La canción más vendida de la historia es White Christmas, un villancico escrito en 1940 por el hijo de un rabino e inmortalizado por un mito de la música que falleció en Alcobendas con una sonrisa en los labios. Ya llegaremos a ese momento. White Christmas vendió 50 millones de copias y 80 años después aún no divisa competencia en el horizonte. Muy por detrás aparece Candle in the wind, la versión que Elton John dedicó a la Princesa Diana (en origen estaba dedicada a Marilyn Monroe); alcanzó los veinte millones de singles vendidos. 

Pero la idea no es hablar aquí de ránkings, sino de canciones navideñas. Lo primero es asumir que White Christmas no tiene adversario como éxito comercial. Durante las cuatro navidades que se celebraron a lo largo de la Segunda Guerra Mundial fue el tema de referencia para los soldados estadounidenses y sus familias. Se dice que Irving Berlin, su autor, compuso la canción junto a una piscina de un hotel de Phoenix en compañía de su secretaria (mejor no pregunten). De inmediato supo que había escrito algo grande, y no fue lo único. También es autor de Cheek to cheek, Let’s face the music and dance y God bless America, el himno no oficial de los Estados Unidos.

Y ahora, un apunte luctuoso, no será el único. El único hijo varón de Irving Berlin, Irving Berlin Júnior, falleció el día de Navidad de 1928 cuando todavía no había cumplido un mes.

Bing Crosby fue quien puso voz y altavoz a White Christmas. Aunque con el paso de los años ha quedado postergado por Sinatra, Crosby fue tan grande como él, incluso más, rey indiscutible entre las décadas de los treinta y los cincuenta del pasado siglo.

Además de cantante y actor oscarizado, Crosby era un loco de los deportes. Fue entrenador asistente del equipo de fútbol americano de la Universidad de Gonzaga, propietario del 25% de los Piratas de Pittsburgh (béisbol) y un fanático del golf. De hecho, jugar al golf fue lo último que hizo en su vida. Murió el 14 de octubre de 1977, a los 74 años, en el campo de gol de La Moraleja después de completar 18 hoyos en compañía de los profesionales Manuel Piñero y Valentín Barrios, y de César de Zulueta, presidente del club. Cuentan que sus últimas palabras fueron: “Ha sido un gran juego, amigos, bebamos una Coca-Cola”. José Antonio García Andrade, el forense que le hizo la autopsia, confesó que después de 36 años de carrera profesional sólo vio un cadáver que tuviera una sonrisa en los labios, el de Crosby. Ni qué decir tiene que esas navidades se volvió a reeditar White Christmas, que alcanzó el cuarto puesto en las listas británicas. 

Si el criterio de selección fuera la popularidad histórica, Noche de Paz merecería el primer lugar de las canciones navideñas. Compuesto en 1818 por el austriaco Franz Xaver Gruber, este fue el villancico que cantaron juntos británicos y alemanes durante la Tregua de Navidad de 1914. En 2011 fue declarado por la UNESCO patrimonio inmaterial de la humanidad. El primer letrista de tan magna obra fue el sacerdote Joseph Mohr, apadrinado en su bautizo por el último verdugo de Salzburgo.

Al margen de Noche de Paz, el clásico navideño más antiguo es Jingle Bells, escrita entre 1850 y 1857 por James Pierpont (tío del banquero J. P. Morgan y militar confederado) con el nombre original de The one horse open sleigh (Trineo de un solo caballo, en traducción aproximada). En su letra no se hacen alusiones a la Navidad porque en origen no era una canción navideña, sino una diversión invernal.

Por cierto: en 1965, Jingle Bells se convirtió en el primer villancico en sonar en el espacio. Los astronautas Stafford y Schirra (dos cachondos galácticos) la cantaron después de contactar con Cabo Kennedy en estos términos: “Tenemos un objeto, parece un satélite yendo de norte a sur, probablemente en órbita polar… de frente veo un módulo de mando y ocho módulos más pequeños. El piloto del módulo de mando lleva un traje rojo…”. 

