No se depriman, al menos por el fútbol. El primer partido internacional de la historia terminó con empate a cero, lo que no afectó en absoluto al fervor de los aficionados ni al buen desarrollo de aquel novísimo deporte. Sucedió el 30 de noviembre de 1872, en Glasgow, en el West of Scotland Cricket Club, con Escocia e Inglaterra como rivales. Habían pasado sólo nueve años desde que en la taberna londinense Freemason’s el fútbol y el rugby separaron sus caminos. El reglamento del fútbol se fue conformando en años posteriores y cuando se disputó el partido que nos ocupa todavía no existían los saques de esquina tal y como los conocemos (1873), ni los penaltis (1881), ni siquiera había travesaños de madera, sólo famélicas cuerdas de palo a palo. No obstante, 4.000 aficionados (las señoras entraban gratis) se reunieron a las 14:00 horas para asistir al espectáculo, un chelín por localidad. Por cierto, llovía.

Aquellos primigenios espectadores tenían más razones que nosotros para caer en la melancolía que provocan los empates sin goles: cada equipo saltó al campo (embarrado) con ocho delanteros. Ocho. Pero ni aún así. Se cuenta que el portero inglés Robert Baker, en un arrebato digno de Sergio Ramos, cambió su posición con el delantero William Maynard para arreglar el asunto. No lo consiguió. Nada alteró el marcador de un encuentro “vigorosamente disputado”, según comentario del Manchester Guardian que bien podríamos aplicar al Osasuna-Real Madrid.

Según la revista deportiva The Field, “el resultado fue recibido con entusiastas aplausos por parte de los espectadores y los vítores a cada equipo continuaron hasta que el último futbolista abandonó el campo. El partido fue en todos los sentidos una muestra de éxito, ya que el juego fue todo lo enérgico y agradable que se pueda imaginar”.

No diré que yo que debamos recibir el empate entre Osasuna y Real Madrid con el mismo jolgorio, pero ahora que se aproxima una nueva glaciación deberíamos aprender de nuestros mayores. Hay partidos que están destinados a terminar sin goles, ya sea por el ambiente (habitualmente gélido) o por la impericia de los protagonistas. Y no son muy diferentes unos de otros. En 1872 también hubo goles anulados. Fue necesario determinar si un balón que había tocado la cuerda del larguero salió o entró, y se concluyó que había acabado fuera sin mayor revuelo. Tampoco se podrán discutir los que se anularon al Madrid, o eso creo.

Es probable que en aquel viejo partido jugaran versiones primitivas de Calleri o Budimir. También imagino a algún footballer con las características técnicas de Mendy. El juego era todavía de pocas sutilezas. Se dice que Escocia tocó mejor la pelota, lo que debe significar que dio un par de pases en todo el partido. En El Sadar fue el Madrid quien enlazó más combinaciones y mejores ataques, pero ese mérito, más estético que efectivo, fue contrarrestado por la coordinación defensiva de Osasuna y, cuando fue necesario, por Sergio Herrera, un portero que pareció siempre inabordable.      

No hay mucho más que contar, salvo que el Madrid podría colocarse a diez puntos del liderato si el Atlético gana sus tres partidos pendientes. Y no es el único susto: el Barça aparece de pronto tres puntos por detrás. Nuestros abnegados bisabuelos asumirían los hechos con un fuerte aplauso y el gesto es muy recomendable en estos días para entrar en calor.

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