Por el camino de la narrativa del realismo sucio suelen cabalgar tres jinetes: Raymond Carver, Richard Ford y Tobias Wolff. Ese suele ser el orden establecido y las dudas podrían presentarse a la hora de determinar la distancia que existe entre uno y otro. Podríamos decir que la que hay entre los dos últimos es cinco veces mayor que la que se da entre los dos primeros. No sé si realmente será así, pero durante mucho tiempo es la que yo habría establecido.

Sin embargo, esa relación, que consideraba inmutable, ha ido cambiando sin que yo lo supiera porque con cada lectura atenta uno también lo hace. Con el tiempo se van apreciando mejor una serie de características que, como ocurre con la fotografía, te ayudan a reconocer lo bueno a pesar de que muchas veces tus razonamientos no logren transmitir esa certeza.

La evidencia de que algo efectivamente se había movido en ese podio personal del realismo sucio americano se ha producido al terminar Aquí empieza nuestra historia, un libro editado por Alfaguara en 2008 y que yo no había leído desde entonces por su tamaño (31 cuentos) y por el texto de la faja —“Uno de los libros más destacados de 2008, según The New York Times”—, y porque parece que para las obras importantes, igual que con el buen vino, tienen que darse una serie de circunstancias que no coincidían: ni el ánimo ni el tiempo. Pero Vida de este chico, también de Tobias Wolff, me había dejado con ganas de más Wolff y, aunque seguía sin reunir ni el ánimo ni el tiempo, dejé que este libro tuviera su oportunidad, entrando en mi rutina lectora como un crucero atravesando lentamente Venecia camino del puerto. Bendita decisión.

Leer cuentos requiere un esfuerzo y una atención continuos. Enfrentarse a una novela es como subir por el telesilla y, una vez creados los personajes y el entorno, dejarse caer por una pista hasta el final. En los cuentos tienes que subir una y otra vez con el trineo para recibir una información nueva con cada viaje antes de descender unos pocos metros. Toda es relevante porque, lo que no añade, quita.

En los cuentos de Wolff, ese esfuerzo es mínimo. Apenas te asomas a ellos, se percibe ya la tensión del conflicto a través de unos personajes que se presentan en las primeras líneas. Hay escritores de relatos que, como el cocinero de una pizzería, trabajan con una pequeña anécdota y la estiran hasta crear una superficie fina y transparente en donde se la juegan con un final fácil o con un lenguaje atrevido. Wolff no se sirve de trucos: sus cuentos son el resultado de dejar reducir historias largas y complejas hasta dejar de ellas lo sustancial, el núcleo.

Y, dentro de ese núcleo, se convierte en un narrador que conoce bien a sus personajes. No mantiene una distancia aséptica para dejar que se expresen por lo que cuentan o hacen. Eso también es importante, pero no le tiene miedo a, como el doctor Tulp en La lección de anatomía de Rembrandt, abrir un razonamiento o sentimiento y exponerlo con la limpieza de unas palabras precisas, sin caer en la retórica o en esos ejercicios de subordinadas que acaban ocultando lo que pretenden mostrar y ahogan a un lector que suplica un punto en el que tomar aire. El final de A la espera de órdenes, por ejemplo, se produce en la cabeza de los dos protagonistas: un hombre en una noche lluviosa le ofrece dinero para que no tenga que dormir en su coche a una mujer con un niño pequeño que no lo acepta, aunque lo necesita, por el placer de rechazarlo.

Como consecuencia de ese enfoque, la proximidad a los personajes es tal que en la mayoría de los casos te conviertes en ellos. El salto es fácil porque Tobias Wolff es tan preciso creando los escenarios que, si tuvieras que seguir describiendo la habitación en la que termina Fuego del hogar, serías capaz de ir añadiendo detalles sin ningún problema: cómo es la cubertería que se guarda en los cajones, cómo es la cocina de la que sale la madre con las galletas, qué hay encima de la repisa de la chimenea.

Los conflictos de los personajes parecen puntos en un mapa por los que es posible que hayas pasado o pases alguna vez, tomando decisiones que nunca serán las más adecuadas. Una pequeña guía de viaje en la que Tobias Wolff siempre parece ir detrás de lo que cuenta porque ya ha hecho todo el trabajo sucio y evita que se note dónde duda, dónde no sabía cómo seguir, dónde tuvo que improvisar. No. Él empuja la historia y ésta avanza por los carriles que ha dispuesto previamente con mucho trabajo: leer a Wolff, entre otras cosas, sirve para darse cuenta de que escribir es un trabajo. Picar una acera es trabajar. Operar una columna es trabajar. Escribir así también es trabajar.

El material de ese trabajo son las frases cortas, los verbos, las palabras que todos tenemos a mano. Se puede decir que, hasta cierto punto, el lenguaje le tiene sin cuidado porque lo importante es lo que este describe, no el lenguaje en sí. La realidad se basta si se tiene una mirada tan precisa. Sobra la metáfora. Describe, describe, describe. Una fotografía sin procesamiento posterior.

Merece la pena emplear el tiempo necesario para leer estos 31 cuentos con atención. Mejoran conforme avanzan. Hay personajes y escenas que no se van a olvidar. El padre en Polvo. Frances en La noche en cuestión. La madre de Fuera del hogar. El doctor Booth en Ruiseñor. Los perros de Cadena y El perro de ella. Con el paso del tiempo se irán mezclando con las experiencias propias en la memoria hasta que llegue un momento en el que dudes si aquello te pasó realmente o te lo contó alguien muy próximo pensando que te podría interesar. 

Así que, como decía, ahora no estoy seguro de seguir siendo fiel al orden de los tres escritores. Si fueran los tres Reyes Magos, Tobias Wolff sería el que no ves detrás de los otros, imaginándolo perdido, para descubrir —que el Carver de Catedral me perdone— que ha sido el primero en llegar al destino y captar la atención de todos con un cuento como Sueño de Lady, una historia que es de lo mejor del libro. Un cuento que revela que quien, como escritor, está solo y desorientado en la nieve, eres tú. 

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