No es la primera vez que el Fútbol Club Barcelona se encuentra en una situación financiera dramática. Ya ocurrió hace 90 años, cuando el club debió afrontar recortes drásticos para evitar la bancarrota. Todo partió, igual que ahora, de una lamentable gestión directiva, de un gasto desmesurado en futbolistas, de una nómina de sueldos insoportable y de otros problemas circunstanciales: el club todavía estaba pagando el estadio de Les Corts, el paso del amateurismo al profesionalismo había alterado la economía de los clubes y la política había distraído a los aficionados del fútbol. En los años que siguieron a la proclamación de la República (1931), el Barça perdió socios, desanimados también por la trayectoria deportiva, sin títulos mayores desde la Liga de 1929.

En marzo de 1931, el Fútbol Club Barcelona debía 365.000 pesetas en facturas vencidas y 154.000 más a varios jugadores. Consciente de que su propia supervivencia estaba en juego, el Fútbol Club Barcelona acometió un plan de ahorro que puso en marcha la directiva encabezada por Joan Comas y más concretamente su tesorero, Tomás Constantí. Entre las temporadas 1931-32 y 1932-33, se ahorraron 340.000 pesetas, un tercio de lo que había costado el estadio de Les Corts (991.984), inaugurado en 1922.

Los recortes comenzaron por la nómina de personal, así lo explicaba el propio Constantí: “Nadie más que nosotros sintió que aquella primera reducción de gastos hubiera de recaer sobre personas de cuyo afecto por el club y de cuyos servicios todos han de guardar el mejor recuerdo. Pero por doloroso que fuera, resultaba necesario”. En esta partida se ahorraron 37.000 pesetas.

El sueldo de los jugadores fue el siguiente objetivo: la nómina mensual, que era de 22.000 pesetas, se rebajó a 18.000. El sueldo máximo se fijó en 1.000 pesetas y los más bajos en 250, acordes en cada caso con la reglamentación federativa. Se establecieron primas de 150 pesetas por partido ganado y de 100 por partido empatado en campo ajeno. Con la rebaja se ahorraron 4.000 pesetas mensuales. Para hacerse una idea: un coche (Opel cabriolet cuatro plazas) era un artículo de lujo que costaba en 1932 entre 7.500 y 13.000 pesetas. En esta situación de emergencia, a los futbolistas se les dio el rango de “cooperadores”, bien retribuidos para la época, pero sin sueldos que pudieran representar un peligro para la economía del club.

Para hacer caja también hubo que desprenderse de los jugadores más valiosos y más gravosos. En diciembre de 1932, el Barça dio la baja a Samitier y dejó en libertad a Piera, Mas, Dos Santos y Gual. Lo de Samitier, mito del club (el Messi de la época), cayó fatal en el barcelonismo y el presidente Coma lo justificó penosamente: alegó que Samitier tenía ya 34 años — en realidad no pasaba de los 30— y puso como excusa su carácter indisciplinado. La cosa se puso peor cuando en enero fue fichado por el Real Madrid (en la imagen de Albero y Segovia, el día de la firma con Bernabéu de testigo), que le pagó 7.000 pesetas como prima de fichaje.

El entrenador no fue ajeno a la poda. James Bellamy, que ganaba 12 libras semanales (incluida casa, luz y calefacción eléctrica), fue sustituido por Jack Greenwell, con el que se ahorraron 1.000 pesetas al mes.

Se vendió el chalet inglés del Paseo de Gracia, donde se ubicaban el local social y las oficinas (20.000 pesetas de alquiler anual). El club se trasladó a un local en la calle Consejo de Ciento. Se prescindió, asimismo, de los campos de Sol de Baix en los que en 1926 se habían invertido 274.000 pesetas (24.000 de alquiler anual) con el sueño de levantar una ciudad deportiva del barcelonismo. Se renunció también al germen de La Masía, un vivero de jugadores propios que estaba representado por los cuartos equipos, donde los chavales disponían de profesor de cultura física, entrenador especial, educación primaria, transporte gratuito y “copiosos desayunos”.

Por lo que se refiere al fútbol, el club quedó reducido a dos equipos profesionales (el B dedicado a excursiones), dos equipos amateurs y dos infantiles. Prueba de la vocación polideportiva del Barça es que sí se mantuvieron las exitosas secciones de atletismo, rugby, béisbol, ciclismo (el legendario Cañardo corría de azulgrana), hockey y tenis.

Los esfuerzos por sanear la institución tuvieron un impacto negativo sobre el césped. En la temporada 32-33, el equipo fue eliminado de la Copa en diecisesisavos después de perder 4-0 contra el Betis en el partido de vuelta. La reacción de 800 socios fue firmar una carta reclamando la dimisión del presidente Coma. El club era un polvorín y el ambiente se hizo irrespirable la temporada siguiente por el fracaso del equipo en todas las competiciones: noveno en Liga, subcampeón de Cataluña, eliminado de la Copa en cuartos…

Coma dimitió en 1934 y Esteve Sala ocupó su lugar. Con él se comenzó a ver la luz al final del túnel en lo económico, aunque no se volvió a ganar un título nacional hasta la Copa de 1942, no sin antes salvar la promoción de permanencia contra el Murcia…

Cualquier analogía con el panorama actual debe tener en cuenta el siglo transcurrido y, a ser posible, la cita de Karl Marx: «La historia se repite, primero como tragedia y después como farsa».

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