Una vez hemos comprobado los beneficios orgánicos que nos aportan los ejercicios aeróbicos, para conseguir el cóctel perfecto que nos garantice un estado físico envidiable necesitamos añadir a nuestras rutinas el mantenimiento y desarrollo de una capacidad que retrasa el envejecimiento y mejora nuestra calidad de vida: la fuerza. La vida es el mejor deporte.

A partir de los 30, y cada año, vamos perdiendo un 5% de masa muscular e irremediablemente su función. Esta alteración biológica tiene un nombre: sarcopenia. Y lo más preocupante es que la pérdida incluye un cambio diabólico. Pierdo músculo y gano grasa, que se va acumulando en nuestros perímetros abdominales y peligrosamente se aloja en el páncreas y en el hígado. Es la grasa ectópica. El I.M.C. (índice de masa corporal) en los porcentajes aconsejables por la ciencia es una medida de salud y de un buen estado físico. De ahí la importancia de mantenerla a raya. Es más importante incluso que el peso corporal. El músculo pesa mas pero ocupa menos en nuestro cuerpo y en cambio la grasa pesa menos pero ocupa más. Y para poner todo esto en un equilibrio deseable necesitamos en nuestra rutina física los ejercicios de fuerza.

El trabajo muscular debería primar ante cualquier circunstancia. Sólo entrenando el músculo en la dirección que marca la Fisiología podemos conseguir los objetivos deseados. Entrenando la fuerza podemos disminuir el daño físico que produce la inactividad y así combatir esos parámetros que, de ser superados, ponen en riesgo el funcionamiento adecuado de nuestro aparato cardiovascular.

Para no ser esclavos de la cinta métrica y evitar que aparezcan las alarmas en los perímetros de la cintura (más de 88 cm en mujeres y 94 cm en hombres) tenemos que añadir a nuestra rutina física los ejercicios de fuerza. Vencer una resistencia sin que cuente el tiempo. Definición coloquial de la fuerza. Y la herramienta que la ciencia nos pone al alcance de todos para cumplir con los ejercicios de fuerza es nuestro propio cuerpo.

Actualmente el perfil fisiológico de los ejercicios de fuerza ha cambiado. No son necesarias las pesas ni ninguna sobrecarga sofisticada. Superar la resistencia del peso corporal (calistenia, del griego Kalos, belleza, y Sthenos, fortaleza) es suficiente para cumplir los objetivos de la fuerza. Lo hacemos todos los días cuando subimos o bajamos escaleras o cuestas, o cuando vencemos el agua al nadar, o cuando caminamos o corremos por la arena. Son las formas naturales de potenciación. Cuando flexionamos y extendemos nuestras piernas (sentadillas) o cuando caminamos con zancadas amplias (lounges), o cuando flexionamos y extendemos los brazos en el suelo (fondos), o cuando colgados de una barra flexionamos los brazos para tocar la barra con la barbilla, o cuando estamos en el suelo apoyados con las manos y con piernas estiradas hacemos el gesto de correr en el sitio… estos y otros muchos son los ejercicios de fuerza que debemos hacer dos o tres días a la semana. Y están al alcance de cualquier edad. Sólo hace falta ajustarnos a las repeticiones que seamos capaces de completar. Es aconsejable repartirlo en series que agrupen un número determinado de repeticiones. Entre serie y serie descansaremos el tiempo que necesitemos para superar la fatiga que nos provoca el ejercicio.

El músculo es un seguro de vida. Y no tiene fecha de caducidad.

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