Parece mentira que estemos acabando 2020 y aún haya que hablar de racismo. Hace unas semanas escribía sobre la necesaria dimisión del presidente de la federación inglesa de fútbol y hace dos días sobre los abucheos de la grada del Millwall justo cuando los estadios ingleses recibían a sus primeros espectadores desde la crisis de la pandemia. Y entonces vino París.

Permitan que pase por Londres antes es de llegar a París (trayecto natural desde mi residencia en Yorkshire): El Millwall volvió a jugar en casa, esta vez un derby de Londres, contra el Queen’s Park Rangers. Los futbolistas del QPR dejaron de hincar una rodilla en el suelo para protestar contra el racismo después de hacerlo en los primeros partidos del campeonato. Les Ferdinand, su director deportivo y ex internacional inglés, lo explicó así en diversos medios, desde la autoridad que le otorga haber sido uno de los jugadores negros más activos contra el racismo: «¿Cuánto tiempo vas a ponerte de rodillas? Estoy cansado de todos estos gestos, los venimos haciendo desde hace treinta años. Usemos otra insignia, usemos otra camiseta, hagamos otra campaña… y luego no se hace nada. Las autoridades nos han dado la plataforma y nos han dicho: ‘Sí, adelante, puedes arrodillarte, eso demuestra que estamos haciendo algo’. Pero fuera de eso, ¿qué se está haciendo? «.

El Millwall repartió entre los aficionados unas octavillas en las que se decía que el partido era uno de los más importantes en la historia del club. El texto terminaba con esta frase: “The eyes of the world are on this football club tonight —your club— and they want us to fail” («Los ojos del mundo están esta noche en este club de futbol—tu club— y quieren que fracasemos»). El victimismo es sorprendente y totalmente innecesario. Ha sido el Millwall, o algunos de sus aficionados, los que han llamado la atención del mundo, no al revés. No me imagino a nadie en Viena, Albacete, Sao Paulo o Kiev esperando el fracaso de un club inglés de segunda división. Afortunadamente, antes del partido hubo aplausos a favor de las proclamas antirracistas. Cuando el QPR hizo su gol, dos jugadores hincaron la rodilla en la hierba y se pudo escuchar algún abucheo, pocos. Por aquello de la presunción de inocencia supondremos que abuchearon al rival por el gol, no por ver la celebración como provocativa o por alguna razón no siniestra. 

Poco después asistimos a lo ocurrido en París. El partido fue suspendido después de que el cuarto árbitro fuera acusado de llamar «negro» a Pierre Webo, miembro del equipo técnico del Estambul Basaksehir, al que identificó con esa palabra en su comunicación con el árbitro. Hay quien piensa que las cosas se han sacado todo de madre. Yo no creo que sea sí. Pierre Webo no es un negro sentado en un banquillo, es un profesional del fútbol. No conozco al cuarto árbitro ni he querido mirar la colección de detalles sobre su persona que algún diario ha publicado, no quiero sacar la situación de su contexto. No sé si en Rumania ha tenido o no conflictos raciales o de cualquier otro tipo. Lo que sí tengo claro es que jamás debió referirse a Webo como “negro”.

Las UEFA ha desplegado una campaña contra el racismo en la que solicita respeto. Me gustaría pensar que también ha explicado a a directivos, árbitros y futbolistas cómo se pueden interpretar ciertas palabras en determinadas situaciones. Tengamos claro que no corresponde al hombre blanco decidir lo que resulta ofensivo a otra raza. No es quien golpea el que mide el dolor sufrido, sino el golpeado. Todo podría haber acabado de otra forma si el cuarto árbitro hubiera pedido disculpas inmediatamente y si hubiera explicado que no tenía intención de ofender a nadie. Sin embargo, se enrocó en su postura, y lejos de ver y entender lo ofensivo de su actuación, empezó a excusarse en que sus palabras son habituales en su lengua. Vuelvo a insistir: UEFA debería educar a sus miembros. Quiero pensar que lo hace.

¿Sobreactúan los jugadores abandonando el campo? Para mí, no. Es la respuesta correcta cuando es un miembro del cuerpo arbitral quien ha causado el conflicto. Los jugadores, tristemente acostumbrados, medio asumen los insultos desde la grada, aunque ya ha habido muchas voces sugiriendo que la solución es abandonar los partidos. Desde luego, no se puede tolerar que el comportamiento venga de quien debe juzgar el encuentro. La ofensa es aun mayor. 

Entendamos que, por supuesto, siempre existe un contexto. Con un amigo o un conocido el nivel de tolerancia es más alto porque las palabras no se expresan en un entorno de conflicto. Tengo algún compañero de trabajo que bromea conmigo con tópicos españoles y yo le respondo con tópicos sobre británicos. Ninguno de los dos lo hacemos desde la ofensa; al contrario. Pero si se tratase de una persona a la que no conozco y empezara a hacer valoraciones sobre mí simplemente por mi nacionalidad, seguramente me causaría malestar, quizá ofensa.

Por eso insisto en la necesidad de la educación, siempre la educación, para tener sensibilidad hacia otras personas. Estar al otro lado de un comentario discriminatorio no tiene ninguna gracia y seguramente el cuarto arbitro en París no ha estado en esa situación. No sé si en su día a día es racista, pero su comportamiento sí lo fue. En el contexto de un partido de fútbol televisado al mundo entero, en una competición oficial, sujeta a tantas regulaciones y con dos personas que no tienen relación personal, lo que hizo el cuarto colegiado está fuera de lugar. Debe ser sancionado y el resto debe tomar nota y aprender.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here