Hay cosas que te marcan de manera significativa a lo largo de la vida, para bien —como Oblak— o para mal. Entre las buenas, unas pocas se adhieren a nosotros cubriéndonos con una pátina de orgullo que nos acompañará siempre.

A mí me pasa con el centro donde estudié desde los seis hasta los dieciocho años y con su equipo de baloncesto, en el que jugué la mayor parte de ese tiempo. Hablo del Ramiro de Maeztu, uno de los colegios públicos con más solera y raigambre de Madrid, donde nació el Club Estudiantes, el representante del deporte de la canasta más entrañable y el que genera más simpatías entre aficionados de toda condición.

El Estu se creó con una filosofía y con un objetivo marcados a fuego y derivados de su origen docente: formar personas, mucho antes que jugadores.

A la ingente cantidad de malas noticias que nos ha traído el temporal, hay que sumar el deterioro sufrido por el lugar más emblemático del club, La Nevera, abocado a su demolición. Hace años que no paso por allí, pero la sensación de tristeza al enterarme ha sido enorme. No tanto como la de mi amigo Iñaki, pero casi.

Todo un símbolo para miles de niños que hemos fomado parte de esa inagotable cantera y que soñábamos con jugar allí tras pasar los años de minibasket a la intemperie. Cuando lo lográbamos, nos dábamos cuenta de que dentro hacía más frío que fuera…

Es (me cuesta hablar en pasado) el pabellón que está pegado a las aulas del Instituto y donde se entrenan y juegan sus partidos todos los equipos, de canasta grande hasta junior.

La simbiosis entre colegio y club en mis tiempos era absoluta. Había una liga entre clases y los mejores eran escogidos para jugar el Campeonato de Madrid con otros colegios y posteriormente el Nacional. El alumno que no jugaba en algún equipo casi seguro que pertenecía a la Demencia, la madre de la ciencia. A base de talento, ingenio e imaginación, la afición del Estudiantes se ganó el cariño y el respeto hasta de sus víctimas preferidas.

Surgió de la mano de la Transición, cuando un grupo de estudiantes del instituto enarbolaron reivindicaciones políticas surrealistas. (Para aquella época, claro, ahora pasarían como noticias del día a día). La Demencia nace de la fusión del partido clandestino Q.T.R. (Que trabaje Rita) y sus dos facciones operativas L.C. (La Cantaora) y L.B. (La Bailaora).

Para provocar más sarpullidos en la entonces mojigata y tradicional sociedad postdictadura se disfrazaban de árabes y veneraban al Ayatola Jomeini. En su cruzada para convertir al país al islamismo, encontraron en el Magariños y en los partidos del Estudiantes un lugar perfecto para dejar su impronta. Yo descubrí ese maravilloso ambiente con el histórico equipo de Paco Garrido, con Vicente Gil, Sapo Rodríguez, Slab Jones y otros dos que ahora no recuerdo…

Los alumnos teníamos acceso gratis a los partidos y dedicábamos la clase de tutoría de los viernes por la tarde a la elaboración de pancartas, banderas y a inventar cánticos para el partido. Los profesores eran los primeros en participar.

La Demencia tenía fijación con Santillana, jugador del Barcelona, y con Iturriaga, Romay o Prada, del antagónico vecino. Pero la mayoría de coplas evitaban el insulto soez y futbolero. Atizaban con sarcasmo y mala leche, lo que sacaba de quicio al más pintado.

Todavía recuerdo a Lolo Sainz aguantando estoicamente los gritos de “siéntate, siéntate” cuando se levantaba y de “levántate, levántate” cuando se sentaba. Así durante años. Al segundo partido ya tenía el pelo blanco…

El dinero era tema recurrente y los jugadores que se iban del equipo para cobrar más sufrían su particular vía crucis cuando les tocaba volver de visitantes.

