Cuando Borges vio el Aleph, temió que nada de lo que se encontrara a partir de ese momento pudiera sorprenderlo. Durante esos instantes vio todo cuanto se puede ver en el planeta, y le daba miedo pensar que ya nada sería nuevo para él. Felizmente, cuenta, tras unas noches de insomnio le volvió a trabajar el olvido. El madridismo vio el Aleph el 24 de mayo de 2014 en una esquinita de la portería del estadio Da Luz, y nada de lo que ocurrió a partir de ese momento le causó asombro. Ni siquiera los tres goles que todavía quedaban por marcarse en aquella final: estoy seguro de que habrá mucho aficionado blanco que dude de cómo fue el segundo.

Las tres Champions seguidas que vinieron después no se celebraron igual, y aquí me pongo el primero ante el pelotón de fusilamiento del carpe diem. Detrás están jugadores como Cristiano Ronaldo, capaz de amargar el brindis harto de tanto champán, o Gareth Bale, más pendiente de pasar facturas que de sacar sonrisa en el momento de mayor gloria que se le recordará. La capacidad de adaptación del ser humano es tan extraordinaria que normaliza situaciones que, con suerte, se viven un puñado de noches en toda la vida. Hay gente que se va sin un baile con la Orejona.

Ninguna Champions entre 2016 y 2018 tuvo la celebración de la Décima, el primer Aleph para una generación de madridistas, el segundo para los que recuerdan el 20 de mayo de 1998. Yo pertenezco a estos últimos, a los que después vivieron la Octava y la Novena con gran alegría pero menos éxtasis, y a lo que vino tras ellas: las noches de insomnio, necesarias para volver a asombrarse con el confeti. 

En el momento duele, pero además de buena literatura, también hay cierta belleza en las derrotas de quien no está acostumbrado a lidiar con ellas. Son el pie de la montaña, las horas de estudio, los manuscritos que acaban en la papelera. La gloria sabe mejor viniendo de desgracias, habiendo olvidado el Aleph. Con el tiempo hasta se disfruta de ese mal necesario, de contemplar el derrumbe físico del once de Queiroz a pocos metros de la meta, del hartazgo de Camacho, del cuadrado mágico y el pinganillo de Luxemburgo, de los aplausos a Ronaldinho, de los bostezos del doble pivote Emerson-Diarrá de Capello, de la rendición de Schuster, de la paliza del 2-6, de las guerras de Mourinho

Durante ese olvido, cada pequeña alegría se convierte en un maná, que es lo que debería ser siempre: una Liga ganada por un equipo aburrido acaba siendo la más celebrada de la historia gracias a una remontada, o se vive una Copa del Rey como un espejismo del Aleph.

Ahora vienen más noches de insomnio. Ya llevamos algunas, con jóvenes rubios montando su propia fiesta en el Bernabéu o Varane pagándole una ronda al City. No serán las únicas, pero hay que valorar su importancia: son parte del olvido.

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