La próxima Junta Directiva del FC Barcelona debe incluir en los estatutos la posibilidad de vetar cualquier tipo de final en Sevilla. Porque no fue solo “la” de Steaua, sino que desde 1925, el equipo no gana una final allí. Contra el Arenas de Guecho, concretamente. La historia jugaba, por tanto, a favor de los de Marcelino, que ya le quitó al Barça de Don Honesto su última opción real de levantar un título y, ahora, dejaba a Q-Man sin inaugurar su cuenta de trofeos como entrenador azulgrana. Probablemente no tendrá el holandés muchas más. Ni tan cercanas como esta.

Pero no habría sido justo. Porque el Athletic buscó el partido con más ganas. Puso más argumentos de los futbolísticos. Y muchos más de los extra futbolísticos. Andoni Goicoechea habrá observado desde su casa que su huella no la borra el paso del tiempo. Sus descendientes le hicieron un buen homenaje aprendiendo del reciente partido de Liga que no bastaría con presionar durante apenas un cuarto de hora y alargaron su esfuerzo físico hasta casi las dos horas: les funcionó en la semifinal y les volvió a dar frutos. En un fútbol como el actual, donde los jugadores desequilibrantes cada vez escasean más, el físico iguala los presupuestos. Y, a veces, hasta los supera. 

La primera parte azulgrana fue simplemente, pésima. Con Busquets, De Jong y Pedri totalmente maniatados por la presión y las continuas faltas del rival, todo se fiaba a lo habitual en los últimos cinco lustros en clave blaugrana: lo que se invente Messi. Jugando al 50%, el argentino sigue siendo el mejor de su equipo: en la jugada más repetida de la historia del fútbol, abrió en profundidad para que Jordi Alba le devolviera el pase atrás. La tremenda ayuda defensiva del Athletic abortó momentáneamente el deja vu: su remate en semifallo fue aprovechado por El Hombre Gris que pasaba por allí. Primera llegada azulgrana y primer gol. Pero no les dio tiempo a los de Marcelino a acusar el mazazo: Iñaki Williams se percató de que Jordi Alba aún celebraba su asistencia y a su espalda encontró a De Marcos, que fusiló sin miramientos a Ter Stegen.

Como un calco de la primera parte, la segunda solo aportó más emoción. Sin apenas ocasiones, un gol de Macarraul García a balón parado, anulado por el VAR, suponía un aviso a navegantes: el drama defensivo azulgrana a balón parado continúa y continuará. Porque mientras Araujo se multiplicaba por dos y a veces por tres, Lenglet homenajeaba en una jugada a Dehú y en la siguiente a Christanval. Suerte que el martillo pilón rojiblanco sólo golpeaba en defensa y no mostraba ideas claras en ataque. Un único despiste defensivo de Capa parecía tirar abajo el castillo vasco: Jordi Alba encontraba el hueco preciso para que El Hombre Gris volviera a reivindicarse como un jugador decisivo apenas un año después. Su único partido relevante vestido de azulgrana hasta la fecha había sido frente al Ibiza en la Copa.

Pero definitivamente El Hombre Gris está gafado en su nuevo club: cuando ya acariciaba su primer momento de (pequeña) gloria, el Athletic metió hasta cuatro hombres para redoblar esfuerzos. Q-Man, por su parte, apostaba por el amarrateguismo: cambios para aguantar el resultado. Y ya se sabe lo que pasa en Can Barça cuando alguien que se tilda de cruyffista ofende de ese modo al primer Dios blaugrana del fútbol: gol en el descuento para forzar la prórroga. El consuelo es que podía haber sido peor: que en vez de Villalibre lo hubiese marcado Sergio Ramos.  

Nuevo tiempo suplementario para desangrar más aún a la raquítica plantilla barcelonista. Otra vez obligado el holandés a darle minutos a Riqui ENP en contra de su voluntad. Y más tiempo para certificar que el gol que le ha metido Jorge Mendes al Barça con su traspaso está casi a la altura de la volea de Zidane en Glasgow. Por toda la escuadra. Como el golazo de Iñaki Williams homenajeando a Thierry Henry. Era el broche de oro a una redonda actuación de su equipo, no solo en el partido, sino en toda la competición. Q-Man, ya consciente de su mortal ofensa al todopoderoso Johan, trató de arreglarlo: Araujo homenajeando a Alexanco. Por supuesto, no funcionó. Era demasiado tarde. Y en esta noche de homenajes, Messi no se quiso despedir sin hacer el suyo propio. Por supuesto, al Diego. Si ya había imitado su gol de México 86 contra el Getafe, el de la mano de Dios contra el Español, el del debut con Newell’s… le faltaba añadir algo extra futbolístico. Por ejemplo… agredir a un jugador del Athletic como en la mítica final de Copa del 84. Así que aprovechando la enésima falta rojiblanca sin sanción, dio rienda suelta a su ira e impotencia. Vio una roja que, probablemente irá acompañada de varios partidos de sanción. Tiempo suficiente para recuperar bien sus isquiotibiales.

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