Como bien pueden atestiguar Lewis Carroll, Carlo Frabetti o el autor de los cuadernillos Rubio, las matemáticas y la escritura no tienen por qué estar reñidas. Veamos:

20 de 51 (39 %)

6 de 27 (22 %)

2 de 6 (33 %)

Estos son los puntos que ha conseguido el Cádiz según nos fijemos respectivamente en todo lo que llevamos de temporada, en los últimos seis partidos o en los encuentros contra Valladolid y Valencia. Y, dependiendo de la secuencia que elijamos, la lectura tendrá un color verde esperanza o negro chungaleta.

El choque que enfrentó a valencianistas y gaditanos también puede encerrarse en una expresión numérica: 3 > 1> 0 = ni chicha ni limoná.

Y es que la igualada a uno en el campo de Mestalla dejó en el paladar del aficionado amarillo un sabor agridulce, como si se hubiera zampado una ración de pato en un restaurante chino.

Cervera puso en liza un once reconocible: la defensa habitual (con Alcalá por el lesionado Mauro), y a partir de ahí tres binomios: Fali-Jonsson en el medio, Jairo-Álex en las bandas y Choco-Negredo en punta. La que más dudas dejó fue la segunda, con un Álex que dista de ser el jugador deslumbrante de la temporada pasada y un Jairo al que le queda la categoría tan grande como a Torrebruno la túnica de Demis Roussos.

Sin embargo, el funcionamiento colectivo era aceptable y, mal que bien, el equipo se plantó en el césped con decisión, presionando a un equipo local tan impreciso arriba como blando en su área (no es casualidad su pésima posición en la tabla). Algunas aproximaciones foráneas estuvieron a punto de provocar un pasmo en Javi Gracia, que veía acercarse su tiro de ídem.

Pero pasó lo de casi siempre: al Cádiz le costaba un mundo generar ocasiones claras y el Valencia, a lomos sobre todo de Gayá y Soler, consiguió algunos centros o faltas laterales que germinaron en posibilidades de gol. En una de ellas, Ledesma se tuvo que emplear a fondo para despejar un cabezazo de Maxi Gómez.

Tras el descanso, el Choco destrozó la mandíbula de cristal de los ches: un remate de chilena, tan estético como efectivo, culminó una excelente jugada del Pacha Espino. Con el cero a uno, los visitantes se prometían un panorama lleno de verdes praderas vacías, de contragolpes francos (con perdón), de goles, en definitiva.

Pero no.

Acuciados por la desesperación, los valencianos se lanzaron a un ataque persistente con todo lo que tenían (el ex cadista Vallejo, Sobrino) y pusieron cerco al área andaluza. Más por insistencia que por lucidez, encontraron su premio: Maxi Gómez aprovechó un desajuste defensivo para cabecear a placer un centro de Gayá. Tras el empate, no cejaron los locales en su empeño, pero ya no volverían a tener ocasiones dignas de mención. Muy al contrario, su desorden provocó un par de contras amarillas en superioridad numérica que solo sirvieron para desnudar cruelmente las carencias de Giménez y Malbasic (restan más que suman), sustitutos de los cansados (y tarjeteados) Lozano y Negredo. El partido se fue apagando sin cambios en el marcador y los gestos de los entrenadores, a medio camino entre el alivio y la resignación, dejaba bien a las claras que la igualada no colmaba las aspiraciones de ninguno de los dos. Se pudo ganar, se pudo perder, se empató. Pues vale.

Para acabar como empecé, me despediré con otra ecuación (a mitad de camino entre el chascarrillo y el deseo) dedicada especialmente a todos los que reniegan de las tablas:

22 + (21 x 1) = 43 puntos

Que los Reyes Magos le traigan al Cádiz tres o cuatro jugadores de Primera División y, a todos ustedes, un triunfo por goleada. Feliz año.

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