“Tengo un plan: salir corriendo hasta que todo se arregle”. Esta estrofa, cantada por Leiva en No te preocupes por mí, se la ha aplicado Pablo Casado después de una semana horribilis con las nuevas acusaciones de Luis Bárcenas y una nueva derrota en las urnas en Cataluña. Era difícil empeorar los resultados de 2017, pero el PP lo consiguió con el agravante, además, de no haber sacado partido a la debacle histórica de Ciudadanos, que ha perdido 30 escaños en cuatro años.

Ante este panorama, algunos llegaron a plantear incluso dimisiones y, en la búsqueda de culpables, Casado encontró uno: el edificio de Génova 13, sede del partido. El presidente del PP confirmó que se marchan de allí: “No debemos seguir en un edificio cuya reforma se está investigando esta misma semana en los tribunales”.

Entiendo la decisión de Pablo Casado. Cuando todo va mal, resulta humano culpar al pasado de los males del presente. Y, después de aceptar como válido ese diagnóstico, es lógico querer escenificar el inicio de una nueva etapa huyendo de todo lo que nos recuerde a aquello que queremos olvidar. El problema es que, a veces, los fantasmas del pasado nos acompañan allá donde vayamos. Pero eso ya es otra historia.

El caso es que, después del anuncio-bomba de Casado, y de vivir el 14-F una jornada electoral atípica convirtiendo el salón de mi casa en una redacción improvisada, me he acordado mucho de las noches de elecciones vividas desde que me dedico a esto del periodismo político.

Durante muchos años he seguido elecciones generales, autonómicas, municipales y europeas desde el cuartel general del PSOE en Ferraz. Y, como soy tan futbolero, recuerdo también lo que hizo mi equipo en cada fin de semana.

Me acuerdo, por ejemplo, de la noche de las Europeas de 2014, que se celebraron un día después de que el Madrid levantara la Décima en Lisboa. Se puede decir que las horas de sueño con las que me planté en la sede socialista fueron proporcionales a los votos obtenidos ese día por la candidatura de Elena Valenciano: escasas.

Guardo mil anécdotas de Ferraz. Algunas, relacionadas con el deporte, como aquellas primarias que devolvieron a Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE frente a Susana Díaz en 2017 mientras el Madrid ganaba la Liga en Málaga; o las celebraciones contenidas —como cuando era seleccionador de baloncesto— de Pepu Hernández tras la victoria de las generales de 2019.

Como digo, han sido muchos años cubriendo elecciones en Ferraz. Pero mi debut en una jornada electoral fue en Génova 13, la sede del PP de la que ahora quiere desprenderse Pablo Casado. Han pasado ya diez años, pero recuerdo cada detalle de aquel día como si fuera ayer. Siempre pasa eso con las ‘primeras veces’, y la verdad es que ahora, después de lo anunciado por el presidente del Partido Popular, quiero compartir con el lector cómo fue esa noche.

Desde el punto de vista futbolístico, tener que trabajar esa noche del 22 de mayo de 2011 no me supuso ninguna pérdida, ya que la Liga había acabado el día antes. El sábado 21 se disputaron los diez partidos de la jornada, con el Barcelona con el trofeo ya conquistado y el Madrid obsesionado con convertir en pichichi a Cristiano. La noticia del día fue el descenso de uno de los nueve equipos campeones de Liga: el Deportivo de la Coruña.

En Génova también se esperaba alirón ese 22-M y ya antes de entrar a la sede vi cómo se estaba preparando el escenario desde el que saludarían a los votantes Mariano Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, Ana Mato, Pío García-Escudero, Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón, reelegidos estos últimos como presidenta de la Comunidad y alcalde de Madrid.

Desde el minuto uno resultó evidente que el escrutinio iba bien para los populares. Así nos lo transmitió la entonces portavoz en el Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría, a un corrillo de periodistas. Con los años he aprendido que, si hay declaraciones en off optimistas a eso de las nueve, es que la cosa va muy bien. Si en cambio te dicen “vamos a ver cómo avanza el recuento”, hay que prepararse para narrar una debacle en las urnas.

