Una tertulia de tres hombres que ya han cumplido los 70, moderados (es un decir) por un periodista gruñón. No me ocurre una propuesta menos comercial ni más a contrapelo de los tiempos que corren. Sin gritos, sin cotilleos, con alguna incursión, aunque prohibida, en la música sacra barroca. Admito que el boceto que planteo es tan básico y miope como el apunte que hicieron de Fred Astaire en su primera prueba con la RKO: “No sabe cantar. No sabe actuar. Con entradas. Sabe bailar un poco”.

Sin embargo, la primera aproximación no es mentirosa, o no tanto. Cowboys de Medianoche es la antimateria de las tendencias digitales y, sin embargo, se ha convertido en un podcast de culto, excepción de mil reglas que estábamos a punto de dar por buenas. Es falso que la inteligencia haya perdido atractivo, cuestión distinta es que haya perdido foco. No es cierto que este ya no sea país para viejos. Es una rotunda mentira que la erudición sea aburrida.

Nos quedaríamos muy cortos si dijéramos que Cowboys es un podcast de cine. Es, en primer lugar, una proclamación de la amistad. Quienes hablan son amigos antes de cualquier otra consideración. A ratos recuerdan a los viejos del palco de los teleñecos, pero en realidad sus voces son las de los niños que siguen la vía del tren en Stand by me. Quién tuvo amigos como aquellos, quién tiene amigos como estos.

Cowboys de Medianoche ejerce la subversión que se espera de la cultura. Miren que tiene mala prensa la nostalgia y José Luis Garci es un hombre-anuncio de la melancolía; ha logrado que echemos de menos tiempos que no hemos vivido. En Eduardo Torres-Dulce pervive el espíritu de Atticus Finch y en Luis Alberto de Cuenca el canto de los enamorados sin edad y sin piedad. Inocencio Arias, primer suplente, es un milagro de la raza hispánica, castizo sin fronteras entre Anacleto y Ban Ki-moon.

Dejo el último a Luis Herrero porque los autores firman debajo. Suyo es el mérito de la idea y del pastoreo, que no ha de ser sencillo, la juventud es dispersa por naturaleza. Su talento es dejar jugar a los chicos, salgan y diviértanse, y recogerlos cuando es hora de cenar.

No recuerdo cómo descubrí a los Cowboys, pero fue hace años. Lo más probable es que llegara a ellos siguiendo a Garci, al que permanezco fiel desde los tiempos de Antena 3 Radio y aquellos sábados de luna de miel. Tengo para mí que, como Woody Allen, es mejor escritor que cineasta, y lo digo sin desmerecer una obra cinematográfica que se apreciará mejor el día que se vaya a tomar martinis con Manolo Alcántara.

Los tipos verdaderamente grandes se distinguen por la generosidad y en Garci se proyecta ese programa doble, le tomo prestada la expresión. No olvidaré que hace algún tiempo fue entrevistado para el periódico en el que yo trabajaba y tuvo el detalle de elogiar mis crónicas, algo que no le agradecí como debía por rubor y por pura torpeza comunicativa, no saben cuánto me arrepiento. Quizá perdí la ocasión de que me acogiera en su cuadra de jóvenes boxeadores. Años después supe que también me había citado en su libro Campo del Gas y, entonces sí, me fui a la Feria del Libro a darle las gracias, acompañado de mis hijas, casi tan conmovido como el soldado Ryan cuando visita con su familia la tumba del capitán Miller.

Hace un par de semanas recomendé en Twitter Cowboys de Medianoche y alguien lamentó que los intervinientes fueran “tan fachas”. No supe qué contestar; ahora ya lo sé. No hay que responder nada. Sólo hay que esperar que el tipo en cuestión vea Asignatura pendiente y Solos en la madrugada, o que un día necesite un abogado para salir de un atropello (quizá de un facha), o que una noche de soledad lea Mal de ausencia. La otra opción es que siga escuchando Cowboys de Medianoche y termine de entender que no hay alma más libre que la de un setentón.

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