La idiosincrasia de Estudiantes se explica con una sola frase: “Somos un equipo de patio de colegio”,

Pese a estar enclavado en una de las zonas más privilegiadas de Madrid (Calle Serrano), en el Ramiro estudiábamos alumnos de toda clase y condición. No existía aún la legislación referente a la proximidad para el acceso a los centros educativos y yo acudía desde Moratalaz.

Esa heterogeneidad conformó el carácter reivindicativo e insumiso del alumnado. Como muestra un botón: a un incauto profesor del instituto, recién llegado, se le sugirió cortesmente la suspensión de las clases por alguna razón peregrina. No se le ocurrió otra cosa al buen hombre que decir que daría clases mientras hubiera mesas y sillas… El día siguiente el aula estaba vacía y en el patio interior se amontonaban  pupitres, percheros, papeleras y hasta una pizarra.

Ahora resulta impensable, pero con seis y siete años nos aplicaban castigos físicos de manera recurrente. Y no hablo sólo de capones o pescozones no, golpes en los dedos con una regla de madera que nos hacían ver las estrellas. La catalítica la llamaba mi tutor, hasta de eso me acuerdo.

Eran tiempos en que si los profesores te castigaban e informaban a tus padres por mal comportamiento se te caía el pelo a ti, no a ellos. Ahora hay maestros que tienen que aguantar lo que no está escrito si se cruzan con un niño cabrón y unos padres manipulados. Mi mujer, que lleva años formando renacuajos, suele decir a este tipo de progenitores: “Nosotros aguantamos a su hijo un año, pero vosotros toda la vida…». Allá ellos si cuestionan los métodos de los que saben.

Entre los recuerdos nítidos de mis días de escuela me vienen siempre a la cabeza los partidos de minibasket en los recreos. Cuando jugaba Azofra había tres filas de niños viendo el partido. Se le ocurrían ya jugadas impensables para el común de los mortales. Tenía un porcentaje muy respetable de acierto en tiros con bote intermedio desde el medio del campo y aún superior de canastas de espaldas tras rebotar la bola en la pared. ¡Qué talentazo tenía!  Y qué buen tipo era y sigue siendo Nacho.

El primer año que jugué en el Infantil A no teníamos ni equipación. Llevábamos de casa una camiseta blanca y otra azul, además de esparadrapo para poner los números. Jugábamos contra colegios privados de Aravaca y del Barrio de Salamanca perfectamente uniformados y nos miraban como si fuéramos la banda del Vaquilla. Eso sí, luego les ganábamos y se iban maldiciendo a sus mansiones.

Ahora a los niños de la cantera les dan de todo y quiero pensar que nosotros contribuimos un poquito a conseguir todas esas mejoras que se han ido produciendo tras nuestras penurias.

Por todas estas cosas, aún hoy en día, cuando coincido con alguien que ha estudiado en el Ramiro más o menos en mi época surge un conexión inmediata difícil de explicar. Sabes que esa persona, posiblemente, también tiró cubos de pintura a la estatua del Caudillo cada 20 de noviembre, que paró el tráfico de Serrano para empezar las vacaciones, que se pegó con los pijos del Velázquez tras degustar un bocadillo de salchichón cortado con láser de la cantina de Geni.

Sin necesidad de preguntar, ves en sus ojos que la fuente de los Delfines fue su piscina improvisada en las celebraciones y que formó en el frontón para desfilar hasta su autobús de ruta.

Y estás casi seguro de que también pasó muchos momentos en ese centro multiusos que era nuestra maravillosa Nevera, jugando o animando desde la gradas. ¡Es.tu-dian-tes!  Otros ratos más prescindibles, pero que también traen buenos recuerdos, son los exámenes finales que hacíamos en el parqué en junio o las duchas con agua fría tras entrenar. 

Y ahora, mientras escribo estas batallitas, no puedo dejar de pensar en que todo eso ya no volverá a pasar…

O ¡SÍ !

No nos subestimen a los del Ramiro, y menos a los de corazón estudiantil.

Algo se nos ocurrirá.

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