Entre los standards navideños se encuentran también Santa Claus is coming to town (Coots & Gillespie, 1935), que vendió 30.000 discos en 24 horas y, por supuesto, Let it snow (1945), escrita y compuesta (Cahn & Styne) en uno de los días más calurosos del pasado siglo en California. Al igual que en Jingle Bells, la Navidad tampoco aparece en la letra. Lo mismo ocurre en Baby, its cold outside (Frank Loesser, 1949), incluida entre las canciones navideñas por su alusión al invierno, aunque el tema principal es la calentura.

La letra de Santa Baby (1953) también echa humo. Pasó la censura en la época, pero es posible que no la superara hoy en día: “He sido una chica muy buena/Santa Baby, baja rápido por la chimenea esta noche/piensa en toda la diversión que me he perdido/en todos los chicos que no he besado…”.

Habrá advertido el avezado lector que no se citan por aquí villancicos españoles. La razón es que su origen suele ser incierto. De Campana sobre campana sólo se sabe que tiene procedencia andaluza, a los inefables Peces en el río se les otorga ascendencia árabe y la ilustre Marimorena pudiera tener relación con una tabernera madrileña llamada la María Morena, mujer con tendencia al alboroto (de ahí lo de «armar la Marimorena»). Mención especial merece Arre, borriquito. De inspiración militar, se dice que es el villancico que cantaban los miembros de la División Azul en la estepa rusa, gran argumento para una película de Berlanga (de hecho, él era uno los divisionarios).

En los últimos cuarenta años, los standards navideños han dado paso al duelo de dos canciones pop que se han convertido en presencia constante en fiestas, especiales televisivos e hilos musicales: Last Chrismas (1984) y All I want for Christmas is you (1994).  

Last Christmas fue compuesta por George Michael en una visita navideña a la casa de sus padres. El joven George, de 21 años, se encerró durante una hora en el que había sido su cuarto y salió de allí con un tema clásico, que se dice pronto. La originalidad de la canción no reside en los acordes, básicos e inspirados (mucho) en Can’t smile without you (1978) de Barry Manilow. La novedad radica en la letra: historia de desamor con fondo navideño.

La canción fue grabada en agosto de 1984 en los estudios londinenses de Advision, que fueron decorados con adornos navideños para entrar en situación. George Michael lo hizo todo: compuso, cantó, produjo y tocó todos los instrumentos (a pesar de sus limitados conocimientos musicales). La otra mitad de Wham!, Andrew Ridgeley, se limitó a hacer los coros en sentido real y figurado. Pero no menospreciemos a Ridgeley, o no demasiado. Su papel resultó fundamental en el lanzamiento de su compañero de colegio como artista universal. George era tímido, apocado y tenía una absoluta falta de confianza en sí mismo. Andrew le empujó y supo quedarse atrás cuando su amigo voló en solitario. O quizá no supo. Cuando el dúo se disolvió, Ridgeley se mudó a Mónaco y probó suerte como piloto de Fórmula 3: se estrelló en tres de sus seis primeras carreras y entendió la indirecta del destino. Probó como actor (agua), como cantante en solitario (agua) y volvió a hacer aguas como surfero: enfermó (E.coli) contaminado por las aguas residuales que se vierten al mar. De ahí nació su compromiso con la fundación Surfers Against Sewage. Pero esa es otra historia.

El videoclip de Last Christmas dobla el valor de la canción y en este sentido la eleva sobre el superhit de Mariah Carey. No pasemos por alto la irrupción de lo audiovisual en la música: en 1981 comenzó a emitirse la MTV (Video kill radio star, fue el primer videoclip en antena) y grupos y cantantes rivalizaban en el nuevo formato. Para poner imágenes a Last Christmas se contrató a Andrew Morahan, realizador antes del vídeo de Careless Whisper y posteriormente uno de los referentes del sector, también director de una de las secuelas de Los Inmortales.

