con la mosca detrás de la oreja en la semifinal que lo enfrentaba al Lenovo Tenerife. Sin embargo, como en tantas y tantas ocasiones, uno mismo ha de tropezar con la piedra para tomar consciencia de su existencia. 

La piedra, en este caso, la había colocado un experimentado zapador llamado Txus Vidorreta, quien además ha cultivado en los últimos tiempos una extravagante rivalidad con el equipo blanco. El adjetivo extravagante, escogido ex profeso, alude a los singulares orígenes del desencuentro. Porque la animadversión no proviene del pasado estudiantil del técnico vasco, ni de ninguna afrenta arbitral señalada, ni siquiera de un mal gesto prepotente. A Vidorreta le resulta insoportable la manía de Laso —y su numerosa comitiva— de vociferar indicaciones y ánimos constantemente a todos y cada uno de sus jugadores en la pista. Es probable que quien haya vivido en un bloque de vecinos universitarios no considere exagerado del todo el motivo de la polémica. En cualquier caso, y anécdotas aparte, Vidorreta supo plantear el partido de la manera más dañina posible, con Fitipaldo y Fran Guerra imitando a la pareja titular Huertas-Shermadini, en esta ocasión menos productiva que de costumbre.

El Madrid salió con un punto de pereza, acaso contagiado por un horario propicio para el sesteo, y a base de errores no forzados se sorprendió contemplándose dieciocho puntos abajo en el marcador, ya bien entrado el segundo cuarto. Con una tesitura tan complicada, hubo de recurrir a los arreones de Llull, quien desde una labor menos protagonista hace el doble de daño. El menorquín fue escoltado por Causeur, estilete habitual al que quizá no se le otorgue todo el crédito que merece por lo estético de su juego —no en vano la belleza casi siempre resulta sospechosa—, y sobre todo por Tavares, sostén básico de la plantilla, cuyas ausencias pueden contarse por el número de nuevas canas de los cabellos madridistas. Las turbulencias terminaron por calmarse más o menos en el último período, aunque sin que el Real pudiese vivir tranquilo hasta el sonido final de la bocina.

Unas horas más tarde, el decorado varió de manera un tanto inesperada. Se preveía un enfrentamiento de ritmo muy alto entre el FCB y el Baskonia, y la realidad no pudo decepcionar más. Con guarismos bajísimos en el primer cuarto, con una enorme cantidad de pérdidas de balón y con una tremenda incapacidad para encadenar ataques fluidos, el partido favoreció la retahíla de tópicos que todo narrador conserva para estos casos: el término “espeso” se repitió infinidad de veces en la retransmisión. El Barcelona abrió un poco de brecha antes del descanso merced a cuatro triples consecutivos, y los vitorianos, zarandeados y a merced del oleaje, sobrevivieron como pudieron, aferrados a los rebotes ofensivos de Jekiri. La defensa culé se esmeró en sacar de quicio a los Henry, Polonara, Giedraitis y Vildoza, aunque, en un exceso de confianza comprensible —el estrés acumulado frente al Unicaja debió de pesar—, con el paso de los minutos el FCB levantó ligeramente el pie, al entrever la cercanía de la meta. El Baskonia sacó entonces la casta de campeón, y se aferró a sus opciones con un parcial que redujo la renta azulgrana de veinte puntos a cuatro. Pese al miedo que se intuyó en algún rostro, la inverosímil remontada dependía de que todo lo azaroso sonriese a los vascos, y un error infantil de Vildoza al pisar la línea de fondo dio el aire suficiente a un dubitativo Barça para finiquitar la eliminatoria. 

La final ofrecerá el enésimo Clásico entre los dos grandes del baloncesto español. Los papeles se hallan intercambiados en comparación con los últimos años: el aspirante es inequívocamente el favorito, con un vigente campeón más achacoso que nunca. No obstante, si algo nos ha enseñado este deporte, y sobre todo esta competición concreta, es a relativizar la fiabilidad de los pronósticos. Aunque para aprender de verdad las lecciones haya que sentirlas en carne propia.  

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