El partido se puede explicar de muchas formas, pero existe un hecho fundamental en el transcurso y el desenlace: el penalti de Lucas Vázquez. Servir en bandeja el 2-0 a un equipo como el Athletic es conceder una ventaja casi irrecuperable. El efecto en la moral fue inmediato. Unos crecieron dos palmos y los otros se achicaron en la misma medida, Lucas todavía más. Pasaron muchos minutos hasta que el Real Madrid entendió que era posible y había tiempo, y entonces no pudo porque querer no es suficiente. En otros tiempos bastaba con eso, con la voluntad, pero ahora lo ordinario prevalece sobre lo extraordinario, no diremos nombres porque ya están escritos mil veces. Tampoco deberíamos menospreciar la oposición del rival, se nota mucho cuando un enemigo te tiene ganas.

Es de justicia la victoria del Athletic; no es seguro que hiciera más, pero lo hizo mejor. En cada momento, el equipo tomó la forma del marcador. Para empezar, su presión incomodó mucho y fue origen del imperdonable error de Lucas Vázquez, penalti infantil en un partido para adultos. Después, con dos goles por delante, el equipo de Marcelino siguió siendo valiente, cosa poco común. Si no consiguió el tercero es porque se lo negó Courtois, uno de los tres mejores porteros del mundo, ordénenlos como gusten. Ni el último asedio hizo entrar en pánico al Athletic porque el Madrid ha dejado de dar miedo. Ya no es el ogro de antes. Esta vez todo se redujo a la zurda de Asensio (dos palos) y al empeño de Benzema, sin noticias de Hazard, sin banquillo y sin más sorpresa táctica que repetir con Ramos de delantero. 

No es la primera vez que Raúl García mata al Madrid, la novedad es que hiciera dos goles. Tampoco es nuevo que Zidane se haga notar con los cambios. Sustituir a Modric (Valverde) y Benzema (Mariano) en una situación de urgencia tiene poca explicación. La sensación final es inquietante: tal vez el Madrid haya jugado ya sus mejores partidos de la temporada. Quizá los del Athletic estén por llegar.

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