El vídeo se grabó en el mes de noviembre en la comuna suiza de Saas-Fee. La trama es conocida. Un grupo de amigos vuelven a pasar la Navidad juntos en la nieve, pero uno de ellos ha cambiado de pareja. A partir de aquí, miradas, nostalgias y un broche imposible. La exnovia por la que suspira George Michael es la modelo Kathy Hill, por entonces novia de Vangelis («George me preguntaba mucho él»). El resto del reparto cobró poco: eran de la pandilla. Allí se encontraban Martin Kemp, miembro de Spandau Ballet, y su recientísima esposa, Shirlie Holligan, antes novia de Andrew Ridgeley y poco después cantante de cierto éxito junto a Pepsi DeMacque, también en el vídeo. Con los años, la vida de Martin y Shirlie se fue complicando. A él le diagnosticaron dos tumores cerebrales a los 33 años (ya recuperado, no teman) y la familia se arruinó poco después, al punto de que Shirlie acabó trabajando en la oficina de George Michael llevando su página web.

Amigos desde la adolescencia, los Kemp iban a pasar el día de Navidad de 2016 con George Michael. Apareció muerto esa mañana. Había fallecido de un ataque al corazón mientras dormía. Tenía 53 años. Esa misma tarde los aficionados del Manchester United, club del que era aficionado, cantaron Last Christmas en el estadio. También lo hicieron los del Sunderland al día siguiente y el homenaje se ha convertido en costumbre entre los seguidores de otros clubes cuando llega Navidad.

Curiosamente, aunque Last Christmas ha sido el single más vendido en el Reino Unido, no alcanzó el número 1 en las listas británicas. Se lo impidió Do they know it’s Christmas, una canción coral (también cantaba George Michael) que formó parte de los actos benéficos de Band Aid para recaudar dinero contra la hambruna de Etiopía; Michael donó los royaltis de Last Christmas a esa causa. Lo que sí consiguió Last Christmas fue que en 2019 se estrenara una película con el nombre de la canción y constantes referencias a ella.

Mariah Carey asegura que compuso All I want… en apenas quince minutos y con un teclado Casio. Las dudas sobre la autoría de las canciones que se atribuye son permanentes, pero no hay pruebas para ir más allá. En esta ocasión, Mariah contó con la inestimable colaboración del músico Walter Affanasieff, que no debe estar descontento con su parte del negocio. Hablamos de la decimosegunda canción más vendida de todos los tiempos: cada año genera entre 600.000 euros y un millón de euros, unos 60 millones desde que fue publicada…

Un año antes, Mariah Carey (23) se había casado con Tommy Mottola (44), presidente de Sony, en lo que se vendió como reedición musical del cuento de Cenicienta: una chica sin recursos le hace llegar una grabación al príncipe de las productoras y desaparece. Sin embargo, la historia acabó en pesadilla: celos, maltrato…. Nada nuevo en la vida de Carey. “Cuando tenía doce años mi hermana me drogó con Valium, me ofreció una uña del dedo meñique lleno de cocaína, me provocó quemaduras de tercer grado y trató de venderme a un proxeneta”. Ella misma reconoció que en All I want… cantaba a la Navidad que había soñado de niña, pero que nunca había conocido.

Mariah Carey se hizo luego novia de la estrella del béisbol Derek Jeter, después del cantante mexicano Luis Miguel y en 2008 se casó con el rapero Nick Cannon. Ahora vive felizmente divorciada con dos hijos a los que hecho conscientes de su identidad birracial, algo que la atormentó a ella, hija de un afroamericano de origen venezolano y de una irlandesa: «Temía bailar delante de mi abuela paterna por si no era capaz de hacerlo como una negra…».

Cumplidos los 50, Carey es la cantante que más ha vendido en la década de los 90 y la tercera artista femenina con más ventas de todos los tiempos, 200 millones de discos (Streissand es la primera). 

Y no pasa el tiempo sobre su gran éxito. Veintiséis años después, All I want for Christmas se ha estrenado en el número 1 de las listas del Reino Unido, seguida, ya lo pueden imaginar, de Last Christmas. En el fondo, de eso trata la Navidad: de congelarse en el tiempo.

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