Los corales marinos son animales coloniales formados por pólipos. Como todo el mundo sabe, pertenecen mayoritariamente a la clase Anthozoa aunque algunos excéntricos (hay corales que no saben cómo llamar la atención) se encuadran en la Hydrozoa.

Disculpen que les recuerde estas obviedades, pero es que viendo el partido de anoche en el que el Cádiz ha vencido al Barcelona por dos goles a uno no he podido evitar pensar que los amarillos se asemejan más a una formación coralina que a un equipo de fútbol. Son un ente colectivo en el que cada pólipo (con perdón) conoce su función y la desempeña a pies juntillas, sin dudas y sin preguntas: cualquier esfuerzo individual se pone siempre al servicio del conjunto. Y así, Perea defiende con pierna fuerte, el Pacha se suma al ataque en cuanto tiene ocasión o Jairo se recorre la banda de arriba abajo hasta que esa vereíta verde se quede sin hierba. Todos para uno, etc…

Para que esta catarata de afanes sea posible, hace falta un líder (tal es la condición humana). Y en este caso no hay duda: el líder del coral gaditano es Álvaro Cervera que está consiguiendo encontrar una solución a cada problema. Si no tengo armas para una batalla en campo abierto, guerra de guerrillas. Si mis jugadores se van lesionando a un ritmo alarmante (hoy Salvi engrosaba el equipazo que están montando en la enfermería), exprimo a suplentes en los que pocos confiaban (Giménez, Bodiger).

Y con esta filosofía, plantó a su equipo (límite salarial, 41 millones) frente al Barcelona (límite salarial, 382 millones). La intención, expresada por el propio Cervera en rueda de prensa, era clara: defender bien para estar más cerca de la victoria. Con esa finalidad montó dos líneas de cuatro y dos islotes intercalados. Jonsson se colocaba entre la defensa y los mediocampistas; Álvaro Giménez quedaba solo en punta. No habían pasado ni diez minutos cuando los dioses del fútbol premiaban al Cádiz: Fali prolongó un saque de esquina botado por Álex y el chaval Mingueza tuvo la mala fortuna de cabecear hacia su portería. Giménez solo tuvo que remachar un balón que iba a besar las redes de todas formas.

Con la ventaja en el marcador, la propuesta defensiva del Cádiz se acentúo. Su 4-1-4-1 inicial pasó a ser un 4-5-1 y el Barcelona se encontró ante un sudoku que no supo resolver: para entrar por el centro no encontraba espacios y para penetrar por las bandas carecía de herramientas. Lastrado por la inoperancia de Coutinho y por la lentitud de sus acciones colectivas, todo se fiaba a los chispazos de Messi (quién le ha visto y quién le ve) y a las incursiones de Dest, muy activo hasta su sustitución. Con todo, el peligro generado fue escaso y bien solventado por Ledesma, tan peculiar como efectivo.

En el descanso los espectadores, en lugar de sentir el azote del viento gélido en las gradas, disfrutamos de una cervecita y unas aceitunas al calor del hogar. Quien no se consuela es porque no quiere, snif.

Nadie esperaba que el guion cambiase demasiado tras la reanudación y, en efecto, no lo hizo. Koeman echó más leña a la locomotora (Dembelé, Pedri) y, como es natural, aumentó la presión. Tanto aumentó, que el muro amarillo se resquebrajó en una acción de mala fortuna: un disparo de Jordi Alba fue desviado por Alcalá hasta el fondo de las mallas.

Aquello parecía el inicio de una remontada, pero el destino nos tenía preparada una sorpresa. Entre Alba, Lenglet y Ter Stegen montaron un circo inverosímil del que la fe de Negredo sacó petróleo. El madrileño marcó a puerta vacía y aquel golpe fue demasiado para un equipo de moral tan quebradiza como el Barça de este año. Los de Koeman siguieron percutiendo pero desde ahí hasta el final las ocasiones más claras (Jairo, Alejo, Bobby) tendrían acento andaluz, aliñadas además con varias acciones deslumbrantes de Perea, que se erigió no sé si en el mejor hombre sobre el campo, pero sí desde luego en el más espectacular.

Tras terminar el partido, Cervera despidió una entrevista televisiva proclamando que el objetivo era mantenerse para que la afición disfrutara el próximo año de la máxima categoría. Y lo que pudo parecer una frase para quedar bien, en su voz sonó a verdad y a abrazo cálido, porque lo dijo de pasada, como si tal cosa, como deben decirse las cosas importantes.

Ojalá que se cumplan tus buenos deseos, míster.

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