Este año, mi envío a los Reyes Magos ha sido una camiseta de Zidane que mi padre me regaló hace muchos años en unas Navidades. Me dijo que su intención era que Zidane me la hubiera firmado, que estaba todo organizado, pero que al final un eslabón de la cadena se rompió o falló y la camiseta regresó como salió, esto es, sin la firma de Zidane. Para que se vea que no miento, éstas fueron exactamente sus palabras:

—Mi intención era que Zidane la hubiera firmado, estaba todo organizado, pero al final no pudo ser.

Sí, la frase está un poco modificada en el párrafo porque esto no es historia, sino literatura, y lo de la cadena rota lo añado porque resulta más visual y todos sabemos que las cadenas se rompen por el eslabón más frágil: en este caso, el fisioterapeuta de mi padre, que dejó la consulta y se marchó, es de esperar que a algún sitio lejano, con un gran cargamento de camisetas de Zidane sin firmar (o con firmas falsas) de cuya venta supongo que seguirá viviendo, contento de que Zidane siga ganando Ligas porque una buena narración aumenta el valor de los bienes y servicios que concurren en el mercado.

Mandé, pues, mi camiseta de Zidane a su segundo viaje con mucha ilusión y poca esperanza. Un familiar conocía a alguien que conocía a alguien que conocía a alguien que conocía a Zidane. No estaba mal. Solo cuatro personas, si todo se daba bien, me separaban de la firma de Zidane. ¿Saldría bien esta segunda vez?

Pues sí. Muy bien. Solo dos días después, ese familiar llamaba a mi puerta y me entregaba la camiseta con la firma de Zidane y una dedicatoria: “Para Fran, con simpatía”

—Sí, debe ser su firma porque aparece en más camisetas en Internet.

La rapidez me desconcertó un poco. Por un lado, mostraba que esa imposibilidad que yo había presupuesto todos estos años solo había existido en mi cabeza. Por otro lado, me volvía a probar que mi valoración moral de los atajos es una barrera que muchas veces me ha impedido cogerlos cuando, como en este caso, eran el único camino posible.

Así que aquí está la camiseta firmada por Zidane. Verla me hace feliz, pero conservar esa felicidad es complicado. Cuando llegas al punto en el que crees que ya la has atrapado, descubres que, como una rana de ancas musculosas, ha dado un salto grande y te mira desde el otro lado de la charca.

La camiseta es la de la temporada 2003-2004. Publicidad de Siemens Mobile y cuello cerrado. Llegada de Beckham. Queiroz de entrenador. Eliminados en cuartos de la Champions por el Mónaco (4-2 en la ida en el Bernabéu en el que marcó Zidane). Cuartos en una Liga que se llevó el Valencia, detrás del Barça y del Deportivo de La Coruña. La Supercopa como único trofeo. Y Ronaldo como pichichi con 24 goles. Es buena camiseta, pero, sentimentalmente, la tipografía que siempre tendré asociada a Zidane es la que llevaba en la de la final de Glasgow y que su firma no esté en esa es algo que empuja a la cabrona de la rana a dar otro buen salto.

No solo eso. Nada más ver la firma en la camiseta, me doy cuenta de que ya no me la voy a poder poner más. No suelo ir con camisetas al fútbol porque es muy triste ver cómo marcan la zona de la tripa. Hay que tenerlas y tenerse un respeto. No pertenezco a ese grupo que las lleva ajustadas sin mayor problema, como el envoltorio de una pieza de mortadela. Sin embargo, ha habido ocasiones especiales en las que no podía evitar ponerme la de Zidane, generalmente en jornadas europeas en las que se sentía la necesidad de invocar a algún dios (no necesariamente a Príapo) para conseguir ese empujón necesario con el que someter al contrario.

Ya no puedo arriesgarme a que, comiéndome un bocadillo de jamón antes de un partido, se me manche de tomate. O de vino. Cualquier aficionado podría reconocer la firma de Zidane y tomarse como un insulto, con razón, mi falta de cuidado con una prenda que debería estar enmarcada para iniciar un, espero, largo viaje de generación en generación. Ponérsela ahora sería como utilizar un sello de la colección de tu padre para mandar una postal de Torrevieja con un botijo inspirado, ahora sí, en el dios Príapo.

No me queda otro camino, pues, que el de colgar la camiseta y llevarla a la zona noble del armario, donde están las chaquetas y las camisas blancas. Será una ceremonia sencilla, alejada de ese boato con el que en la NBA retiran un dorsal, porque en casa valoramos más el fondo que la forma, salvo que haya motivos para cambiar de criterio. Un cadete de West Point tocando en su corneta el himno del Madrid, antes de que Jabois hiciera de las suyas, y una percha de madera del Carrefour a estrenar.

Después, inevitablemente, ese vacío que dejan los objetivos que se logran tras muchos años detrás de ellos. Pero ahora que he descubierto que la distancia con alguien como Zidane es tan pequeña (tanto que podría considerarlo un allegado e invitarlo sin problemas a unos percebes en Nochebuena) me planteo hacer lo mismo con la firma de camisetas importantes para mí: las de Guti, Fernando Redondo, Stielike, Roberto Carlos y Santillana. Lo extraño es que no exista, en este fervor por lo vintage, una forma de reproducir el diseño de aquellas camisetas para guardarlas en el armario e ir soltando una tras otra cada Navidad.

Ahí hay un nicho de mercado que debería aprovechar Florentino. Para que sea consciente de esa oportunidad, habría que escribirle un texto en el que se mencione la Navidad y se cuente una historia relacionada con la firma de Zidane. Él también recibió una servilleta con su firma, así que seguro que se lo lee hasta el final y el tema no cae en saco roto.  

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