Tal vez sea un poco tarde para hacer mi recomendación de diez lecturas de 2020, pero, como madridista y amante de Pixar, el tiempo extra también cuenta porque puede ofrecerte un gol al Atleti o una pequeña historia en los créditos. Por eso, aunque ya algunos estén redactando la selección de lo mejor de 2021, no me parece tarde para dejar constancia aquí de los libros que más disfruté en ese año de mierda.

No pretendo con este ejercicio ponerme medallas en el ego, sino seguir esa cadena de recomendaciones que me llevaron a estos textos y que, creo, pueden ser de utilidad a otros lectores. Pienso que, de alguna manera, son los libros los que nos eligen y verlos mencionados aquí puede facilitar ese encuentro futuro con un lector que los necesite.

Así que aquí va mi selección de diez libros. Diría que no los presento por orden de preferencia, pero a estas alturas resulta algo infantil decir que el que aparece en primer lugar es tan importante como el que dejo para la última posición. A todos los quiero por igual, pero a algunos más que a otros.

  1. La dulce ciencia, de A.J. Liebling. Un libro de crónicas de boxeo para todos aquellos a los que no les gusta el boxeo y que piensan que, en temas deportivos, no se puede rascar mucha literatura. Por si no quedaba claro: lo importante no es lo que se ve, sino cómo se ve. Lo pondría de libro de texto en las facultades de periodismo. Y en las demás.
  2. Ángeles en América, de Tony Kushner. Una recomendación del dramaturgo José Padilla. Una obra de teatro con un gran cabrón de protagonista, Roy Cohn. “You want to be Nice, or you want to be Effective? Make the law, or subject to it. Choose”. En el mal hay belleza, igual que en la guerra, como admitía Alessandro Baricco al final de su Ilíada. Hay que añadir a Roy Cohn a la galería de tipos infames para saber que existen y que puedes encontrarte con ellos. Esconder la cabeza en el buenismo no es el camino.
  3. Primera luz, de Charles Baxter. Página 271: “Escúchame —dice—. Todo en la tierra es lo que es y algo más. Todo emite una señal. La mayoría de la gente nunca oye nada, Sus oídos están taponados. Tienes que escuchar con todo tu cuerpo, con toda tu alma, incluso a este viejo y feo martillo de orejas forjado a troquel —alza la herramienta—, a esta madera, a todas las personas que conoces y a todos los objetos, en todas pares. Puede partírsete el corazón tratando de oír. Pero algunas personas tienen un talento especial para conseguirlo. Tu madre lo tiene. Sabe escuchar al mundo mejor que yo. Es como música sin serlo, es armonía. Dorsey la oye. Es un orden. ¿Sabes lo que quiero decir?”. Este es el tono. Durante todo el libro. Charles Baxter es ese corredor etíope que no baja el ritmo en los 10.000 ni cuando pasa la meta.
  4. Desierto sonoro, de Valeria Luiselli. Página 81: “Si pudiera subrayar simplemente ciertas cosas con el pensamiento, lo haría: esta luz que entra por la ventana de la cocina, inundando la cabaña entera con una calidez ambarina mientras pongo la cafetera; esta brisa que sopla a través de la puerta y me acaricia las piernas mientras enciendo la estufa; ese sonido de pasos —pies diminutos, desnudos y tibios— cuando la niña sale de la cama y se acerca a mis espaldas, para anunciar: Mamá, ¡me desperté!”. Con Valeria se aprende a subrayar esas partes de la vida que antes despreciabas. Laura Riñón, dueña de la librería Amapolas en Octubre, no lo dudó cuando le pedí una recomendación.
  5. Algo en lo que creer, de Nicholas Butler. Otro autor que sale de la cantera de recomendaciones de Amapolas en Octubre. La relación de un abuelo con su nieto, al que no puede proteger todo lo que quisiera cuando la razón derrapa sobre la fina capa helada de la fe. Con la edad se adquiere la maldición de Casandra: aunque puedas ver el futuro, estás condenado a que nadie te crea por viejo.
  6. La mirada inocente, de George Simenon. En el fondo, da igual el libro de Simenon que se lea. Es una prescripción: como mínimo, un libro suyo al año. No importa que, como sucede aquí, no aparezca Maigret. Este libro es la historia de la relación entre un niño y su madre. Con poco que uno se abstraiga se puede escuchar, de fondo, la banda sonora de Leolo. Cold Cold Ground, de Tom Waits. You can’t always get what you want, de los Stones. The Lady of Shalot, de Lorena Mckennitt.
  7. En la Patagonia, de Bruce Chatwin. Era inevitable que, en medio de la pandemia, apareciera un libro de viajes para escapar de ella. El destino es lo de menos. Chatwin hace su viaje a pie, sin prisas. Un pie en el pasado y otro en el presente. Como postre, Nomad: In the Footsteps of Bruce Chatwin, en Filmin.
  8. Todo está iluminado, de Jonathan Safran Froer. Compré este libro el 31 de enero de 2004 en un Corte Inglés. No sé en cuál. Y esto es lo único que no he subrayado en un libro que sigue meticulosamente las reglas de lo que no se debe hacer en una novela. Todo está iluminado en este texto. Incluso tú, cuando lo terminas. En la página 154: “Dobló las bragas seis veces, hasta obtener la forma de una lágrima, y luego las deslizó en el bolsillo delantero del negro traje del novio, dejando los pétalos de ropa asomaran por la solapa, como si de un pañuelo de seda se tratase”
  9. Retratos y encuentros, de Gay Talese. Eran otros tiempos. Los periodistas tenían tiempo y dinero para escribir reportajes. Los lectores, paciencia para leerlos. La realidad se servía como un pavo relleno, no en las finas lonchas de twitter. Talese escribe sobre el redactor de necrológicas del New York Times y te cuenta qué vestido llevaba la mujer de este cuando se fijo en ella en la redacción. En esas páginas aprendes que una necrológica también se puede escribir cuando alguien termina su trabajo en la vida.
  10. Poesía completa, de Idea Vilariño. Pertenezco a ese grupo de lectores con los que Ignacio Echevarría, en un artículo en El Cultural, recomendaba ser tolerantes por creer que han descubierto a una autora ya reconocida. Tolerancia, pues, conmigo por recomendar una poesía unida a su significado como un objeto a su función.  

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