Hay lugares con magia. Con un halo y un magnetismo que los ancla en nuestra memoria para siempre si nos cruzamos con ellos. Llegan al estatus de míticos de diferentes maneras: tiempo, originalidad, enclave, oferta, tipo de visitantes, acervo popular, leyendas urbanas, etc. Lo único que tienen en común es que ese aura que los envuelve no se puede forzar y tiene que surgir sola.

Da igual que se haga una inversión enorme, que estén en un emplazamiento inmejorable o que se publiciten en todos los medios. Da igual, porque hay algo intangible que determinará su trascendencia obviando la lógica y la razón. 

Existen sitios así de todo tipo, pero yo me quiero referir hoy a los llamados bares de copas o garitos, si recuerdas la tele en blanco y negro.

En los años noventa yo me crucé con uno de estos sitios. Y no solo eso, me engulló como al primer Jonás Brother y dentro pasé momentos inolvidables.

Me estoy refiriendo a uno de los santuarios de la noche madrileña que emergió tras la Movida y que mantiene su espíritu todavía: El Cien por Cien.

Desde sus inicios se le conoció como el bar donde se ponía exclusivamente música española. Y no eran momentos boyantes para ella. Estábamos inmersos en modas musicales pasajeras que venían de fuera y que el tiempo se encargó de convertir en prescindibles.

Desde el principio se notó que ese lugar tenía alma y al calor del amor de este bar otros intentaron copiar la fórmula, pero no lograron ni su mística ni su éxito.

Un buen día me llamaron para jugar un torneo de baloncesto 3×3 entre bares. Allí conocí al dueño, que en el momento eufórico de levantar la copa me ofreció echar una mano los jueves. El balance entre copas servidas por mí y servidas a mí en ese momento era muy favorable a la segunda opción.

Bastaron tres jueves para nivelar el desajuste. Los momentos de llenazo absoluto eran como el principio de Salvad al soldado Ryan pero sin muertos (casi siempre…).

Una locura envuelta en prisas, vasos, hielos, gritos, empujones y adrenalina; salpicada por buen rollo y tandas de chupitos de tequila que nos volaban la cabeza. La casa de la bomba era una sala de lectura de jubilados al lado del Cien hasta los topes. Un mar de cristales rotos y líquidos inclasificables escondían el suelo al final de la noche.

Me pasó como a Les Luthiers, tras varios jueves de vértigo y estrés no pude aguantar más. Y desde ese momento empecé a acudir tres o cuatro días a la semana y a poner música también.

Es difícil recordar sólo un puñado de cosas a destacar que quepan en el estrecho corsé de un artículo. Fueron más de diez años entre sus cuatro paredes, que por cierto recuerdo haber pintado un par de veces.

Lo primero que me viene a la cabeza es la gente con la que trabajé y los asiduos que se convirtieron en amigos. De los buenos, de los de verdad. 

El dueño era, y creo que lo sigue siendo, Lucas. Un tipo bruto por fuera, como un salario cuando todavía suena digno, pero muy buena gente por dentro como me demostró infinidad de veces. Con más vista para los negocios que una promoción entera de papanatas de Bussines School y zapatos de borlas. Cuando intentaba colar algún tema en inglés, estiraba el cuello desde la entrada y me fulminaba con la mirada hasta que recogía cable.  

No quiero dejarme a nadie de la tropa, pero seguro que lo hago. Ya me disculparán los ausentes si llegan a coincidir con estas líneas.

Tommy, Coque, Fernando, Manuel, Cristina, José Luis, Pablo, Patricia entre los compis de detrás de las barra. Mi hermano Ciru, Quique, Javi, Roge y muchos más delante. Gente muy especial y a la que guardo mucho cariño desde entonces, aunque nos veamos mucho menos de lo que nos gustaría.

Allí también he conocido a músicos, de los Pistones, de Stafas (como Michel), de Los Secretos, de Mamá etc. Hubo una época en la que organizamos conciertos acústicos y tocaron algunos de ellos para una afortunada y reducida audiencia. Tras algunas semanas, los que vinieron a tocar, y no las guitarras, fueron los funcionarios del ayuntamiento. Nos prohibieron las actuaciones. 

En el Cien por Cien he tenido el honor de atender a Chiquito de la Calzada un domingo de septiembre, junto al elenco del programa que le descubrió. Me pidió “un coca-cola” y puedo decir que en ese instante toqué techo.

A muchas personas de Madrid —ese centro neurálgico de virus e insolidaridad que dicen aquellos que están deseando visitarlo— y de mi generación, el Cien por Cien les marcó. Es raro encontrar a algún universitario que estudiara en la capital en los noventa y que no me haya pedido alguna canción. Y más raro aún es que se la pusiera…

Yo no he encontrado otro bar, como visitante, en el que se disfrutara tanto como allí al cantar los temas bandera del lugar. Era un ambiente que enganchaba a cualquiera y que invitaba a repetir. Poner música allí era un placer, porque la gente se lo pasaba en grande y se notaba desde arriba.

Hablo en pasado, porque hace mucho que no me dejo caer por allí, pero el bar sigue abierto y manteniendo los latidos de siempre. La vida tiene sus ciclos y sus momentos e inevitablemente cambiamos la manera de entender el ocio, pero ahora que he rememorado tantas cosas buenas, habrá que hacer una visita. Aunque solo sea para ver si sigue allí la guitarra gigante que colgamos del techo una tarde de verano.

Cien por cien recomendable.

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