A este Barça de Q-Man parecen sentarle bien dos cosas: jugar en lugares fríos y no alinear ni al El-Peor-Fichaje-de-la-Historia ni al El Hombre Gris. Se vio en Valladolid y en 45 minutos de la gélida noche oscense. La primera parte de absoluto monólogo rojigualda, con una banda izquierda con Alba y Dembelé martilleando continuamente, invitaba al optimismo. Por primera vez desde que está en el Barça (cuarta temporada), Ousmane comienza a dar la sensación de empezar a creer en sí mismo en cada partido. Si adquiere cierta continuidad (no apuesten mucho dinero por ello) tal vez se gane el derecho a una quinta.

Por su parte, la sociedad Messi-Pedri seguía sacando acciones al mercado, con el hándicap de que nadie parece querer comprarlas. Sin un 9 que marque diferencias, el gol parecía cosa de la segunda línea. Pero Pedri iniestea tanto que hasta tiene su mismo déficit de cara a puerta. Y los goles abrelatas de Messi ya no aparecen como antaño.

Aún sin pólvora, sin mecha y sin encendedor, el encierro voluntario del Huesca facilitaba las cosas: con tanta llegada al área y con el balón merodeando continuamente la portería de Alvaro Fernández, solo era cuestión de tiempo que alguien cazara una. Y ese alguien fue De-Jong-Del-Ajax tras la asistencia número 300 de Messi en su carrera.

El soliloquio barcelonista continúo hasta el descanso, con la sensación de que bastaría un simple segundo gol para cerrar definitivamente el partido: el único peligro del Huesca llegaba en los balones que Ter Stegen recibía de sus propios defensas.

Pero como la continuidad en el juego no es el fuerte de este Barça, entre el exceso de confianza y el frío pirenaico, congelaron repentinamente a los de Q-Man. Se acabó el desborde, adiós a la presión adelantada y vuelta al pasabolas sin profundidad típico de los últimos años. Viendo los errores defensivos que acumula esta temporada en defensa, parecía una llamada en toda regla a la fatalidad. El taconazo de Rafa Mir en un córner terminó de despertar al Huesca que primero igualó fuerzas y terminó por encerrar al Barça en su área. Surgió en ese momento la figura de Ronald Araujo que, pese a su error frente al Éibar, parece haber llegado para quedarse. Bastaron su anticipación, su control del espacio y su dominio aéreo para hacer naufragar el primitivo plan del Huesca consistente en colgar balones a Rafa Mir.

Esta vez no se quemaron los esta vez no-azulgranas, pero terminar pidiendo la hora contra el colista no hace sino confirmar un secreto a voces: que la Navidad cruyffista de caviar y langostinos hace tiempo que terminó. Tocará dieta de varios años con el menú valverdiano de acelgas hervidas.

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