El encuentro entre el Real Madrid y el Estrella Roja fue aplazado el pasado miércoles por las inclemencias de la mayor nevada de los últimos años, que dejó la capital de España dispuesta para el rodaje de la secuela de Dr. Zhivago. Del mismo modo que las consecuencias de Filomena aún permanecen visibles en calles y avenidas, el ritmo de juego al inicio en el Wizink Center pareció contagiado del gélido ambiente madrileño. Ausente Llull, fósforo incandescente habitual, la dirección quedó a cargo de Laprovittola, cuya parsimonia encajaba a priori mejor con las bajas temperaturas. 

La lentitud del argentino se ha convertido en un tópico para los aficionados, y aunque supone su mayor dificultad para terminar de asentarse con confianza en un equipo acostumbrado a correr en cuanto puede, poco a poco va siendo capaz de evitar que se convierta en un lastre individual insalvable. Por desgracia, el hecho de que él pueda encontrar un hueco más o menos cómodo y crezca con los partidos de ritmo lento no arrastra a sus compañeros por la misma senda. En la primera mitad, Nicolás fue el único que navegó con criterio en un Madrid espeso, falto de fluidez, incapaz de alternar con chispa el juego en la pintura con amenazas desde el exterior. Los pívots balcánicos se cerraban sobre un derrengado Tavares —sometido a una excesiva acumulación de minutos, cualquier día corre el riesgo de desmayarse en la pista—, sus exteriores cubrían con denuedo la posibilidad de los tiros abiertos desde las esquinas y todos castigaban los errores defensivos en las ayudas merengues, con un acertado Walden anotando canastas de muy alto nivel. Causeur, Thompkins, Carroll o Abalde fracasaban en sus respectivos intentos de generarse sus propios puntos, y Laso enfiló el túnel de vestuarios a un par de pérdidas de balón de quedarse sin exabruptos en el diccionario.

Tras la reanudación, el Estrella Roja ahondó en las debilidades de su rival: si hay una figura que hace daño, tal y como está diseñada la plantilla del Madrid tras las bajas del infausto invierno, es la del cuatro abierto —lo que convierte, por cierto, el sorteo de la Copa del Rey contra el Valencia de Dubljevic en la peor de las noticias posibles—. La salida de Taylor equilibró momentáneamente el balance defensivo, pero los fallos en el perímetro abortaron una remontada más fabricada desde la intensidad que desde el juego. Los serbios finalizaron el tercer cuarto con una renta de ocho puntos, que llegó a estirarse hasta los doce en el último período. Laso dio galones a Abalde, protagonista de varias pérdidas sucesivas en una desesperada guerra solitaria contra el mundo; para entonces, si el encuentro no había terminado se debía únicamente al empeño de Rudy y Garuba en robar balones en pos de una nueva oportunidad que nunca se concretaba.

A falta de escasos seis minutos, el Madrid recurrió poco menos que a la superstición. Mayor actividad para interceptar líneas de pase y Carroll, hoy impotente, de nuevo en la pista en el rol de salvador, pretendiendo la emulación de tantas tardes previas. El deporte constituye un territorio propicio para ese anhelo de sujetar al Destino por la pechera a base de acumular pequeños augurios. Sin embargo, los hados demostraron crueldad: el Madrid murió en la orilla tras la triste danza de los tiros libres, y además Lazic le hizo la cama a Rudy, que acabó camino de la enfermería sin poder erguirse tras un violento golpe contra el suelo. Demasiado coste para un lunes de enero, sin duda. Tocará recuperarse de las heridas en las próximas semanas, vísperas del primer título de la temporada. Hay tiempo. Aunque, si algo nos ha enseñado este año terrible, es que quizá convenga prestar menos atención a los planes a medio plazo.

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