Creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño;

esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Lope de Vega

En uno de esos juegos caprichosos con los que se divierte el destino, el día de San Valentín finalizó el idilio más intenso de los últimos años del baloncesto español: el del Real Madrid y la victoria. En la vida, las relaciones no suelen tener un punto de ruptura claro, sino que se trata de un proceso progresivo de decantación. Lo cotidiano gana peso en la rutina, lo que se intuía como especial pierde su condición excepcional, el paso del tiempo modula los caracteres y algunos hábitos… Para cuando se produce el chasquido definitivo, lo más probable es que la relación lleve herida de muerte al menos varios meses. Lo que no impide, de todas formas, que el instante traumático resulte dolorosísimo. El madridismo, desde el más ingenuamente esperanzado las horas previas al Clásico —antes que cualquier otra cosa, el amor supone una esperanza frente a la adversidad— hasta el que rumiaba preventivamente la derrota, se fue a la cama afligido, lamiéndose las heridas y recordando los instantes, no tan lejanos, en los que todo marchaba sobre ruedas.

No obstante, los días exuberantes en los que el Barcelona hincaba la rodilla y se reconocía inferior han quedado atrás. Las sucesivas marchas de casi todos los jugadores franquicia merengues, junto con el natural envejecimiento y disminución de las prestaciones de los que permanecieron fieles, han terminado por cambiar las tornas en el perenne duelo entre gigantes. De cualquier modo, tampoco sería del todo justo aludir únicamente a Rocío Jurado —ya saben, se nos gastó el amor, etcétera, etcétera— para explicar de manera completa el cambio de tendencia: no en vano, la importante inversión económica y el denodado esfuerzo de la directiva blaugrana en componer la mejor plantilla del continente constituyen el principal motivo del sorpasso. El Madrid acudió a la final del torneo sin tararear ningún bolero optimista; antes al contrario, ataviado con la piel de cordero, la tonadilla que le pegaba era de Manolo Escobar, también de índole amorosa pero de carácter casi suplicante: “No voy a pedirte, mi amor, imposibles, cosas que jamás me podrás conceder”.

Por su parte, el Barça acudía a la cita con la sangre en el ojo propia de quien lleva años tragando quina y se sabe, al fin, auténticamente más poderoso que su contrincante. Tras unos instantes de tanteo enseguida abrió brecha en el marcador, y firmó la defunción blanca. La intensa defensa, fecunda en cambios y ayudas, que Jasikevicius inculca a los suyos ha sido denostada por insostenible en el largo plazo; argumento de por sí muy discutible, y por supuesto irrelevante en una competición de tres encuentros. Además, la diferencia física de los culés llevó a la impotencia a jugadores de la talla de Carroll, Causeur o Thompkins, incapaces de encontrar un tiro cómodo a lo largo de cuarenta minutos. Solo Tavares, Deck, alguna pincelada de lo que queda de Llull y el ímpetu juvenil de Alocén y Abalde pudieron plantar cara parcialmente a la agresiva propuesta de sus rivales. Un balance demasiado pobre, incluso con la coartada de las ausencias de los especialistas defensivos Rudy y Taylor. 

Los cuatro fantásticos del FCB, con el apoyo formidable de Smits, lograron aumentar la renta hasta los veinte puntos, mientras Laso acumulaba tiempos muertos en los que se desgañitaba en pos del rebote o improvisaba marcajes como el de Garuba sobre Calathes. El Madrid subió la intensidad a la desesperada en el segundo tiempo, gracias a un sobreesfuerzo que permitió obstaculizar la capacidad anotadora del Barcelona pero que no fructificó por el desacierto en el porcentaje de tiro: la cruda realidad es que nunca logró reducir la ventaja por debajo de la cifra psicológica de diez. Calathes contemporizó inteligentemente mientras el goteo dañino de puntos mellaba la maltrecha confianza blanca, apartado en el que sobresalió por encima de todos Cory Higgins, máximo anotador y merecido MVP, que arrebató una vez más y con toda justicia los focos a Mirotic. Con la bocina final el banquillo de Saras saltó de alegría y alivio, descargados al fin todos de la enorme presión del favoritismo. La afición barcelonista, ausente del pabellón, dio rienda suelta al entusiasmo en las redes sociales, quizá sabedores de que, al igual que en el amor, el más difícil de dar es el primer paso. El Madrid, sin embargo, deberá resignarse a tratar de recomponer los trozos desgastados de su romance si pretende salvar esta accidentada temporada. Aunque, si fracasa, siempre le quedará la posibilidad de búsqueda de refuerzos en verano. Al fin y al cabo, no existe territorio más propicio para un nuevo amor. 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here