Cuando David Bettoni se quita el chándal y se viste de primer entrenador se parece a Zidane, tanto como puede parecerse un hombre normal a uno guapo, o uno de mediana estatura a otro alto. Es probable que dentro de quince o veinte años sea Zidane quien se parezca a Bettoni, pero de momento la similitud física de Sancho con Quijote es una cuestión relevante. Recordemos que en el entorno del Madrid hay voces que repiten que Bettoni es quien sabe de fútbol, mientras que Zidane sólo sabe de futbolistas. Si destaco la elevación de Bettoni es porque me acabo de imaginar (disculpen el delirio) un Madrid sin Zidane pero con Bettoni. Y no porque lo quiera yo, sino porque lo deseen otros.

La demagogia es un arrebato muy básico. Basta con que el Madrid resucite sin Zidane en el banquillo para que entre bromas y veras algunos sugieran que el equipo jugó como nunca. Personalmente, atribuyo la resurrección a una reacción química que se repite cada vez que el equipo se mete en problemas. La tendencia está marcada por los antecedentes de las dos últimas temporadas. Después de rachas que duran un máximo de once partidos (aprox.), el equipo se deprime para volver a salir disparado.

El disparo fue esta vez glorioso, una salva de luz en mitad de un océano oscuro. Lo que se le pide al Real Madrid, y no es poco pedir, es que juegue siempre como lo hizo en la primera parte contra el Alavés. Y no me refiero tanto al marcador (0-3 al descanso), como al juego, o para ser más exactos, a la actitud. El Madrid arquetípico y aspiracional es un equipo que domina los partidos a partir del talento (factor variable) y el coraje (aspecto innegociable).

En primer plano Bettoni, no confundir con Zidane. CORDON PRESS

Aquel Madrid del contragolpe que empezó a construir Mourinho (¿o fue Cristiano?) no era fiel al estilo histórico, aunque sí fuera fiel a los títulos. Por eso resulta tan reconfortante, al menos para los espectadores de una edad (provecta), asistir al regreso del juego de siempre, el del control absoluto. No paso por alto que el Alavés sólo ha ganado cuatro partidos de veinte y no entra en la categoría de rival temible. Que el partido se jugara el día de su centenario tampoco sirvió de estímulo a sus jugadores, hasta es posible que hiciera desbordar el peso de la responsabilidad.

Sin embargo, no debemos olvidar que los peores momentos del Madrid durante esta temporada han llegado ante rivales poco temibles, al menos sobre el papel (Shakhtar, Cádiz, Alcoyano…). De modo que el triunfo es meritorio, y mucho más si tenemos en cuenta los minutos de buen juego. Como siempre, la activación corrió a cargo de Modric (35), Kroos (31) y Benzema (33), tres futbolistas maravillosos cuya única pega he anotado entre paréntesis. A ellos se sumó Hazard (30), de vuelta al mundo de los vivos y otro paréntesis sobre el que podríamos discutir.

Con los genios al frente, el Madrid superó la presión del Alavés como un adulto que juega contra niños. No sufrió en ningún momento. Es más. Diría que el equipo no dejó disfrutar nunca. El primer gol lo hizo Casemiro con un cabezazo sin oposición. El segundo lo marcó Benzema con un remate tan soberbio como infrecuente: aunque chutó con el interior del pie el balón salió despedido con la potencia de un golpeo con el empeine. Sobre la endiablada parábola que dibujó la pelota me extendería si supiera de física, pero sólo sé de rozamientos.  

Hazard consiguió el tercero para rendir homenaje al pase de Kroos con la izquierda (coincidieron dos ambidiestros en la jugada, qué se puede esperar); en el cuarto y último repitió Benzema, esta vez convertido en Ronaldo (el feliz).

Dentro de once partidos (aprox.) sabremos si la reacción química es fiable. De no serlo, Zidane podrá imaginar en estas noches de calentura lo que sería, en caso de altísima emergencia, un portazo amortiguado: se queda Bettoni.

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