Anticipando el desenlace habitual, la enésima semana en la que un Madrid dado de forma prematura por muerto se iba a levantar para abofetear a su legión de enemigos, lejos de ceder al desasosiego y la turbación, la ocupé con vitalizadores paseos entre las decoraciones navideñas de la ciudad. Por un lado trataba de inspirarme acerca de cómo contar una historia de resurrección mil veces ya narrada sin resultar reiterativo; por otro, aproveché para disfrutar de los días previos a las fiestas, una de mis épocas preferidas del año. Con la Navidad suele suceder lo mismo que con los partidos importantes: las fechas anteriores constituyen parte indudable del goce, cuando no su núcleo fundamental.

Alguno podría reprocharme excesiva frivolidad: no han faltado las voces que han denunciado que en un 2020 tan inhóspito sobraba cualquier aspecto ornamental. Aun comprendiendo la reacción airada respetable, me temo que no puedo estar de acuerdo.  Precisamente la preservación de una mínima apariencia de normalidad en un ámbito tan inofensivo como el estético supone un bálsamo reconfortante que intenta compensar el resto de modificaciones de las actitudes y hábitos sociales, que sí han de ser contundentes e innegociables. De alguna manera, algo tan sencillo como la persistencia de los adornos puede ayudar a dificultar la derrota anímica frente a la excepcionalidad del virus, una vez consumadas la sanitaria y la económica. Requiere voluntarismo, desde luego, pero merece la pena esforzarse en conservar los detalles más razonablemente rescatables, aunque sean casi insignificantes, del mundo de ayer: no hay más que recordar lo que le pasó a Stefan Zweig cuando sintió que los había perdido todos.

Iluminado por las, desde aquel instante y ya para siempre, heroicas bombillas, detuve mi soliloquio en una esquina para contemplar todo con más perspectiva. En realidad, la parafernalia navideña, como en mi caso particular el Real Madrid, son antídotos empleados en un combate mucho mayor y más antiguo que el llevado a cabo contra el virus: el que se efectúa contra el paso del tiempo. La vida, con pandemia o sin ella, implica inevitablemente una sucesión de renuncias y de momentos irreversibles que nos erosionan y además nos impiden un nuevo comienzo idéntico: la muerte de un familiar, la pérdida de una amistad, una ruptura amorosa, la marcha de casa de un hijo, la decadencia del envejecimiento o el diagnóstico de una enfermedad crónica. Puntos de inflexión a partir de los cuales uno se puede reinventar, sí, pero ya nada es exactamente lo mismo, como grita desgarrado Joey Ramone. De modo que los elementos perennes y cíclicos suponen asideros no por humildes menos relevantes: garantías de que el mundo sigue girando pese a la voracidad líquida que condiciona nuestra existencia. Por ejemplo, el cosquilleo agradable que me recorre cuando paseo todos los diciembres, o los nervios ante el próximo encuentro del Madrid en el filo de la navaja, cuyo inconformismo inagotable nos condena, afortunadamente, a una eterna juventud: ningún trofeo vale tanto como el siguiente por disputar, así que todos los años regresamos a la casilla de salida.

La semana terminó y el Madrid ganó sus tres partidos. Tiempo habrá para continuar discutiendo acerca de las diferencias entre el primer y el segundo Zidane, de si necesitamos una transición o una revolución en la plantilla, de cómo encajar la labor de un entrenador en un club mediáticamente tan influido por los jugadores. Antes de continuar con la rutina del análisis del cómo, quizá convenga en estas fechas reposar un segundo, y dar gracias por el qué.

Feliz Navidad.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here