Aquel día, sin embargo, todo eran buenas noticias para el PP. La primera fiesta se vivió en la primera planta de Génova, donde habita el Partido Popular de Madrid. Con poco más del 60% escrutado, la mayoría absoluta de Aguirre y Gallardón era un hecho, y la lideresa dio orden de descorchar el champán.

Ahora tengo que admitir mi primer pecado de la noche: como la sala de prensa está muy cerca de las oficinas del PP de Madrid, mi compañero José Antonio y yo nos colamos en la fiesta que ya se estaba organizando. Fue una sabia decisión, porque estábamos siendo testigos directos de la noticia… y porque nos alimentamos mejor que con el cátering ofrecido a los periodistas en la sala de prensa. No sé si con los años habrá mejorado el PP, pero en este aspecto el PSOE le golea: en Ferraz siempre he cenado mejor en este tipo de eventos.

Como decía, mi compañero y yo estábamos junto a dirigentes y trabajadores del PP de Madrid. Tratamos de pasar desapercibidos… hasta que Aguirre nos vio y, lejos de echarnos, nos pidió ayuda para encaramarse a un balcón y saludar a los votantes que ya llenaban Génova. La imagen fue parecida a la protagonizada por Juan Carlos I e Iker Casillas cuando el capitán levantó las Copas de 2011 y 2014.

Desde las oficinas del PP de Madrid, abandonando ya completamente la sala de prensa, seguimos el escrutinio en el resto de regiones de España. La segunda gran ovación de la noche llegó cuando se confirmó que María Dolores de Cospedal gobernaría en un feudo histórico del PSOE como Castilla-La Mancha.

Quedaba todavía confirmar otro hito para los populares: hacerse con la Junta de Extremadura. En esta comunidad, el recuento fue mucho más ajustado y Rajoy, que recibía junto a su equipo los resultados en su despacho de la séptima planta, no quiso bajar a la primera hasta tener confirmado que Monago sería el presidente de los extremeños.

Cuando también se logró la presidencia de esa comunidad, todo Génova 13 se convirtió en una fiesta. Rajoy al fin se dejó ver en la primera planta y, después de fundirse en un abrazo con Esperanza Aguirre, los dos, con el resto de cargos ya citados, saludaron a las masas desde el escenario montado unas horas antes.

Después de aquello, mi compañero y yo cometimos el segundo pecado de la noche: tratar de seguir a Rajoy y su séquito subiendo por las escaleras hasta la séptima planta. Por el camino nos hicimos amigos de Federico Trillo, que se había saltado a la torera la Ley Antitabaco y estaba celebrando la victoria con un purazo.

Pese al colegueo con el ex ministro no logramos nuestro objetivo: una asesora de prensa nos pilló y nos mandó de nuevo a aquella sala que habíamos abandonado hacía ya un buen rato. En el fondo, nos hizo un favor: habíamos logrado hablar con la plana mayor del PP, ser testigos directos de sus celebraciones… pero no habíamos escrito una sola línea para la crónica de la noche.

Ese baño de realidad nos hizo espabilar. A ello también contribuyó la llamada posterior del jefe y las sucesivas advertencias de los empleados de Génova, recordándonos constantemente la hora de cierre. Al final, tecleando como si no hubiera un mañana, logramos mandar la pieza al filo de la una de la madrugada.

En fin. Una gran noche para dos periodistas que casi empezábamos en la profesión y que vivimos nuestra primera jornada electoral con la pasión que este trabajo merece. Una pasión que, en el fondo, y a pesar de los años, siempre se mantiene.

Es bonito recordar esos inicios, y más en estos tiempos raros, en los que el Covid nos ha alejado un poco de la noticia y nos tenemos que conformar con escrutinios y ruedas de prensa telemáticas. Me quedo con que todo aquello que viví aquel día, y tantos y tantos días después, volverá dentro de poco. En Ferraz, en el Congreso, en el Senado, en la nueva sede del PP o donde sea. Lo importante es poder vivir y estar en la noticia para después contarla. Eso tan bonito es el periodismo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here