Para un deportista, perder siempre constituye una pequeña desgracia y las desgracias, en la vida, cada uno las lleva como mejor puede. Existe la opción de la gallardía, acaso salpimentada con alguna brizna de estoicismo, que consiste en apretar los dientes, aprender del error y trabajar para no volver a cometerlo. Actitud encomiable, si bien minoritaria. Por el contrario, otros recurren a refugios menos edificantes pero más cálidos. Tiene cierto éxito entre algunos aficionados, verbigracia, el intento de embellecimiento de la derrota, que se convertiría no ya en signo de identidad, sino incluso de distinción. Se predica un distanciamiento casi escogido: vencer, quelle vulgarité.

En realidad, el encanto de la resignación ante la fatalidad posee algo de tramposo, pues pretende, un poco a lo Boabdil, ganar desde la empatía lo que no se pudo ganar en el campo. Consuelo peligroso, desde luego —uno empieza jugando con la coquetería de la derrota y termina defendiendo el coliving como alternativa atractiva a los cuarenta años—, aunque menos lesivo que la preferencia por la desgracia mayoritaria: culpar al empedrado, en sentido amplio. Según este cómodo punto de vista, la única posibilidad de que mi expedito camino al éxito se haya visto truncado es que agentes externos lo hayan interrumpido arteramente, líbreme el cielo de cualquier responsabilidad.

El Madrid perdió dos puntos valiosos en Pamplona, que ensanchan su terrible distancia con el líder y ofrecen oxígeno a un Barcelona con brotes verdes al que, como a los malos de las películas de sobremesa, hay que disparar setenta veces antes de verlo caer de verdad. En la sala de prensa, Zidane, habitualmente esquivo con la polémica, manifestó sus quejas acerca de la disputa del encuentro, enmarcadas en la enmienda a la totalidad que el club realizaba a la gestión de la jornada por parte de la LFP. Inmediatamente muchos madridistas aplaudieron y dirigieron sus horcas hacia Tebas, recordando agravios pretéritos. La respuesta de la Liga no ha ayudado a rebajar la tensión: teniendo en cuenta el lenguaje eufemístico de la burocracia, si utilizan el término “malestar” para describir la situación, algunos oídos deben de llevar unos cuantos días con acúfenos.

Esta anécdota enlaza con otras reclamaciones sobre otros temas que en los últimos meses se han transmitido desde la institución blanca. Debe tener cuidado el Madrid a la hora de ponderar los culpables. Resulta evidente que el manejo del sainete del viaje a Navarra fue muy mejorable, pero quien busque una intención oculta más allá de la torpeza ha de presentar pruebas contundentes. Al fin y al cabo, el equipo blanco no es el único perjudicado este fin de semana: también el Getafe ha pasado frenéticas horas bailando al son de Ricky Martin, pasitos palante y patrás, hasta conocer el horario de su aplazamiento.

No se trata de renunciar a la queja puntual sobre el trato recibido en un episodio concreto —yo mismo, en tanto hincha, he señalado algún enfoque tendencioso sobre jugadas polémicas para emplearlas como ariete, con la deliberada selección o no de frames ambiguos por encima de otros más claros para vender lo que interese en ese momento—, pero sí conviene afanarse en evitar el calorcillo del victimismo autocompasivo como modelo de vida. No solo porque en ese terreno haya otros que estratégicamente se manejen mucho mejor, sino porque precisamente el Madrid construyó su grandeza contra esos hábitos.    

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