El Barcelona es un club que históricamente ha sabido promocionar muy bien el relato que quería ofrecer en cada momento. Daba igual la circunstancia a analizar: una victoria, una derrota, una ayuda arbitral puntual, un título, un fichaje, un agravio, una injusticia sufrida, un favor administrativo recibido, un desencuentro fiscal, una agresión, un patrocinio… Los éxitos o los fracasos concretos resultaban irrelevantes; a la hora del espejo, el Barça siempre demostró facilidades para contemplarse —y, más importante aún, que lo contemplen— adecentado y bello. Recalcar esta obviedad no debe entenderse como una minusvaloración. Al revés, se trata de un sincero elogio hacia una habilidad fundamental. El refranero y nueve de cada diez abuelas se empeñan en recordar constantemente que en esta vida se estima, por encima incluso de ser gracioso, el caer en gracia. 

De ahí que lo acontecido con Thomas Heurtel deje al FCB en una posición, además de delicada, poco habitual. Muy difícilmente manejable incluso para alguien que no estuviese acostumbrado a considerarse el perpetuo bueno de la película. Porque en la sociedad de la imagen, la postal de un jugador abandonado en Estambul —fuera del espacio Schengen— en mitad de una pandemia, a quien se le ha impedido que suba al avión junto al resto de compañeros, posee un impacto demoledor para la reputación del responsable. Para más inri, a escasas horas de la Nochebuena, completando la alegoría dickensiana. Semejante retrato sería estéticamente insalvable aunque hubiesen resucitado Juan Antonio Samaranch y Vázquez Montalbán simultáneamente, prestos a rescatar con sus eficaces plumas al equipo de sus amores. De modo que un comunicado más de doce horas después, cuya redacción confusa impide siquiera aclarar si el base francés estaba o no bajo la disciplina culé el martes, no consigue suavizar lo más mínimo la indignación que el baloncesto europeo siente, con las asociaciones de baloncestistas a la cabeza, hacia la actitud del Fútbol Club Barcelona. 

Si uno se intenta abstraer del horrible gesto y pretende realizar un ejercicio de contextualización previa, se percata de que existen escasas certezas en todo este embrollo. Resulta poco objetable que la relación entre Heurtel y Jasikevicius había terminado por romperse, tras la nula sintonía entre lo que el técnico lituano quería y lo que él estaba dispuesto a obedecer. Las broncas públicas y ostentosas tras casi cada sustitución del jugador dejaron entrever hace semanas el rebosamiento del vaso. Así lo ha confirmado el Barça en el citado comunicado, donde reconoce que, ya desde el domingo, Heurtel había iniciado los trámites para una rescisión de contrato inminente. El viaje de Thomas a Estambul se enmarcaba entonces en el procedimiento de resolución, y, habida cuenta de que Westermann, antiguo soldado de Saras y probable sustituto según el periodista Ismail Senol, compartía agente con Heurtel, el culebrón parecía presentar un final claro: intercambio de bases entre el Fenerbahçe y el Barcelona. Sin embargo, ciertas informaciones desmintieron la armonía: Chema de Lucas afirmaba que, en efecto, Westermann iba a marchar hacia Barcelona, pero aventuraba una sorpresa en el destino de Heurtel, lejos del Fener. El propio Barça afirma en su versión que a lo largo del martes las negociaciones para el desenlace se rompen, y a consecuencia de ello se decide que el jugador no regrese en el avión con sus compañeros tras la derrota contra el Efes. A partir de aquí se alimentan múltiples especulaciones: el Real Madrid habría contactado con Heurtel, este habría jugado a dos barajas con el FCB hasta que se descubrió el pastel, el acuerdo para la carta de libertad implicaba el pago de la mitad de la ficha por parte de los azulgranas, aterrorizados ante la posibilidad de facilitarle la incorporación de un gran talento a su máximo rival, Westermann se quedaba sin equipo al paralizarse la operación…  Rumores que se aclararán en los próximos días, especialmente cuando Thomas decida contar su visión del caso, pero que no borrarán la espantosa publicidad de dejar a un miembro de la expedición en tierra por un presumible ataque de orgullo.

Las redes sociales no aguardaron para su navajeo humorístico cotidiano. Los memes con la etiqueta #freeHeurtel inundaron los Timelines de los aficionados, y poco a poco se fueron sumando partidarios del francés entre grandes figuras de otros conjuntos, incluyendo exbarcelonistas. De repente, la impoluta imagen cuidadosamente cultivada por los culés se rompía en mil pedazos, con comentarios descarnados por parte de estrellas como Mike James, Malcolm Delaney, Tyrese Rice, Kevin Seraphin o, el más lacónico y duro de todos, el escolta de los Orlando Magic Evan Fournier.  

Por suerte para el Barcelona, la voracidad de la sociedad de la información impide que un tema aguante demasiado tiempo en el candelero. Si se deja enfriar, en unos días la polémica se habrá olvidado, y un amplio sector de los que ahora se dan golpes en el pecho para ganar audiencia continuarán sin saber de qué juega Heurtel cuando empiece enero. Sin embargo, bien haría la institución en solventar su crisis de liderazgo lejos del parqué y cerrar el asunto cuando antes. En primer lugar, para recuperar el digno estatus tradicional que lo aleje del rol de Mr. Scrooge, y, en segunda instancia, para evitar que el enquistamiento afecte más al rendimiento deportivo. No en vano el domingo hay clásico liguero, y todo el mundo opina que Pesadilla antes de Navidad es el tipo de película que exige una secuela.   

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